Simpatizantes del movimiento talibán festejan el aniversario de la toma de Kabul. / Mikel Ayestaran

Los talibanes celebran el 'día de liberación' en un Kabul fantasma

Los gritos y las plegarias a todo volumen no pueden hacer olvidar la crisis humanitaria sin precedentes y el colapso económico

MIKEL AYESTARAN Enviado especial a Kabul

«Kabul no cayó en manos talibanes, Kabul fue liberada por los talibanes», Zazai Rashedm, fervoroso islamista de 24 años, corrige al periodista extranjero en mitad del gentío que se ha congregado a las puertas de la Embajada de EE UU. Un año después de que los estadounidenses arriaran su bandera y evacuaran al personal hacia al aeropuerto, cientos de combatientes y seguidores del movimiento islamista celebran su victoria a las puertas de la legación. Es un momento de euforia porque «se trata de una jornada sagrada en la que todos los muyahidines (guerreros santos) debemos recordar la importante victoria lograda contra el enemigo después de dos décadas de lucha», opina uno de los combatientes, pistola al cinto y Ak47 al hombro. La antigua rotonda Ahmad Sha Masoud, héroe nacional venido a menos tras el cambio de régimen, es ahora un mar de banderas blancas del Emirato frente a la legación del gran enemigo.

Algunos vienen a pie con las enseñas en la mano, la mayoría a bordo de camionetas o de los vehículos militares blindados que Estados Unidos compró para el desaparecido Ejército afgano. El grito se eleva por encima de unos muros que ahora están decorados con la shahada (declaración de fe islámica) y diferentes eslóganes anti estadounidenses. El 15 de agosto pasa a ser jornada festiva en el calendario nacional afgano, pero los más puristas prefieren esperar al 1 de septiembre ya que «esa es la fecha en la que el último infiel salió de nuestra tierra», comenta un seguidor del grupo, que está desarmado y llega de la provincia de Wardak.

La euforia talibán que se vive en ese punto, se esparce por las calles de la ciudad a través de los vehículos que vuelan con plegarias religiosas a todo volumen. Es un espejismo. En cuanto los talibanes se alejan vuelve el silencio. Kabul está vacía y no parece que los ciudadanos tengan mucho que celebrar en este día. Hay miedo a posibles ataques del grupo yihadista Estado Islámico (EI) y, sobre todo, no hay fervor por los islamistas. Aquí lo que nadie puede olvidar son los momentos de absoluta desesperación que se vivieron este mismo día y los siguientes en el aeropuerto internacional. Decenas de miles de personas se jugaron la vida para escapar de quienes ahora gobiernan el país. Los gritos y las plegarias a todo volumen no pueden con los recuerdos y tampoco son suficientes para maquillar la crisis humanitaria sin precedentes y el colapso económico.

Los milicianos talibanes lucen ahora uniformes heredados de las anteriores fuerzas de seguridad a las que antes combatían. Nasratullah, el nombre ficticio que pide que usemos para presentarle, formaba parte de las fuerzas especiales y combatió durante cinco años a los talibanes a lo largo de todo el país. Ahora vive en el absoluto anonimato y asiste con impotencia a las celebraciones de las personas a las que fue entrenado para detener y matar.

«Los talibanes tratan de mostrar al mundo que en este año han logrado devolver la seguridad al país y que antes todo era un desastre y moría mucha más gente. Lo que ocurre es que eran ellos quienes atentaban contra civiles, fuerzas de seguridad, puentes y carreteras y ahora son quienes mandan», explica el exmilitar desde un lugar seguro situado a las afueras de la capital. Recuerda las operaciones nocturnas en las provincias del sur, los grandes bastiones de la insurgencia, y el código que aplicaban en combate, «como venganza por un herido nuestro matábamos a cinco talibanes y por un amigo muerto matábamos a quince».

Se enfada al recordar cómo el enemigo pudo hacerse una tras otra con las 34 provincias del país sin apenas resistencia y entrar a Kabul en una especie de paseo triunfal. «Nos traicionaron desde arriba. Desde la cúpula del Gobierno, hasta los gobernadores y jefes de Policía, todos estaban compinchados con los talibanes y cada uno velaba por sus intereses, no por los de Afganistán. De un día para otro nos quedamos sin apoyo aéreo, sin suministro de munición, nos dejaron solos», lamenta este exmiembro de las fuerzas especiales. Como el resto de integrantes de las fuerzas armadas, no confía en los talibanes y nunca se ha acercado a ellos para intentar ingresar de nuevo en el ejército.

«Intercambio de prisioneros»

En su teléfono conserva dos fotos de su pasado uniformado, ninguna más. Una de ellas corresponde a la operación en la que lograron capturar a Anas Haqqani, hermano del actual ministro de Interior. «Fue todo un éxito, dimos con uno de los grandes comandantes, pero luego los estadounidenses lo liberaron en un intercambio de prisioneros», comenta aun dolido por esta decisión. Al hablar de Estados Unidos le viene a la cabeza la guerra de Ucrania y advierte que «harán con los ucranianos lo mismo que con nosotros, les usarán mientras les sirva para sus intereses y luego les dejarán tirados a manos del enemigo, como a nosotros».

Mientras en las calles de Kabul los talibanes prosiguen con sus celebraciones, en muchas casas como las de Naratullah solo desean que la comunidad internacional nunca reconozca a este gobierno porque «la brutalidad no parará de crecer».