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Anatomía del discurso de Sánchez

Las claves del anuncio del presidente

Anatomía del discurso de Sánchez

El presidente del Gobierno ha envuelto su intervención en el suspense, con la tinta épica de la defensa de una democracia supuestamente amenazada, hasta el clímax de la confirmación de que, una vez más, sigue

Lunes, 29 de abril 2024, 10:36

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Pedro Sánchez se ha dirigido hoy a la sociedad para comunicar la decisión sobre su futuro y el del país, vencidos los cinco días de su enclaustramiento sin precedentes en democracia, como actor único y estelar de una obra política que él mismo ha dirigido. Con todos los focos pendientes de él, el presidente del Gobierno ha reiterado en su esperadísima comparecencia en la Moncloa que este nuevo jalón en su azarosa trayectoria no responde a ningún cálculo interesado y de parte. Pero al menos uno sí asoma si se disecciona su discurso de este 29 de abril de pasiones y se compara con la carta pública -mezcla de declaración de amor a su mujer y de relato estratégico- con que el miércoles comenzó el test de estrés colectivo de esta cuenta atrás. Son dos textos con el mismo tapiz argumental y una extensión -ahí está lo llamativo- casi calcada: 1.076 palabras y 6.470 caracteres el de hoy por 1.052 y 6.442 el redactado hace cinco días.

Esta es la anatomía del documento que Sánchez ha dejado esculpido para las hemerotecas:

Sobre el texto íntegro del discurso, encontrarás algunos apuntes que analizan y aportan contexto

Discurso de Pedro Sánchez

«Buenas tardes. Como saben el pasado miércoles escribí una carta dirigida a toda la ciudadanía. En ella les planteaba si merecía la pena soportar el acoso que desde hace diez años sufre mi familia a cambio de presidir el Gobierno de España

El presidente del Gobierno sitúa el marco argumental de su decisión desde el comienzo de su intervención. Lo describió en su inédita misiva a la ciudadanía publicada en la red social X el miércoles. Cancelaba su agenda cinco días para reflexionar sobre si le «merecía la pena» continuar en la Moncloa al sentirse víctima de «la máquina del fango” a la que atribuye las diligencias judiciales abiertas a su mujer, Begoña Gómez, por supuesto tráfico de influencias en sus relaciones profesionales. Pero con un añadido llamado a crear el ‘frame’, el relato válido tanto para si se quedaba como si se iba: el «acoso y derribo» lanzado por «la derecha y la ultraderecha» contra él sería el ariete de una operación más oscura y de mayor calado, llamada a derruir los principios y valores de la democracia recuperada hace cuatro décadas.

Hoy, tras estos días de reflexión, tengo la respuesta clara. Si aceptamos todos como sociedad que la acción política permite el ataque indiscriminado a personas inocentes, entonces no merece la pena. Si consentimos que la contienda partidista justifique el ejercicio del odio, de la insidia y de la falsedad hacia terceras personas, entonces no merece la pena. Si permitimos que las mentiras más groseras sustituyan el debate respetuoso y racional basado en evidencias, entonces no merece la pena. Por muy alto que sea, no hay honor que justifique el sufrimiento injusto de las personas que uno más quiere y respeta. Y ver cómo se intenta destruir su dignidad sin el más mínimo fundamento.

Con una polarización instalada en la política española desde hace años y exacerbada tras las generales del 23 de julio, cuando logró retener el poder con sus controvertidos pactos con los independentistas, Sánchez argumenta su amenaza de tirar la toalla transfiriendo la responsabilidad al conjunto de la ciudadanía. «Si aceptamos todos…», es una apelación a que depende de la reacción ciudadana que a él le compense aguantar a modo de dique de contención del lodo que achaca a la ejecutoria política -lo hizo en el prolegómeno de la carta del miércoles- de los líderes de la oposición, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal.

Tal y como les anuncié, necesitaba parar y reflexionar sobre todo ello. Y sé que la carta que les envié pudo desconcertar porque no obedece a ningún cálculo político. Y es cierto. Soy consciente de que he mostrado un sentimiento que en política no suele ser admisible. He reconocido ante quienes buscan quebrarme, no por quien soy, sino por lo que represento, que duele vivir esta situación. Que no deseo a nadie.

Consciente del episodio inaudito que han representado estos cinco días y de las dudas que despiertan sus intenciones -de una sinceridad genuina para sus defensores, simple «chantaje emocional» para su adversarios-, el jefe del Gobierno enfatiza que el golpe de efecto que desvelará unos párrafos más abajo no responde a ninguna estrategia premeditada.

