Canarias7
Manuel Mederos

La arista

Un Vaticano III para la Iglesia

La intransigencia del papa Francisco con los abusos sexuales dentro de la Iglesia Católica contrasta con todo el aparato eclesial, dispuesto a hacer la vista gorda y proteger a los señalados por las víctimas o por la justicia. Es, sin duda, la postura más honrada y más sana para una institución que no logra encajar la dura crítica y los golpes que provienen de la sociedad moderna. Frente a la tendencia aperturista de su máximo pastor, la Iglesia más tradicional vive con angustia lo que considera una cruzada contra sus principios desde fuera de sus muros y desde dentro por el sector más afín al papa. Enrocarse en sí misma en tiempos difíciles, como los que vive esta Iglesia conservadora, es la postura más cómoda para una institución que, en el ámbito más local de la organización, no logra sintonizar con los tiempos que le ha tocado vivir.

«Detrás de los escándalos sexuales no hay otra cosa que la obligación del celibato caduco y absurdo que condena a los sacerdotes a una soledad, que en muchos casos se vuelve perniciosa»

Detrás de los escándalos sexuales no hay otra cosa que la obligación del celibato caduco y absurdo que condena a los sacerdotes a una soledad, que en muchos casos, se vuelve perniciosa. La soltería de los sacerdotes de la Iglesia y la exclusividad del propio sacerdocio, prohibido para las mujeres, es también el escondite perfecto para multitud de conductas reprobables a las que, como se ha podido comprobar, dan rienda suelta desde la posición de autoridad moral y religiosa sobre niños, adolescentes, mujeres y hombres adultos sorprendidos en su buena fe.

Lo que ha ocurrido en Pensilvania no es un hecho aislado, es uno más en una cadena de negros y deplorables episodios protagonizados por sacerdotes y por miembros de la propia jerarquía de la Iglesia, que han salido a la luz, muchos de ellos, impulsados por el propio papa Francisco. La lucha del papa contra la pederastia y los abusos sexuales está siendo encomiable. Logra remover los cimientos de la propia Iglesia. “Vergüenza y dolor” describe el papa sobre los hechos conocidos en Pensilvania. Un papa al que no le ha temblado la mano para pedir la dimisión de la cúpula completa de la Iglesia en Chile por su connivencia con hechos de la misma naturaleza; o impulsar la dimisión del todopoderoso cardenal norteamericano Theodore McCarrrick, acusado de las mismas prácticas que generan, según sus propias palabras, “víctimas inocentes”.

«La iglesia católica, tentada a atrincherarse en sus posiciones en una etapa histórica en la que recibe ataques de gran parte de la sociedad, necesita un Vaticano III»

La Iglesia católica, tentada a atrincherarse en sus posiciones en una etapa histórica en la que recibe ataques de gran parte de la sociedad en todo el mundo, necesita un Vaticano III, un nuevo impulso en sus ideas para dejar atrás obsoletas y discriminatorias normas como la del celibato, introducir el sacerdocio de las mujeres, o despenalizar la homosexualidad, cuyas prácticas se dan en su seno de forma oculta o vergonzante, distorsionando la vida de muchos creyentes.

De la misma manera debe revisar sus relaciones con el poder. Debe tomar conciencia y colocarse mucho más cerca de los postulados de su fundador, alejado y enfrentado al poder, que de los vicios adquiridos al pasar a ser religión oficial de Roma, mantenidos a lo largo de los siglos hasta nuestros días. No puede ya la Iglesia ser “oficial”, sostener un privilegio de estado que negocia directamente con los gobiernos y que impone ante tribunales internacionales concordatos y acuerdos que obligan a los ciudadanos de un país. La Iglesia no puede imponerse en las escuelas, en los ejércitos, en los hospitales públicos o en las decisiones de un Estado Soberano, como está ocurriendo con la posibilidad de que los restos del dictador Francisco Franco sean exhumados de una tumba en una iglesia local.

Los hechos vergonzantes que vive la Iglesia, más allá de pedir perdón, deben ayudar a esta institución a una profunda reflexión que le vuelva a colocar en el centro de los tiempos, en la realidad que viven la mayoría de sus fieles y en la lógica del pensamiento moderno, en algunos aspectos mucho más conciliador y acorde con el pensamiento originario del cristianismo que con la carga teológica de XX siglos de tortuosa historia sobre la que pesan grandes pecados como los que ahora revelan las denuncias por abusos sexuales.