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Francisco Suárez Álamo

Cine

El poeta que iba en diligencia

Con 200 películas a sus espaldas como director, con varias como guionista y también ante la cámara en papeles menores, John Ford, de cuya muerte se cumplirán 45 años el próximo mes de agosto, se merece, aunque solo sea por lo prolífico, un hueco en la historia del cine. Si hablamos de méritos artísticos, entonces ese hueco tendría forma de al menos un capítulo en la enciclopedia del séptimo arte. Pero lo cierto es que durante décadas se le regateó ese reconocimiento a Ford, que acumuló cuatro Óscar como mejor director pero al que parte de la crítica, sobre todo en Estados Unidos, lo identificó casi exclusivamente como un director que hacía westerns como quien amasa panes y solo para entretener al gran público.

Como con otros directores, hizo falta el paso del tiempo y el empeño de algunos cineastas estadounidenses en los años 70 y de críticos europeos para que se pusieran en valor sus méritos. Ahora ya nadie los discute, hasta el punto de que a Ford se le reconoce haber creado escuela, y no precisamente por su perfeccionismo, pues era lo contrario a esa manía, sino por cómo contaba historias donde el paisaje era tan importante como los diálogos y donde los personajes evolucionaban ante el espectador sin que este se diera apenas cuenta del artilugio al que estaba asistiendo. Y es que, como decía Ford, el espectador no tiene que darse cuenta de que está viendo una película. Si no, se pierde la magia.

Para conocer al Ford cineasta, nada como sus película; para adentrarse en la persona, vale la pena la biografía Tras la pista de John Ford (Searching por John Ford: a life) (T&B Editores, 2004), del historiador y crítico Joseph McBride. Y también es más que recomendable el documental sobre Ford que realizó el también director Peter Bogdanovich, posiblemente uno de los intelectuales del cine con mayúsculas y que batalló precisamente para colocar a Ford en el Olimpo al que tenía derecho.

Estamos hablando de ese tipo que casi siempre aparecía con un parche sobre un ojo, por más que todas las biografías cuentan que en realidad el obstáculo visual era casi una cuestión de coquetería: es verdad que una operación de cataratas mal ejecutada debilitó mucho la visión en un ojo pero ahí seguía el globo ocular. Y con el parche -por cierto, al igual que otros grandes directores, como Raoul Walsh, Fritz Lang, Nicholas Ray, Sam Fuller-, Ford retrató como pocos los paisajes que quedaron desde entonces unidos a la mitología del western. Más mérito tiene que ese no fue su ambiente primigenio, pues Ford era hijo de emigrantes irlandeses asentados en Portland, pero siendo muy joven se trasladó a California, donde su hermano Frank se había hecho un hueco en la industria del cine como actor e incluso productor. Eran las dos primeras décadas del siglo XX y el cine mudo del Oeste tenía garantizado un público fiel, un subsector en el que Ford hizo de casi todo hasta que, por aquello de que pasaba por allí, acabó dirigiendo una primera película. Lo hizo medianamente bien, lo hizo sobre todo barato... y no paró. Llegó a dirigir cinco películas en un año y mantuvo un ritmo febril que solo tenía altibajos cuando el alcohol causaba estragos. Porque sí, bebía y mucho, y de hecho no venía nada malo en ello, como se puede comprobar en muchos de los personajes de sus películas, donde los alcohólicos son tipos simpáticos que dicen muchas veces las verdades que los otros no se atreven.

Tras algunas películas que sorprendieron a la crítica y que se ganaron el favor del público, Ford tiene su particular año de gloria en 1939, cuando filma La diligencia, El joven Lincoln y Corazones indomables, tres títulos que no fueron concebidos como una trilogía pero que sí ayudan a cimentar la leyenda del director... y también del espíritu americano. Es a partir de ahí cuando se crean arquetipos sobre el western que se mantendrán casi intactos hasta nuestros días. Y también de 1939 es Las uvas de la ira, el libro de John Steinbeck que Ford llevó al cine de nuevo con Henry Fonda al frente del reparto –un actor con el que, por cierto, acabó rompiendo relaciones porque, como director, todos cuentan que Ford era bastante tirano–.

Pero en la extensa filmografía de Ford hay mucho más que indios, vaqueros y biografías de americanos ilustres. Hay un acento irlandés con dos miradas bien diferentes: por un lado, la amargura de El delator, con un personaje atormentado en una Irlanda extremadamente pobre –esa que vivieron sus padres– y está la idealización del país de sus ancestros en El hombre tranquilo, la magistral comedia sentimental con un John Wayne en un registro muy diferente y una Mauren O’Hara espléndida –película que hoy pasa con bastantes dificultades los parámetros del trato igualitario entre hombres y mujeres–.