También porque sea cual sea nuestro oficio, nuestra responsabilidad laboral, vivimos en una sociedad donde solo se nos enseña y se nos exige mantener la marcha a toda costa. Pero hay veces en que la única forma de avanzar es detenerse, reflexionar y decidir con claridad por dónde queremos caminar. He actuado desde una convicción clara. O decimos basta. O esta degradación de la vida pública determinará nuestro futuro condenándonos como país.

Intenta trazar un hilo de empatía entre él y la ciudadanía subrayando que vivimos sumergidos en «la marcha», en una actividad personal y laboral infernal. La sentencia final busca hacer confluir su peripecia vital y política, en una legislatura que camina sobre el alambre, con la de los españoles, llamándoles implícitamente a una suerte de comunión colectiva no en defensa de su Gobierno sino de la supervivencia misma de la democracia.

Es cierto que he dado este paso por motivos personales, pero son motivos que todo el mundo puede entender y sentir como propios, porque responden a valores troncales de una sociedad solidaria y familiar como es la española. Porque esto no es una cuestión ideológica. Estamos hablando de respeto, de dignidad. De principios que van mucho más allá de las opiniones políticas y que nos definen como sociedad. Esto nada tiene que ver con el legítimo debate entre opciones políticas. Tiene que ver con las reglas del juego.

El presidente insiste con una afirmación concisa y rotunda en el objetivo que buscarían poderes fácticos del Estado. Un «acoso» que activó un excepcional comité federal del PSOE el sábado ante 12.500 militantes congregados a las puertas de Ferraz al grito de «¡Pedro, quédate!». Y actos y movilizaciones en la calle el domingo en señal de protesta y de apoyo a él en nombre del «amor a la democracia».

Si consentimos que los bulos deliberados dirigen o dirijan el debate político. Si obligamos a las víctimas de esas mentiras a tener que demostrar su inocencia en contra de la regla más elemental de nuestro Estado de derecho. Si permitimos que se vuelva a relegar el papel de la mujer al ámbito doméstico teniendo que sacrificar su carrera profesional en beneficio de la de su marido. Si, en definitiva, permitimos que la sinrazón se convierta en rutina. La consecuencia será que habremos hecho un daño irreparable a nuestra democracia.

Sánchez ejemplifica las advertencias sobre la depauperación de la vida pública que constituyen el eje argumental de su nueva estrategia para la legislatura. Los «bulos deliberados» aluden a las noticias ‘fake’ de las que viene alertando señalando, sin distinguir, a los medios que no cree afines.Esos «bulos» que estarían detrás de la denuncia judicial contra los contactos profesionales de su mujer -y de cuyo carácter potencialmente impropio se había avisado ‘sotto voce’ dentro del partido-, a la que presenta, sin mencionarla, como víctima de una persecución, además, machista.

Exigir resistencia incondicional a los líderes objeto de esa estrategia es poner el foco en las víctimas y no en los agresores. Y confundir libertad de expresión con libertad de difamación es una perversión democrática de desastrosas consecuencias. Por tanto, la pregunta es sencilla: ¿queremos esto para España?

El líder socialista encamina su pronunciamiento tras mantener la tensión de guion por la que no existe certeza aún de si se queda o se va. Vuelve a interpelar a la ciudadanía que le escucha para que resuelva, retóricamente, el dilema planteado. El dilema, recalca, que le señala a él como víctima antes que al «agresor» y que le difama bajo la cobertura de la libertad de prensa.

Mi mujer y yo sabemos que esta campaña de descrédito no parará. Llevamos diez años sufriéndola. Es grave, pero no es lo más relevante. Podemos con ella. Lo importante, lo verdaderamente trascendente, es que queremos agradecer de corazón las muestras de solidaridad y de empatía que hemos recibido de todos los ámbitos sociales. Lógicamente, me van a permitir un agradecimiento especial a mi querido Partido Socialista. En todo caso, gracias a esa movilización social que ha influido decisivamente en mi reflexión y que vuelvo a agradecer, quiero compartir con todos ustedes lo que finalmente he decidido. De ello he informado previamente al Jefe del Estado esta misma mañana. He decidido seguir. Seguir con más fuerza si cabe. Al frente de la presidencia del Gobierno de España.

Ese «podemos» de él y su esposa frente a «la campaña de descrédito» anticipa el clímax de la revelación de su decisión. Antes, el agradecimiento a las muestras de afecto de la ciudadanía y la mención a la entrega de su partido, volcado en convencerle para que no dimitiera, desemboca en una conclusión: que esa «movilización social» a su favor le ha ayudado de forma determinante a decantarse. Donde sus fieles ven la expresión de un compromiso político, sus detractores sospechan una mera maniobra para generar un clima favorable al ‘Pedro, quédate’.

