Canarias7
Nicolás Guerra Aguiar

Voces, palabras

Una de cal, otra de arena

Una de cal viva. Días atrás el Boletín Oficial del Estado publicó las destituciones de dos prohombres del PP: los señores Moragas (exjefe de gabinete del señor Rajoy y embajador ante la ONU) y Wert (fracasado exministro de Educación y, por ende, premiado como representante ante la Cooperación y el Desarrollo Económico).

Una de arena. Presidencia del Gobierno inserta en el BOE la concesión de la Gran Cruz -Real y Distinguida Orden Española de Carlos III- a doce de los últimos trece ministros del señor Rajoy. Al también exministro señor Montoro le entrega la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Y el Collar de la misma Orden al expresidente.

El texto de este real decreto resulta, como poco, llamativo: obtienen las condecoraciones, según el rey, «A propuesta del Presidente del Gobierno y previa deliberación del Consejo de Ministros». Ante tal planteamiento, el jefe del Estado accede: «Vengo en concederle la Gran Cruz...». Lo cual quiere decir –sospecho- que el Gobierno español no puede, por sí mismo, otorgar tales distinciones sin el visto bueno del rey. Por tanto el presidente del Gobierno, elegido democráticamente como tal en legítima sesión parlamentaria, debe someter su propuesta a la voluntad de quien ejerce como rey tras la abdicación del padre, anterior jefe del Estado por imperativo del dictador. Puro y avanzado modelo de estado democrático.

Todo lo cual perpleja, además, no ya solo a causa de su entramado protocolario sino, y fundamentalmente, porque tales galardones –máximos honores civiles- se otorgan a quienes hayan demostrado «buenas acciones en beneficio de España y la Corona», condición que me lleva a un doble desconcierto racional.

Primero: si el señor Sánchez presentó el voto de censura contra el señor Rajoy tras la sentencia condenatoria al PP (red de corrupción), ¿por qué solicita que se premie a los exministros con la Gran Cruz y al expresidente con el Collar? A fin de cuentas todos ellos, dadas sus altísimas responsabilidades políticas y éticas desde el partido y el Gobierno, jamás actuaron contra la podredumbre que robó millones de euros a las arcas públicas. (Arcas públicas, por cierto, por cuya defensa estaban obligados a intervenir ante primeras sospechas y posteriores investigaciones.) Por tanto, ¿sus rigurosos pasotismos frente a la descomposición del Estado y las tramas responden, acaso, a «buenas acciones en beneficio de España»? Más: ¿de qué España hablamos?

Porque sabida es la reiterada identificación España / PP en los discursos del señor Rajoy. Así lo confirmó él mismo cuando explicó su retirada: «Es lo mejor para el PP, para mí y para España». Y un par de años antes de la elección del señor Casado como presidente del Partido Popular volvió a dejar registro notarial: «Cuando gana el PP, gana España». (Divisa, por cierto, de la que participa la presidenta del Partido Popular de Navarra, señora Beltrán. Cuando felicitó al señor Casado, escribió: «Con él gana el PP y gana España». Aunque, tal vez, más certero sería «Con el PP ganan sectores del partido y se fortalecen ciertas cuentas... no tan corrientes».)

La interesada conclusión, por tanto, es contundente: si pierde el PP, pierde España. Y el PP perdió ante los tribunales: la Sala Segunda de lo Penal de la Audiencia Nacional lo tuvo claro en el caso Gürtel, pues lo condena por corrupción como partícipe a título lucrativo.

Segunda confusión racional: la Jefatura del Estado participa con Presidencia («A propuesta del Presidente del Gobierno... Vengo en concederle...»). Y en el mismo decreto se lee: «Queriendo dar una muestra de Mi Real aprecio a [don / doña]...».

Dejo a un lado el trasnochado y arcaico uso de mayúsculas («Mi Real») y el decimonónico lenguaje usado («Mi Real aprecio»), ajenos a la simplificación lingüística con que una sociedad avanzada y democrática se expresaría. Y planteo otras tres cuestiones: ¿por qué el rey aprecia, estima o valora a cada uno de los catorce miembros del anterior Gobierno? Porque si beneficiar es ‘hacer bien a alguien o a algo’ (en este caso la institución monárquica), ¿cuál fue la «buena acción en beneficio de la Corona» hecha por todas las personas a quienes se premia? ¿Y de qué beneficio se trata?

Presidencia del Gobierno –previa deliberación del Consejo de Ministros- fue la parte proponente para las condecoraciones. Sin embargo ni en el BOE ni en el Parlamento adelanta o explica las razones -o la quijotesca «razón de la sinrazón que a mi razón se hace»- de tales y cuales mercedes. Y lo considero necesario para la comprensión natural de las cosas pues, a fin de cuentas, uno relaciona la gracia de la Gran Cruz y el Collar con méritos, virtudes y valores...

Pero el actual Boletín Oficial del Estado ya es sabio por viejo. Y como tal es capaz de equilibrar y nivelar sus decisiones dándoles a lectores (los hay, pues un amigo me envió foto de la página) y contrincantes lo que la sapiencia popular llama «Una de cal y otra de arena». Porque a pesar de su formalismo lingüístico –bien es cierto que el papel aguanta todo- es astuto y contemporizador. Hoy, por su edad, conoce todas las triquiñuelas necesarias para dejar contentos a espartanos y troyanos, socialistas y peperos.

Por tanto, a la manera machadiana es fuente, manantial, venero de vida. Incluso a ratos se convierte en fontana galdosiana como lugar de encuentro de progresía y modernización del país, España. Pero tras la victoria del señor Sánchez amplió su disposición por contentarlos a todos: llega a ser surtidor de contrastes bien pronunciados. Así, por ejemplo, dos boletines casi inmediatos castigan y premian, respectivamente, a personas muy vinculadas al PP.

Pero, ¿y los altos cargos de empresas públicas como Paradores, CIS, Correos, Empresa Nacional de Uranios...? ¡Aaamigo, esos son otros López! El BOE es, en tales casos, unánime: todo para la gente de casa. (Pero no puede publicar el fichaje de la mujer del señor presidente por una empresa privada... Casualidades veredes, españolito.)