También vale la pena revisar Qué verde era mi valle, centrada en la minería galesa pero que también tiene reminiscencias irlandesas, y Cuna de héroes -pero, eso sí, haciendo abstracción del canto al militarismo que conlleva la historia-.

De Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance ni hablamos. Es pecado no haberlas visto.

Antifranquista, militarista y amigo de los indios

Sobre John Ford pesó durante años la leyenda de un militarista recalcitrante, conservador hasta la médula y amigo personal de Richard Nixon. Y eso es cierto, pero también lo es que se sumó con otros cineastas a los movimientos de apoyo a la Segunda República española cuando la Guerra Civil, que colaboró con el Ejército de Estados Unidos en los servicios de propaganda porque estaba convencido de que había que frenar al fascismo y también se salió de los cánones del conservador clásico al convertirse en el gran amigo de los indios, que le rindieron honores el día de su fallecimiento porque le reconocían haber contribuido a dignificar su imagen. Para los indios, Ford era Natani Nez, esto es el Líder alto. Porque desde que apareció por Monument Valley para filmar en escenarios naturales no hubo duda alguna sobre su capacidad de liderazgo entre la tropa del cine.

Respecto a ese conservadurismo, John Ford no tuvo reparos a la hora de contar con profesionales de la industria que estuvieron bajo sospecha en la época de la cruzada del senador McCarthy contra todo lo que oliera a colaboración con los comunistas. No participó en aquella purga, en la que sí tuvo mucho que ver su amigo John Wayne. De manera que digamos que fue un conservador atípico, como atípico, estrafalario y bastante introvertido fue su comportamiento, tal y como retrata McBride en su biografía.

Al servicio de EE UU

Documentales bélicos. Al servicio del Ejército de Estados Unidos, John Ford dirigió diez documentales bélicos, el primero en 1941 y el último en 1976. Aplicó entonces la misma hoja de ruta que cuando estaba al frente de una película de ficción: ahorro de medios y evitar peleas con los productores por excederse en el presupuesto.

Biografía

Tras la pista de John Ford.

Joseph McBride ofrece al lector una obra monumental, con más de 800 páginas, una selección de imágenes y ficha completa de todas las películas de Ford. El autor fue crítico de cine, es profesor de cine y literatura y entre sus libros se encuentran trabajos sobre otros cineastas de culto, como Orson Welles y Howard Hawks.

5 películas más que recomendables
El delator

Los tiempos del IRA.

John Ford siempre contó que había coincid¡do en un viaje en barco con Michael Collins, uno de los padres de la lucha por la independencia irlandesa. Influido por sus padres y un viaje siendo adolescente a Irlanda, en 1935 dirigió esta película en la que un incomensurable Victor McLaglen encarna a un borrachín amargado que se convierte en delator al servicio de los británicos. Le sobra la puesta en escena final pero el relato del tormento es magistral.

La diligencia

El viaje que cambió el Oeste.

Quien la revise hoy quizás concluya que no es para tanto pero hay que remontarse a 1939 y al cine de vaqueros que la precedía. Es entonces cuando se comprende que La diligencia marcó un antes y un después, con una historia donde el relato de personajes pesa bastante y donde el protagonista, como en otras tantas historias de Ford, va evolucionando hasta convertirse en héroe. Fue el filme que catapultó a John Wayne como icono del Lejano Oeste.

Qué verde era mi valle

Casi como Las uvas de la ira.

A partir de una novela sobre los esfuerzos y miserias de una familina minera en Gales, John Ford traza en 1941 un relato de héroes anónimos que tiene mucho que ver con Las uvas de la ira. Ford saca un gran partido al personaje infantil que encarna Roddy McDowall, que siempre fue mejor actor de niño que de adulto. Lo que no es de recibo es que esta película se alzara con el Óscar al mejor filme por encima de Ciudada

El hombre tranquilo

Sonrisas en el valle.

¿Se podía montar una comedia con John Wayne? Vaya que si se podía... pero hacía falta el director apropiado, probablemente el que mejor supo extraer arte interpretativo de un tipo limitado en lo artístico como Wayne. Aquí Ford regresa a la Irlanda de sus padres con un retrato idealizado, casi de postal, con una historia de amor y, sobre todo, de devoción por los pequeños encantos de la vida dural. La música de Victor Young hace el resto en esta película de 1952

Centauros del desierto

Una búsqueda vital.

Seguimos con John Wayne pero aquí, en 1956, en un registro muy diferente al de El hombre tranquilo. La historia de la búsqueda de una niña secuestrada por los indios es también la de la evolución de quienes siguen su rastro... y es la del racismo, y es la del respeto a los indios, y es la de una poesía que se resume en esa puerta final que se cierra cuando el personaje encarnado por Wayne vuelve a hacer lo que siempre ha hecho: vagar por Monument Valley.