Canarias7
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Venezuela, mi demonio

Blanca E. Oliver / telde

Los hermanos, de dos y tres años, miraban con miedo e inocente sorpresa las pistolas que apuntaban a sus cabezas. No entendían nada. Aquellos hombres y su padre no dejaban de gritar. Él había sacado el dinero que llevaba en los bolsillos y se lo ofrecía a esos individuos. Ellos cogieron los bolívares y los tiraron al suelo. Querían el teléfono móvil. Él se apresuró a dárselo, pero nada cambió. Las dos pistolas seguían pegadas en sus cabecitas. De pronto, uno de aquellos tipos dijo que podían llevarse a un niño, «porque a este le podemos pedir. Tiene billetes». Su padre les agarró muy fuerte y forcejeó con el sujeto. No iba a soltarlos. El individuo tiraba de ellos, pero por fin aflojó. Los dos subieron a sus motos y huyeron.

Quizá ya sea un vago recuerdo para los dos niños, pero su padre no lo olvida. Fue en ese momento cuando Diego Arellano Cruz decidió que debía salir de Venezuela. Era cuestión de vida y muerte.

El ataque fue el 29 de abril de 2016. El 31 de junio dejaron su país. Desde el 4 de agosto viven en el barrio teldense de San Gregorio.

El joven trabajaba para una empresa del Gobierno en Valencia, en el estado venezolano de Carabobo, pero antepuso la seguridad de los suyos a todo lo demás y dejó su tierra para venir a la de sus ancestros, aquel joven de Tamaraceite y su mujer, aquella chica de Telde, que un día emigraron a América en busca de fortuna.

Una vez que Diego se vio en tierra segura, con mucho esfuerzo pudo traer a su madre y a su abuela. Después llegaron más familiares, hasta un total de 14, que dejaron muy atrás la miseria y la desesperación en las que vive sumido su país.

Elsa Cruz, tía de Diego, aterrizo en la isla más tarde. Es grancanaria. Nació en San Juan y emigró con sus padres, con sólo tres años. Volvió a su tierra natal cuando en Venezuela, la precarierad avanzaba sin freno hacia la hecatombe.

Vino con su hija, su hijo y un nieto que padece problemas de salud, pero tuvo que dejar allá a otro nieto de cuatro años.

«Cuando yo salí, no había casi nada. Ahora ya no hay nada. Ni siquiera puedes comprar papel higiénico. Los pocos alimentos que hay los controla el Gobierno. Se ha visto salir camiones cargados de productos alimenticios de edificios gubernamentales y de los sótanos del Banco Central de Venezuela. Esa es una forma más, una de las más crueles, que tiene Maduro para someter a su pueblo».

A Elsa todavía se le erizan los pelos cuando recuerda episodios de su vida de hace pocos meses.

«Llegué a pesar 38 kilos, porque no había comida y para conseguir lo poco que se vendía en los supermercados, hacía colas interminables de siete horas. Y todo para comprar un paquete de café. Si querías tener algo más rápido, tenías que acudir a los revendedores, los bachaqueros. Tipos que están confabulados con el dueño de la tienda y con los militares para repartirse lo que sacan a los desesperados, a quienes les cobran mucho más caro. Pero eso era antes. Ahora, ni siquiera queda esa posibilidad. La devaluación de la moneda es tanta que el dinero no da para nada».

Hoy, el sueldo medio de un trabajador ronda los seis millones de bolívares al mes. Un kilo de que cuesta 20 millones...

«Y la última jugada del Gobierno ha sido sacar lo que llaman carnet de la patria. Si lo tienes, es porque eres afín a Maduro y te irá bien. Y si no lo tienes, no puedes acceder a nada. Ya no les permiten ni malvivir. Hasta la gente que come basura en la calle se pelea por ella».

Pese a todo eso, Elsa sueña con volver. «Tengo la esperanza de que todo cambie y pueda regresar. Aquello es mi vida».

un disparo en la mandíbula. La delincuencia se ha adueñado del país. Las escopetas, pistolas, cuchillos y todo lo que sirva como un arma son habituales en las calles. Las mismas calles que siempre están vacías, porque nadie sale. El miedo les paraliza.

No hay transporte público. La gente se mueve en los camiones donde se traslada el ganado, a los que se sube en marcha y a los que, cada dos por tres, se encaraman ladrones que desvalijan a todos los viajeros.

De esta inseguridad sabe mucho Stiver Ramones, un veinteañero que llegó a Telde hace dos meses. Es esposo de una prima de Diego y dejó en Venezuela a sus padres, a su hermana y a un sobrino. Confía en traerlos en cuanto encuentre trabajo.

«Un euro equivale a 10 millones de bolívares. Si cobro en euros, podrán venir pronto».

Cuando en Venezuela se vivía bien, su familia tenía un negocio de compraventa de coches. Pero ya no les queda nada.

«No hay repuestos. No hay cauchos (ruedas). No hay nada. Cada vez vendíamos coches de menos calidad, hasta que todo se fue a pique».

Stiver y los suyos también fueron pasto de los delincuentes.

«Nos robaron en tres o cuatro ocasiones. La última, entró en casa una banda de enmascarados y se lo llevaron todo. Hasta los perros. A mi padre le abrieron la cabeza a culatazos y cuando uno iba a dispararme, mi hermano lo encaró y lo sujetó, pero tuvo la mala suerte de que la pistola le quedó debajo de la barbilla y el ladrón disparó. La bala le destrozó la mandíbula. Ahora está bien, pero necesita una operación y no puede pagársela. Vive en Estados Unidos y quiere viajar pronto a Italia».

La cruda realidad es que toda la familia está desperdigada por medio mundo. La mayoría ha huido del infierno en que se ha convertido su país y se han buscado la vida donde han podido.

Zoraida Cruz, la madre de Diego, tiene una ilusión. «Algún día, estaremos todos juntos».