Soledad Puértolas posa en la biblioteca de su casa. / josé ramón ladra

Soledad Puértolas, escritora y académica

«Aquí el centro no conviene a nadie nunca, esa es nuestra desgracia»

Odia viajar y salir de casa le cuesta horrores. La pandemia le ha mostrado la necesidad de ser «más flexible», también de «estar en el mundo de manera participativa y no tensa». Tiene nuevo libro: 'Cuarteto'

ANTONIO ARCO

Así de claro: poco tendría que hacer un bandido doblemente armado con Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) si la escritora y académica de la Lengua desde 2010 se pone a hablarle en mitad de un asalto imprevisto de su pasión por la literatura. Porque Soledad, a quien su nombre no ha inmunizado contra el miedo a no encontrar en los espejos más que su propia imagen, ama la literatura y a ella se entrega.

La autora de novelas como 'Queda la noche' (Premio Planeta 1989), ganadora del Anagrama de Ensayo con 'La vida oculta', ha publicado nuevo libro de relatos, 'Cuarteto' (Anagrama), escrito con su característica claridad y buen gusto. Habla junto al jardín de su domicilio en Pozuelo de Alarcón, que ella define como «muy alborotado» donde no faltan los bambúes, la hiedra y la proximidad cómplice de las aspidistras que adornan el patio familiar. A veces, en momentos de ceniza, cuando te cuesta trabajo sostenerte en pie, se sorprende a sí misma diciendo: «¡Ayúdame, ayúdame!».

- ¿Piensa mucho en el futuro?

-No demasiado; puede que esto sea una carencia, pero también es una ventaja. Lo que me importa es el presente, que por supuesto no entiendo, como no entiendo la vida; quizá por eso escribo, para ver si acabo entendiendo algo...

- ¿Se ha dado por vencida?

-No, aunque a veces es verdad que una se desanima más de lo que debería, porque la edad te va restando fuerzas y te agota. Pero por vencida no pienso darme.

- ¿Qué sigue defendiendo?

-La necesidad de que nos comprendamos unos a otros. Existen muchas diferencias entre nosotros, pero todos tenemos nuestras almas y nuestros derechos y tenemos que convivir. Y no parece que hayamos sido capaces de lograr todavía un ideal de convivencia. Nos cuesta convivir, es una batalla diaria. La relaciones humanas cansan mucho, son un trabajo, y ese esfuerzo por entender a los demás a veces es agotador... También defiendo la necesidad de tener en la vida cierta armonía y cierto contento, porque de lo contrario qué desastre.

-¿ Ha sentido alguna vez el deseo de retirarse del mundo, como le ocurre a Valentina, el personaje de su último libro?

-En cierto modo, una parte de mí ya vive así, pero la tentación de retirarme del todo no la he tenido nunca, no [risas]. Pese a todo lo que le decía, merece la pena estar aquí, en convivencia con los demás; porque de lo contrario uno se disuelve en la nada. No soy partidaria de la soledad absoluta, no estoy dotada para eso.

- Valentina se mete a monja en un convento...

-¡Imagínese, yo en un convento con lo que a mí me espeluzna la tribu! Además, carezco de esa capacidad de vida interior como para alimentarme solo con ella.

- ¿Qué no entiende de ninguna manera de cuanto observa a su alrededor?

-Sobre todo a ciertas personas por más vueltas que le doy. Hace años pensaba que en la vida se puede llegar a entender todo, pero te das cuenta de que no es así.

Poca fe en las personas

- ¿Buenos por naturaleza?

-Yo creo que no. La naturaleza no es ni buena ni mala. La bondad es una categoría moral. Y si no la valoramos ni la cultivamos, estamos perdidos.

- ¿Y cómo anda de fe en sus semejantes?

-¡Un poco floja! Sin embargo, existe el semejante en el que puedes depositar algo de fe, siempre de un modo parcial. Eso de decir 'esa persona no me va a fallar nunca'...; ¿de qué estamos hablando? Esas grandes frases no son reales, vivimos en un sistema de complicidades, de redes, de alianzas instintivas y casi espirituales... Con algunos nos entendemos de una forma incluso poética, y con otros de ninguna manera.

- ¿Qué le perturba?

- Observar el egoísmo acérrimo, la incapacidad de salir de uno mismo, que deriva en crueldad, en el abuso de los débiles, en una mayor desigualdad en todos los niveles, no solo en el económico. Nuestra sociedad necesitaría por nuestra parte un nivel de sensibilidad y de inteligencia que no desarrollamos suficientemente.

- ¿Miedo a qué?

- A muchas cosas. Y a una en especial: el descontrol. Porque cuando algo se descontrola las consecuencias son imprevisibles. Es como el niño que coge una rabieta y ya no hay forma de pararle. Deberíamos evitar llegar a esos extremos.

- ¿Y la muerte?

-En la mía no pienso, aunque tengo muy claro que llegará, y la de los otros me deja un vacío tremendo. Reconozco que no sé vivir con los muertos, los seres queridos desaparecen y, aunque siguen en tus sueños y en tus pensamientos, esa ausencia me causa una perplejidad tremenda.

- ¿Cuidamos el español como deberíamos?

-No. El gran fallo siempre está en la educación. Si ya desde pequeños desarrolláramos la capacidad de expresarnos con gusto y con propiedad, y entendiésemos la maravilla que es poder expresarse verbalmente y a través de la escritura, y el placer que encierra el hacerlo con cuidado, con esmero, sería muy distinto. Esto en la escuela se debería fomentar mucho más, como la compresión lectora, tan importante. Hay que comprender las cosas y también poder explicarlas bien. Es un placer expresarse con matices, y no tener la capacidad de hacerlo empobrece la vida. Si no cuidamos nuestra lengua, nos arriesgamos a desaparecer entre emoticonos y a perder la identidad.

