Cristina Leal

Enfermedades psicosomáticas: cuando el cuerpo revela lo que la mente esconde

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Ybonne trabajaba en un supermercado cuando un desafortunado accidente provocó que se le metiera limpiacristales en los ojos. En el hospital le trataron la irritación y cuando volvió a casa veía bien. Al día siguiente, sin embargo, notó dificultades para distinguir la hora en su reloj. Y al rato, no veía nada.

Shanina sufrió una fractura leve en la mano que le obligó a llevarla escayolada tres semanas. Cuando le retiraron la férula había perdido fuerza, por lo que le recomendaron rehabilitación. Poco después, sus dedos se quedaron completamente agarrotados e inmovilizados.

Mathew empezó con una sensación de hormigueo en un pie cada vez que pasaba sentado un periodo prolongado de tiempo. Al persistir la molestia durante dos semanas, fue al médico, que le recetó hacer descansos regulares en el trabajo y evitar el sedentarismo. Lo hizo, pero los síntomas se extendieron a otras partes del cuerpo. Al investigar por Internet descubrió que la esclerosis múltiple 'encajaba' con sus síntomas. Varios días después una mañana se despertó sin poder mover las piernas.

Tanto Ybonne, como Shanina, como Mathew se sometieron a muchas pruebas médicas para tratar de averiguar el origen de sus lesiones, pero no hallaron causa orgánica. ¿Qué les pasó entonces? La respuesta la dió hace unos años la neuróloga Suzanne O'Sullivan en su libro 'Todo está en tu cabeza' (Ariel), donde se recogen estas historias.

«El miedo es una respuesta emocional pero se manifiesta en el cuerpo: taquicardia, sudoración...»

José Luis Marín

Psicoterapeuta

Cuesta creerlo, pero todos estos pacientes habían somatizado sus síntomas a raíz de un malestar emocional. Es decir, algo que les perturbaba mentalmente se manifestó a nivel corporal, algo más frecuente de lo que se piensa. Sin embargo, ninguno de los tres individuos, e inicialmente tampoco sus médicos, aceptaron que la causa de sus molestias fuera psicológica. Eso sí, todos mejoraron al recibir apoyo psiquiátrico.

«La somatización depende de la intensidad del conflicto y de la capacidad de verbalizarlo. Cuando podemos expresar con palabras lo que una determinada situación traumática nos hace sentir, las manifestaciones corporales son menores; pero cuando no, se produce un conflicto psíquico no resuelto en nuestro interior y la tensión acumulada en el cerebro, a raíz de un estrés crónico, acaba por presentarse en el cuerpo», explica José Luis Marín, médico, psicoterapeuta, presidente de honor de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia (SEMPyP) y miembro de la Academy of Psychosomatic Medicine (EE UU).

Una división artificial

El doctor continúa diciendo: «Todo lo que nos ocurre a nivel corporal nos afecta a nivel psicológico, y viceversa. Piensa en el miedo. Es una respuesta emocional frente a una situación que nos atemoriza, pero sus manifestaciones no son solo psíquicas, también son corporales (taquicardia, sudoración, hipertensión...). Lo mismo ocurre con la tristeza o con la rabia. Es decir, una manifestación corporal puede estar causada por un conflicto psíquico y, si ese estrés se cronifica, puede convertirse en una enfermedad».

Por eso, cualquier patología puede ser psicosomática, pero eso no significa que todas lo sean, asegura el especialista, quien también advierte sobre otros factores condicionantes, que pueden ser tóxicos, ambientales, infecciosos o traumas puntuales. «Por ejemplo, un accidente de tráfico no es psicosomático, pero dependiendo de cómo evolucionen las posibles lesiones, de cómo te atiendan los sanitarios o de cómo te recuperes, pueden aparecer síntomas psicosomáticos».

Él destaca la influencia de las experiencias traumáticas infantiles en la somatización (abusos sexuales, acoso escolar, abandono…), pues modifican la función cerebral para el resto de la vida. De hecho, 'trauma' procede del griego y significa 'herida'. «Este es el origen de una situación de conflicto grave que a veces surge de la incapacidad de los menores de contar lo que han sufrido. Otras, se debe a la mala respuesta de los adultos para gestionar este tipo de situaciones».

El psiquiatra evita señalar las enfermedades psicosomáticas más comunes, pues destaca que «actualmente, lo más correcto es hablar de órganos y sistemas que expresan más fácilmente las emociones, no de trastornos psicosomáticos como tal. Entre ellos, el sistema digestivo ( anorexia, obesidad, colon irritable…), el respiratorio (disnea, hiperventilación...) y el dermatológico (dermatitis, eccema, psoriasis…) son los más susceptibles, y esto es así por su relación con el entorno. La piel es el órgano con el que se establece el primer vínculo afectivo entre las personas, nuestra relación con la comida parte de aquellos que nos han enseñado a comer y de con quién la disfrutamos, mientras que a través de la respiración inhalamos el ambiente».