De ello he informado previamente al Jefe del Estado esta misma mañana. He decidido seguir. Seguir con más fuerza si cabe. Al frente de la presidencia del Gobierno de España.

El anuncio -que continúa en Moncloa- se concreta, tras aclarar que se lo ha avanzado al Rey después de las informaciones contradictorias sobre si lo hizo o no con su carta del miércoles. El ‘sí’ despierta el júbilo entre los suyos, mientras el PP se congratula de haber acertado en su vaticinio.

Esta decisión no supone un punto y seguido. Es un punto y aparte. Se lo garantizo. Por eso asumo ante ustedes mi compromiso de trabajar sin descanso, con firmeza y con serenidad por la regeneración pendiente de nuestra democracia y por el avance y la consolidación de derechos y de libertades.

Sánchez promete que actuará por «la regeneración política» -lo que le exigen sus socios, sobrepasados por este último volantazo-, pero no especifica cómo. Cabía que el presidente llenara de contenido su anuncio, si era el que ha sido, con un programa con nuevas medidas de actuación. Sus aliados le están pidiendo, entre otras cosas y con el Poder Judicial cuestionado, que emprenda la polémica reforma legal para rebajar en las Cortes las mayorías necesarias para renovar el CGPJ. Europa frenó una primera tentativa de hacerlo del Gobierno PSOE-Podemos.

Asumo la decisión de continuar con más fuerza, si cabe, al frente de la Presidencia del Gobierno de España. Solo hay una manera de revertir esta situación que la mayoría social, como ha hecho estos cinco días, se movilice en una apuesta decidida por la dignidad y el sentido común, poniendo freno a la política de la vergüenza que llevamos demasiado tiempo sufriendo, porque esto no va del destino de un dirigente particular. Eso es lo de menos. Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos ser. Y creo que nuestro país necesita hacer esta reflexión colectiva. De hecho, durante estos cinco días ya hemos comenzado a hacer una reflexión colectiva que abra paso a la limpieza, a la regeneración, al juego limpio. Llevamos demasiado tiempo dejando que el fango colonice impunemente la vida política, la vida pública, contaminando nos de prácticas tóxicas inimaginables hace apenas unos años.

El discurso comienza a cerrar el círculo argumental con el que se iniciaba. Queda en el aire a qué se refiere Sánchez con esa interpelación específica a que la ciudadanía «se movilice», si tiene en mente alguna convocatoria concreta. Por de pronto, el primer test para su estrategia son las elecciones catalanas del 12 de mayo, cuya campaña ha opacado orillando el protagonismo de Carles Puigdemont.

Apelo, en consecuencia, a la conciencia colectiva de la sociedad española. Una sociedad que desde el acuerdo generoso supo sobreponerse a las terribles y profundas heridas del peor de sus pasados. Una sociedad que consiguió vencer de manera ejemplar todos los desafíos democráticos que sufrió, que superó con éxito una pandemia, que, pese al difícil contexto geopolítico que sufrimos con guerras en Oriente Medio y en Ucrania, vive un muy buen momento económico y respira paz social. Una sociedad que asombró al mundo por su aceptación entusiasta de los derechos y las libertades, pasando de ser un país oscuro a un referente internacional de libertades y de democracia, de progreso y de convivencia.

El presidente trata de establecer un nexo político y sentimental entre su decisión y el legado de una España que transitó de la dictadura a la democracia y que bajo su mandato ha afrontado trances como el covid-19 y ahora dos conflictos bélicos en los que él se ha afanado en desplegar un papel que cuente en el concierto internacional.

Hoy pido a la sociedad española que volvamos a ser ejemplo e inspiración para un mundo convulso y herido, porque los males que nos aquejan no son ni mucho menos exclusivos de España. Forman parte de un movimiento reaccionario mundial que aspira a imponer su agenda regresiva mediante la difamación y la falsedad, el odio y la apelación a miedos y amenazas que no se corresponden ni con la ciencia ni con la racionalidad. Mostremos al mundo cómo se defiende a la democracia. Pongamos fin a este fango de la única manera posible mediante el rechazo colectivo, sereno, democrático, más allá de las siglas y de las ideologías que yo me comprometo a liderar con firmeza. Como presidente del Gobierno de España. Gracias.»

El broche es ese enfático «mostremos al mundo cómo se defiende la democracia» con el que busca hacer partícipe a la sociedad de un movimiento de respuesta, aglutinado en torno a su Gobierno, frente a la ola reaccionaria internacional. Es el espíritu del «muro» frente a «las derechas» que dijo querer levantar en el discurso de su investidura más difícil que abría una legislatura funambulista.

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