Canarias7
Nicolás Guerra Aguiar

Voces, palabras

La memoria histórica del señor Casado

El señor Casado Blanco es uno de los dos aspirantes a la presidencia nacional del Partido Popular. Por tanto, si la obtuviera sería el candidato a la correspondiente del Gobierno de España. Todo, por supuesto, en su legítimo derecho. Pero lo desequilibra la Memoria Histórica.

A veces parece que su contrincante por la diestra no es la señora Sáenz de Santamaría... sino el señor Rivera Díaz, presidente de Ciudadanos y con manifiesto rigor ultraconservador. Así, sucede que las convicciones políticas del joven catalán fuerzan al aspirante del PP a mostrarse tal cual es, a un giro radical ajeno ahora a sus iniciales posicionamientos.

Estos –anteayer racionales, apacibles, a veces osadamente progresistas cuando no revolucionarios dentro del PP- ya no son los de hoy ni mucho menos los de mañana, pues su gradación descendente lo está llevando hacia el extremo contrario. Y lo opuesto (dejemos a un lado matizaciones lingüísticas) a racionales es pasionales, lo ajeno a la razón.

Y la razón, además, es la facultad de discurrir, capacidad limitada al ser humano. Por tanto, un aspirante a la presidencia del Gobierno de España no puede ser subyugado por inflamadas efervescencias, pues las que dominan actualmente al señor Casado lo aproximan –tal parece- a silenciados mensajeros de (De)Formación del Espíritu Nacional, la obligatoria asignatura presente en el Bachiller franquista e impartida por mandos de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista.

Viene a cuento lo anterior por las declaraciones del señor candidato en un mitin electoral o, acaso, alba ideológica. Convencido de su victoria sobre la señora Sáenz de Santamaría -inmediatamente después del dieciocho de julio- algunos mensajes son de impacto pasional y, a veces, con preocupante vibración. Así, por ejemplo, dijo: «La mayoría de jóvenes son del PP y aún no lo saben. Los de izquierdas son unos carcas, están todo el día con la fosa del abuelo, con las fosas de no sé quién, con la memoria histórica».

Sobre lo primero, ninguna originalidad: hay larga experiencia acumulada desde la etapa franquista. Aproximada afirmación escuché un día cuando algún mando del Frente de Juventudes pretendió convencernos a un puñado de pollillos para que ingresáramos en la paramilitar organización falangista: «Todo joven de bien, temeroso de Dios y de las hordas marxistas, siente como suyo el ideario joseantoniano aunque todavía no lo sepa». ¡Y bien que no lo sabíamos! Pero por no saber, tampoco llegábamos a entender qué era aquello de «las hordas marxistas» y «el ideario joseantoniano». No me duele confesarlo: a los doce añitos de pueblo no tenía ni idea, infeliz criatura. ¡Iluminado señor Casado!

«La Memoria Histórica, dice, es cosa de rojos y carcas; es decir, la restringe a personas ‘de actitudes retrógradas, de tiempos pasados o contrarias a innovaciones o cambios’»

La segunda parte de su arenga sí me parece absolutamente fuera de lugar e, incluso, me preocupa por si este señor pudiera un día llegar a la presidencia del Gobierno. La Memoria Histórica, dice, es cosa de rojos y carcas; es decir, la restringe a personas de actitudes retrógradas, de tiempos pasados o contrarias a innovaciones o cambios. Por tanto, quienes buscan en cementerios, cunetas, pozos de la muerte o simas los restos de parientes asesinados por el franquismo son personas de anteayer opuestas a innovaciones como el olvido, sobre todo cuando la historia recuerda matanzas generalizadas de inocentes...

Porque muchos de los nietos no olvidan, en efecto: su conciencia cristiana y las convicciones religiosas los siguen llevando por sendas de investigación, búsqueda y añorados encuentros. Solo desean para sus abuelos que las siglas católicas RIP (Requiescat in pacem) o DEP (Descanse en paz) florezcan en sus nichos definitivos una vez hayan sido recuperados de las fosas comunes. La venganza no forma parte de sus esperanzas.

Cosa de carcas, según el señor Casado Blanco, es la busca de huesos pertenecientes a un representante del pueblo de San Lorenzo, su último alcalde democráticamente elegido en las urnas por los votantes del municipio hoy anexionado a Las Palmas de Gran Canaria. Aquel «abuelo» abandonado en fosa común quiso defender el orden constitucional con media docena de colaboradores... y murió fusilado en el campo de concentración de La Isleta («Delito consumado de rebelión militar»). Otro de los «abuelos» arrojado en el mismo lugar se entregó a los falangistas cuando supo que las «brigadas del amanecer» habían matado a un hijo suyo... de cuatro meses. (¿Qué sabía, señor Casado, la vida de un niño de cuatro meses sobre odios viscerales, macabras violencias, deshumanizaciones?)

Por tanto, me impactan insensibilidades del señor Casado ante el dolor ajeno, ideas ajenas y derechos ajenos. Es un hombre formado, sospecho, joven y cargado de titulaciones universitarias pero de quien la Universidad solo consiguió eso, un hombre supertitulado (aunque maledicencias y envidias hayan puesto reparos, por ejemplo, al curso supuestamente realizado en la Universidad de Harvard –Programa Ejecutivo DGP Escuela de Gobierno John F. Kennedy-: dícese que Harvard es Aravaca y EE UU, Madrid).

No estuvo elegante el hombre, sin duda. Más bien verbalmente agresivo con el dolor ajeno. Como si su mente –es solo una apariencia- rezumara animadversión hacia demócratas a quienes las balas de los rebeldes acallaron para siempre sus ideales republicanos y de voluntades populares. (¿Agresivo, digo? Acaso parecen palabras impulsadas por desajustes y desequilibrios de infancia –es el subconsciente-, quizás producidos por su condición de nieto de ugetista condenado a treinta años de cárcel también «por resistencia a la sublevación militar».)

La pasión obnubila serenidades y mentes. Y nubladas, confundidas y ofuscadas quedan osadías y temeridades del señor Casado cuando, también, reclama la ilegalización de partidos independentistas, como si defender ideas independentistas fuera un delito. Tal derecho lo reconoce el constitucional artículo 16. 1.: «Ser garantiza la libertad ideológica [...]».

Por tanto, ilegalizar a partidos declaradamente independentistas es ilegalizar ideas. Es decir, convicciones, creencias y opiniones. Radicalmente opuesto, pues, al Estado de derecho (algún máster sobre la Constitución podría añadir a su currículo). El planteamiento del señor Casado es, como poco, endeble.

Y perenne Memoria Histórica también son Auschwitz I y Auschwitz II – Birkenaulos, campos nazis de exterminio... también de «muchos abuelos», señor Casado.