LA ARISTA

Corrupción que nace de la corrupción

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El aluvión, la densidad y el calibre de las noticias sobre corrupción debe obligarnos a los ciudadanos a un mayor esfuerzo por encontrar la mejor información, la de mayor confianza y la más veráz. A discriminar ante tanta confusión, a buscar las claves de lo que esconden hechos tan significativos y a valorarlos dentro de la objetividad. Hemos de hacerlo frente a los intentos de manipulación de sectores importantes, en este caso del mismo Partido Popular, o de la oposición, que quiere arrasar el escenario de la opinión pública para imponer ideas, digamos, simples, aquellas que discriminan la realidad con un inocentes porque son de los míos, culpables porque son los otros, o todos son iguales, la postura más ambigua, quizás la más cómoda para quien, comprensiblemente, está harto de ser manipulado, utilizado como estúpido votante-ciudadano, incapaz de distinguir el trigo de la paja.

Lo digo porque después de una semana de información y debate público en torno al grado de implicación de la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, solo ha quedado en el aire la intoxicación. Un juego que han puesto en marcha sus enemigos dentro de su partido, porque acreditado está de dónde han salido las filtraciones del sumario del caso Lezo. Las intenciones son varias; bien porque ven en ella una rutilante estrella que puede hacer sombra a las aspiraciones de algunos grupos en el momento en el que se platee el relevo de Rajoy, que, dicho sea de paso, no parece razonable que muera con las botas puestas; o bien por venganza, la que le tiene jurada un sector del PP, el que ha ostentado el poder hasta ahora, el mismo que ha hecho de su capa un sayo y ha convertido Madrid en un lodazal de corrupción que llega hasta las mismas entrañas del Gobierno de Rajoy. A todo ello hay que añadir la saña con la que la oposición recibe estas informaciones, y el descontrol de los aparatos del Estado, inmerso en guerras internar que van dejando el campo sembrado de heridos y muertos.

«En esto no hay que pecar de ingenuidad, muchas actuaciones en el ámbito de la corrupción tienen su origen en la propia corrupción, en la del PP, que trata de taponar la hemorragia, en sus venganzas y cuitas»

Este último aspecto es preocupante. Se cruzan aquí intereses de todo tipo, algunos desconocidos, que enfrentan al Ministerio del Interior con los poderes fácticos de la Policía y de la Guardia Civil, que aparecen coronados por una legitimidad de «independencia democrática» que no es tal, y del Ministerio de Justicia con los fiscales. Todo ello producto, posiblemente, de la necesidad del PP de poner freno a la actuación de estos poderes que con sus actuaciones están poniendo en jaque al propio partido y al Gobierno más débil de cuantos ha tenido el PP. En esto no hay que pecar de ingenuidad, muchas actuaciones en el ámbito de la corrupción, tienen su origen en la propia corrupción, en la del PP, que trata de taponar la hemorragia. El origen de algunas investigaciones las encontramos en sus venganzas y cuitas y en la de las fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que, a pesar de los esfuerzos durante estos años, sigue funcionando como un poder fáctico capaz de amenazar a la política. Está también en la politización de la justicia que en muchos ámbitos sigue actuando de parte, enredada en sus propios remedos.

Dicho de otro modo. La corrupción se investiga en España de parte, no porque nuestros políticos, o nuestros altos funcionarios estén convencidos de que la democracia conlleva transparencia y el castigo de los que roban o mercadean con los recursos públicos. No seamos ilusos. Queda mucho trecho por recorrer para que un político dimita por robar una chocolatina, y mucho más por robar a manos llenas y para que la sociedad y la estructura asuma como objetivo básico la persecución y el castigo de la corrupción. Aún vivimos en un país de corruptos, de ciudadanos que la comprenden y amparan y de funcionarios que se venden al poder económico y político para poder medrar.

Es evidente que al PP el asunto se le ha ido de las manos. Se ha desatado una lucha interna que tiene la corrupción como arma y se han descolgado los poderes fácticos, por presión del propio Gobierno, o, como dicen algunos medios nacionales entre líneas, se han tocado asuntos sensibles en las alcantarillas del poder. Sea como sea, la democracia y los demócratas debemos aprovechar el momento, porque, por una causa o por otra, hemos ido descubriendo los manejos que desde dentro de las instituciones practican los que deben ser ejemplares señores de la administración y custodia de lo público. Ahí está ese pozo de verdades, judiciales y políticas, con gente en la cárcel, como Granados y González, o Cifuentes, a la que la sospecha ha cercado y la obliga a explicarse, si no por un presunto delito, descartado por el juez y el fiscal, sí por un procedimiento, la adjudicación de servicios en el Parlamento de Madrid, sobre el que pesa cierto grado de oscurantismo y amiguismo con los círculos empresariales de Madrid.

Ahí está el pozo de las sospecha política, esa que se apoya en la judicial, pero que no debe coincidir con ella, porque una cosa es la prueba directa y otra los comportamientos poco éticos, que deben también ser castigados. Me refiero al comportamiento del ministro de Justicia, Rafael Catalá, sobre el que pesa una recusación por la sospecha que desde su privilegiada posición en el Gobierno ha movido deliberadamente a fiscales afines, ha presionado, ha tratado de encarrilar asuntos y ha podido beneficiar, con información privilegiada, a alguno de los investigados. Sólo estos hechos deberían ser suficientes para que un ministro deje su puesto y se marche a su casa, pero, como digo, para eso hace falta que maduremos más, y esta es una oportunidad.

Manuel Mederos