Un lenguaje muy emocional

  • El lenguaje coloquial es un reflejo de cómo asociamos las emociones a distintos sistemas corporales. «Frases como 'el ambiente está irrespirable', 'esto no hay quien se lo trague' o 'esto me da náuseas' no se refieren a gases tóxicos o a un producto alimenticio concreto, sino a emociones, como la tensión que se genera en una sala de reuniones, las mentiras o determinadas actuaciones deplorables del ser humano, respectivamente. Todas ellas se relacionan con los sistemas mencionados».

El problema, según los expertos en este campo, es que la causa psicológica de una dolencia corporal suele ser la última alternativa a valorar en el sistema sanitario occidental. «Para que consideremos que las enfermedades graves pueden tener causas psicológicas, es vital que creamos que tal cosa es posible. Si entendiéramos mejor la forma en que nuestros propios cuerpos pierden el control, desencadenados solo por un sentimiento interior, entonces las reacciones más extremas podrían no parecer tan inaceptables», advierte O' Sullivan en su libro.

Marín secunda esta idea: «El ser humano (al igual que cualquier otro mamífero) solo puede entenderse desde la unidad. Lo psíquico y lo corporal es una misma cosa y siempre han ido de la mano, porque el cerebro no se puede separar del estómago, el corazón, el intestino o la piel. Sin embargo, a nivel educativo y administrativo están divididos. Así, las carreras universitarias de Medicina y Psicología son independientes y el tratamiento de las enfermedades mentales y de las corporales se realiza en edificios distintos (centros de salud mental y hospitales, respectivamente). Esta separación artificial entre lo mental y lo corporal es la base de muchos problemas del modelo sanitario occidental», opina.

'Lo sabido impensado'

También es lo que complica y retrasa el diagnóstico y tratamiento adecuado de estas enfermedades. El concepto de 'lo sabido impensado', acuñado por Christopher Bollas, se refiere a que las vivencias traumáticas pueden parecer olvidadas, pero que no las recordemos conscientemente no significa que no haya una memoria de lo que ocurrió y que eso pueda estar provocando síntomas corporales. «Las personas que tienen una historia traumática, saben que lo que les ocurre tiene que ver con un malestar psicológico, pero quizá no son capaces de hacer esa asociación. Por eso hay que preguntar a los pacientes sobre su historia. Si no somos capaces de escuchar esa historia, nunca vamos a poder curarlos, pero eso no nos lo enseñan en la facultad», lamenta el psiquiatra.

«Si dejásemos de separar lo mental de lo corporal la Sanidad ahorraría miles de millones en pruebas»

José Luis Marín

Psicoterapeuta

Solo hay que echar un vistazo a las cifras. «Aproximadamente, la mitad de los pacientes que acuden a atención primaria presentan un conflicto psíquico evidente que se manifiesta a nivel corporal, pero solo el 4% de las horas docentes en Medicina se dirigen hacia estas preocupaciones más humanísticas».

A ello se suman ahora los efectos de la Covid-19. «Como cualquier situación de crisis, la pandemia ha provocado un aumento de los problemas psicológicos (estrés, ansiedad, depresión…) y, como consecuencia, de las somatizaciones. Además, se ha evidenciado que las personas con problemas mentales han sido más sensibles al virus, han enfermado y han muerto más», señala el doctor José Luis Marín.

– ¿Cuál es la solución?

– El problema es multifactorial. Es una guerra muy difícil de ganar, porque enfrente tenemos a la industria farmacéutica, la ingeniería médica y la universitaria, y falta empuje por parte de las administraciones públicas, pero lo principal sería modificar los planes de estudio, para que los sanitarios salieran de la facultad siendo capaces de escuchar las historias de los pacientes, no solo de solicitar pruebas diagnósticas y recetar tratamientos.

Hace hincapié el experto en que no reniega de la medicina. «Al contrario, todo eso es fantástico. Mi queja es sobre esa separación entre lo corporal y lo psicológico, pues la consecuencia de ello son hospitales desbordados, médicos de atención primaria quemados –la inmensa mayoría es consciente de que esto es así, pero no tiene las herramientas necesarias para poder actuar en consecuencia–, pacientes confusos y frustrados que no reciben un diagnóstico claro ni un tratamiento eficaz, y un malgasto de recursos sanitarios muy elevado. Si humanizásemos la sanidad y dejásemos de dividir lo mental de lo corporal, nos ahorraríamos miles de millones de euros en pruebas y tratamientos absolutamente inútiles, así como que haya pacientes tratados de enfermedades crónicas que en algunos casos no padecen.