- ¿Votó usted por 'vacuna' como palabra del año 2021?

-Sí, creo que todos vivimos ahora alrededor del fenómeno de la vacuna, incluso los que desconfían de ella o la niegan. La vacuna ocupa el centro de nuestras conversaciones y estamos muy condicionados ahora por ella. Entiendo muy bien que se puedan tener dudas sobre ese particular, pero al final prima la solidaridad y una especie de compromiso social, de pensar en la comunidad.

- ¿Qué palabras le suelen acompañar con más frecuencia?

-Yo soy de las que suspiran mucho y dicen cosas como '¡ay, Señor!'. Suspiro sin parar [risas]. Y otra cosa que digo mucho, sin saber muy bien a quién me dirijo, es '¡ayúdame!', ya sea Dios o al que pase por delante. Si me ayuda Dios me parecería estupendo, pero quizá me lo esté diciendo a mí misma... Mi tono vital a veces baja porque soy de estas enfermas crónicas de miles de dolencias, que es algo muy latoso pero que luego tampoco resulta tan gravísimo.

Abusos y estigma

- Asistimos a la censura de libros por los motivos más diversos: el pasado de su autor, la posibilidad de que su temática ofenda a alguien, que se pueda considerar machista, racista, blasfema...

-Los libros están ahí y nadie obliga a nadie a leerlos. La interpretación del libro, que renace en manos de cada lector, es libre. El libro es un espacio de libertad. Yo no prohibiría leer un libro que, además, nadie te obliga a leer.

- ¿Y qué opina de la llamada cultura de la cancelación, que algunos quieren aplicar a, por ejemplo, personajes tan distintos como Plácido Domingo y Woody Allen?

-Me gusta más Juan Diego Flórez y Woody Allen me cansó. Entiendo que haya mucha susceptibilidad con respecto al tema de los abusos, y tenemos derecho a ser susceptibles, pero personalmente sería precabida a la hora de estigmatizar. Son terrenos muy difíciles de calibrar, no se puede uno pronunciar alegremente. No hay por qué tener ante todo una postura definida y ver cada caso.

- ¿Feminista militante?

-¿Qué entendemos por militante? No voy a manifestaciones y salgo corriendo de grupos que son de consignas y de esquemas, porque son de una simplicidad... Yo creo que no soy militante de nada. Hoy, afortunadamente, y lo veo porque tengo tres nietas, las mujeres son conscientes de todo lo que pueden hacer en la vida, y no tienen complejos para hacerlo. Ahora, es verdad que en cierto modo sigue vigente la desconfianza en la capacidad de la mujer. Lo notas, e incluso en las clases intelectuales. Te miran como diciendo, 'bueno, es que no deja de ser una mujer'. No todo el mundo, pero hay algo de eso, sí.

- ¿Admitimos 'elles'?

-El 'elles' me choca muchísimo, y hoy por hoy no lo veo; ahora bien, tampoco soy adivina y no sé lo que pasará en un futuro.

- ¿Usted dice habitualmente 'nosotros y nosotras' o 'nosotras y nosotros'?

-No. Aunque reconozco que sí digo a menudo 'niños y niñas' desde que tengo tres nietas.

«Nos gusta la lágrima»

- ¿De qué le ha salvado la literatura?

-De momentos invasores de angustia. Me ha dado como una identidad, un sentido. Es muy importante para mí, tanto la que escribo como la que leo, sobre todo la que escribo. Mi actividad de escribir es clave para mí. El descubrir que podemos crear un mundo de ficción en el que nos entendemos unos con otros y en el que nos reconocemos, y que así, de alguna manera, nos situamos en una especie de entendimiento por encima del tiempo y del espacio, es algo maravilloso que te ofrece la literatura. La vida es muy difícil y la literatura nos ayuda a vivir.

- ¿Entendió el fenómeno de audiencia que supuso el docudrama televisivo de Rocío Carrasco?

-No. Lo único que se me ocurre, por evidente, es que a la gente le gusta ver las desgracias, los lagrimones y los desgarros ajenos.

- ¿Cómo ve nuestro país?

-¡Dios mío! Lo veo muy confuso en este momento, atraviesa por un momento difícil. Y no le veo mucha salida desde el punto de vista de la concordia, porque se ha polarizado todo mucho. Incluso no puedes estar con uno de acuerdo en una cosa y con el otro en otra. Estamos muy en la línea de buenos y malos, allá donde vayas, y eso resulta también muy agotador. Es una pena que no haya aquí surgido un elemento más unificador, más centrista...

- ... estaba Ciudadanos (Cs), fíjese qué desastre.

-Una pena, sí, pero es verdad que ha habido una campaña muy fuerte contra Ciudadanos. En España el centro nunca conviene a nadie, esa es la desgracia que tenemos.

¿Habla a veces sola, como ese rey que aparece en su libro?

- Sí, hablo sola y más de lo que creo. Hablo sola y soy de las que todavía canturrean en la ducha [risas].

- ¿Y le da cada vez más pereza viajar, como a Aldo, otro de sus nuevos personajes?

-Odio viajar, me da una pereza espantosa, espantosa. Hasta salir de casa ya me da pereza.

- ¿Qué ha aprendido sobre usted misma durante esta pandemia?

-He aprendido que quiero ser más comprensiva, más flexible, que me interesa mucho estar en el mundo de una manera participativa y no tensa. Quiero estar ahí, a pesar de los pesares.

- ¿Dónde encuentra consuelo?

-Me encanta la naturaleza y me consuela mucho su belleza. Y también me consuelan las buenas compañías, ya sean personales o en forma de libros o de música.

- ¿Me contaría algún secreto?

-¡Ni hablar, a la tumba con ellos!