La ministra de Igualdad, Irene Montero, el jueves en el Congreso. / E. P.

Padre protector

Pío García
PÍO GARCÍA Logroño

Oigo tanto hablar a Irene Montero de las madres protectoras que creo que los padres protectores debemos dar un paso al frente y decir que nosotros, como Teruel o incluso más que Teruel, también existimos. De hecho, acabo de hacer una encuesta a lo Tezanos con mi hijo y el 100% de los individuos preguntados ha resuelto que tanto su madre como yo éramos igual de protectores, aunque él ha utilizado el término «coñazos», que viene a ser un sinónimo mucho más exacto porque es la palabra que mejor define la labor de un padre o de una madre, sobre todo cuando hay que quitarles el móvil y decirles que se pongan de una vez con las Matemáticas, joder, que a este paso no les va a librar del suspenso ni el pedagogo de la LOMLOE.

Al principio me chirriaba un poco oír hablar a la Montero de «madres protectoras» porque me parecía como si viviéramos en las montañas de Alaska y mamá osa tuviera que defender a sus crías mientras papá oso se va de salmones. Hay en esa expresión un sorprendente giro machista, un nuevo decir que las niñas van de rosa y los niños de azul, así que aquí estoy yo para asegurar que algunos padres podemos ser protectores e incluso tocapelotas, que es un nivel mucho más alto, un nivel pro.

Lo que también ha quedado claro en la encuesta es que el 100% ha dicho que jamás nos indultaría, sobre todo si le hemos jodido el fin de semana, y en eso estoy de acuerdo. Hay algo medieval y absolutista en los indultos, la luminosa prerrogativa de la gracia por encima de la gris burocracia de la justicia, el atributo definitivo de los emperadores, de los reyes y de los dictadores. Es una cosa, Irene, muy de Nerón/Peter Ustinov en 'Quo Vadis': «¡Yo no pido favores, yo los concedo!».