Canarias7
Ignacio S. Acedo

Rubén Castro, reserva del 81

Cinco goles, apariciones en cada uno de los cuatro partidos disputados, siendo decisivo en tres, y rendimiento uniforme. El jugador de la UD, a estas alturas del campeonato, no admite discusión y responde al nombre de Rubén Castro. Cierto que llegó como fichaje bandera del proyecto y, también cierto, que sus números a lo largo de una longeva y fértil trayectoria avalaban su incorporación. Pero nada puede restar valor al papel estelar que está ejerciendo desde que se inició el calendario oficial. Su aciertos, de momento, han tenido repercusión directa en siete de los ocho puntos que tiene el equipo en el casillero. En el 2-0, frente al Reus, hizo los dos tantos, y en la jornada posterior, el 1-1 ante el Albacete, también en el Gran Canaria, volvió a totalizar el capítulo goleador de la UD. Únicamente en la tercera jornada, visita al Zaragoza, se quedó seco porque, menos de una semana después, facturó dos más en el choque con el Nástic en el 4-0 definitivo.

Los entrenadores más importantes que ha tenido en su carrera destacan que le alumbra el don de los elegidos, la capacidad para estar en el momento justo y el lugar adecuado. Y no hay casualidades cuando se habla de un atacante que, desde 2001, el año de su debut profesional, se ha mantenido al más alto nivel. Mientras la mayoría de compañeros de su generación ya ha desaparecido del mapa (Joaquín, Casillas o Adúriz son las honrosas excepciones), ahí sigue Rubén, implacable en su hábitat y retando al tiempo con un estado de forma envidiable y, lo más ilustrativo, haciendo más goles que nadie. «Ya de pequeño marcaba las diferencias. Con verlo sabías que estabas ante alguien diferente», recordaba recientemente José Juan Almeida, el entrenador que lo acunó en el Artesano. «Podría haber jugado, perfectamente, en el Madrid o Barcelona y que no llegara a ser internacional absoluto es una injusticia», apunta Tino Luis Cabrera, quien le dirigió en la UD en la campaña en la que acabó como máximo goleador de Segunda (2003-2004). «Un jugador top que te garantiza 20 o 30 tantos por campaña. Y eso, en el fútbol actual, es un lujo. Lo fiché para el Rayo y me lo llevé, luego, al Betis porque no hay otro como él», remataba Pepe Mel, otro de los preparadores que le sacó máximo rendimiento en varias etapas.

La UD ha tardado muy poco en certificar que su apuesta por Rubén era certera. Y no sólo se basa en las estadísticas, de por sí elocuentes, esta apreciación. Desde que se incorporó a la pretemporada, el veterano ariete ha encajado a la perfección en el vestuario, donde ya conocía a compañeros como Momo, Nauzet o David García. Su predisposición al trabajo diario es, según fuentes del cuerpo técnico, ejemplar, algo que explica su constitución física privilegiada, y, sin ser capitán, sí que ejerce una influencia sustancial en la plantilla, que le admira por su carácter ganador e implicación con el club. Fue Miguel Ángel Ramírez, quien puso un empeño especial en repatriarlo y su sorpresa resultó mayúscula al comprobar que Rubén no solo estaba deseando volver, sino que rechazaría posibilidades que le triplicaban lo que aquí iba a cobrar con tal de regresar a casa. Un gesto ilustrativo y que fue fundamental para que cristalizara su fichaje. «Ya era hora de dejar de sufrirlo, ahora me toca disfrutarlo», declaró Jiménez al saber que lo iba a tener a su lado.

A punto de cumplirse dos meses desde su llegada, Rubén, poco dado a la exposición mediática (no concede entrevistas salvo raras excepciones), se toma con naturalidad su oficio de goleador. En realidad, nació para esto.