Canarias7
Enrique Bethencourt

Jaula y arco iris

Somos lo que comemos

«No es, en modo alguno, una maldición bíblica. No estamos condenados a que se reproduzca esa situación en las futuras generaciones de canarios y canarias»

Vuelo a Madrid en el lado izquierdo de la cabina de un moderno avión, junto al pasillo. Inmediatamente delante, a mi derecha, se sitúa una niña de unos diez u once años, con evidentes signos de sobrepeso y que se muestra muy simpática, activa y parlanchina durante todo el trayecto. Tras el despegue, su padre, que viaja algo más atrás, le suministra una caja de galletas de chocolate. Ella consigue, además, que la azafata le dé mas golosinas, en distintas ocasiones, en las apenas dos horas de duración del viaje. Por cierto, comentario al margen, el menú apenas ofrece alternativas que no incluyan carne, lo que contrasta con los cambios que se vienen produciendo y que apuntan hacia un crecimiento de la demanda vegetariana y vegana.

Tras ver lo que le sucede a la menor, pienso inmediatamente en los datos de un reciente estudio que confirma algunos de los males de la sociedad canaria en el ámbito de la salud. Con la alta prevalencia de la diabetes entre su población, muy por encima de la media española, los altos índices de obesidad o el tabaquismo que, pese a las campañas y las prohibiciones en locales de restauración, otro de los grandes aciertos de José Luis Rodríguez Zapatero -aunque algunos irresponsables, también en los medios de comunicación, se opusieron a la medida desde un liberalismo de traca y con argumentos económicos luego rotundamente desmentidos-, que lo han reducido, aunque sigue teniendo una significativa presencia.

Y pienso, asimismo, en sus consecuencias en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares y de la incidencia en la mortalidad: los residentes en las Islas mueren de infarto unos cuatro años antes que la media española, señalan los medios de comunicación recogiendo los datos de un interesante informe de la Universidad de La Laguna.

Esta investigación, llevada a cabo por Antonio Cabrera de León, epidemiólogo y director del área de Medicina Preventiva y Salud Pública de la referida universidad, asegura que la media estatal de fallecimientos por infarto se sitúa en los 78,4 años; cifra que se reduce sensiblemente en Canarias, hasta los 74. Es decir, casi tres años antes que en la siguiente comunidad autónoma con peores datos, Andalucía, con 76,7 años.

negativos. Si ya veníamos cargando con unos cuantos parámetros muy negativos –a la cola en la aplicación de la ley de la dependencia, padeciendo elevados tiempos de espera sanitarios, manteniendo pese a los avances niveles educativos por debajo de la media estatal, así como salarios entre los más reducidos de las distintas comunidades- ahora se nos suma, como titulaban muchos periódicos, que se nos «rompe antes el corazón»; y no precisamente de forma romántica o metafórica. Baltar, tenemos un problema. Y bastante grave.

No es, en modo alguno, una maldición bíblica. No estamos condenados a que se reproduzca esa situación en las futuras generaciones de canarios y canarias. Se trata de cambiar algunos de los hábitos alimenticios, como el abuso de productos con exceso de grasas, bollería o refrescos que presentan un elevado porcentaje de azúcar en su composición. Respecto a estos últimos, hay países que han optado por incrementar los impuestos sobre los mismos, consiguiendo una sensible reducción de su consumo. Pero, sin descartar esta vía, creo que es imprescindible incidir en los aspectos educativos.

Llama la atención que algo tan importante como la buena alimentación no haya formado parte históricamente de la formación que se recibe en las escuelas. La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que el sistema escolar puede contribuir a mejorar la dieta y la nutrición, de manera que pueda generar «beneficios en materia de salud y bienestar que se extienden más allá de las aulas y llegan a los hogares y las comunidades». La FAO añade la relevancia que tiene el hecho de «vincular los programas de almuerzos escolares a la producción local de alimentos», lo que, a su juicio, «puede aumentar la participación comunitaria, fortalecer y diversificar los sistemas alimentarios locales, y mejorar los medios de vida de los pequeños campesinos».

En los análisis que hemos visto estos días valorando los datos del informe de La Laguna resulta muy relevante todo lo relacionado con la implicación socioeconómica, concluyendo que la pobreza es un factor añadido. Y que los entornos más desfavorecidos son más propicios a una alimentación menos saludable.

pobreza. Es rotunda al respecto la profesora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Beatriz López de Valcárcel, experta en salud pública, cuando señala al periódico El País que la situación «es síntoma de la desigualdad. Es un hecho que la obesidad y la diabetes tienen un componente socioeconómico muy importante. Pobreza social, educativa y de renta». Destacando, además, el sesgo de género: «la enorme desigualdad de Canarias afecta mucho más a las mujeres».

Esta asociación entre pobreza y problemas alimenticios y de salud es alarmante. Entre otras cosas por la circunstancia de que Canarias presenta los mayores niveles de pobreza y exclusión social del Estado. Y, sin embargo, nuestras administraciones promocionan eventos patrocinados por industrias de la bollería, los refrescos o las golosinas dirigidos al público infantil. Que no van precisamente en la línea de modificar hábitos y apostar por una alimentación más adecuada que redunde en mejores niveles de salud, sino todo lo contrario.

Junto a ello hay que facilitar la práctica de actividades deportivas, rompiendo con el enorme sedentarismo actual. Generaciones anteriores jugaban en las calles o en las playas, derrochando esfuerzo físico. Ahora, basta observar el silencio de los días de Reyes, aquella actividad grupal ha sido sustituida por horas y horas delante de una pantalla. Una situación, la del sedentarismo, que unido a los problemas de la mala alimentación generan un cóctel explosivo de terribles consecuencias presentes y futuras. Y si preocupante es la actitud del padre en el transcurso del vuelo que les comentaba al principio del artículo, atiborrando de galletas a la menor, no lo es menos la de los responsables públicos que, por activa o por pasiva, hacen muy poco por cambiar una situación que influye muy directamente en el grado de bienestar de los habitantes de Canarias y en la propia saturación de los recursos sanitarios. Evitando con una correcta educación hoy enormes e irreversibles males el día de mañana.