Canarias7
Francisco Suárez Álamo

Cine

‘El cazador’ 40 años tras el ciervo

Había una vez tres amigos que celebraban con otros compañeros de su pueblo que se iban a hacer un largo viaje. Uno de esos que cambia las vidas. Pero también modificó las de quienes se quedaron esperando por ellos. Y la del país entero. De eso va El cazador (The Deer Hunter), la película estrenada en 1978 y que encumbró a su director Michael Cimino (1939-2016) como un genio. Dos años más tarde, Cimino protagonizó con su filme La puerta del cielo (The Heaven’s Gate) uno de esos fracasos comerciales que marcan un hito, pues fue la excusa para un nuevo ciclo en Hollywood.

Cuarenta años después, algunos críticos ponen en cuestión los méritos de El cazador, que creen sobrevalorada. Otros, como el tan venerado como cuestionado crítico español Carlos Boyero siempre la incluyen entre sus favoritas. ¿De verdad es para tanto?

De entrada, estamos hablando de una película monumental. Empezando por el metraje: 183 minutos, algo que entonces asustó un tanto a los productores pero que no importó a la taquilla y menos a la crítica. La película fue un éxito y desde un primer momento se valoró su condición de retrato generacional: aquel Estados Unidos donde unos jóvenes con una vida relativamente estable pero monótona acaban embarcándose para la Guerra de Vietnam, cuando la contienda ya empezaba a ser objeto de debate. Esa es la trama del filme, que gira en torno a los avatares de esos tres amigos -encarnados por un espléndido Robert de Niro; un incomensurable Christopher Walken, histriónico como casi siempre pero ideal para un personaje atormentado como el de Nick, y el más sobrio y habitualmente eficaz John Savage-. Junto a ellos, en papeles teóricamente secundarios, nada menos que Meryl Streep y el malogrado John Cazale, que se puso ante la cámara ya enfermo de cáncer de huesos, un contratiempo que obligó a alterar el rodaje para adecuarlo a su endeble salud, y que no llegó vivo al estreno. Cazale, que pasó a la historia como uno de los mejores secundarios, era por entonces pareja de Streep y cuentan las crónicas que entre ella y De Niro convencieron a los productores y a Michael Cimino para condicionar el rodaje a la presencia de aquel.

Los más críticos con la película se quejan de la lentitud inicial, que no cuenta otra cosa que cómo se desenvuelven en una ciudad que vive de los altos hornos y en la que el director nos muestra con gran generosidad los rituales de la comunidad rusa, con una boda ortodoxa y su celebración que rememoran en algunos momentos el arranque de El Padrino (1972). Cimino, como se vería después en La puerta del cielo (1980) y también en Manhattan Sur (1985), siempre se interesó por cómo encajaban las comunidades originarias de otros países en EE UU y lo hizo con la misma benevolencia en el metraje.

A partir del viaje a Vietnam de los tres amigos comienza otra película: la que parece que es puramente bélica pero que en realidad es la tortuosa historia de unos soldados que iban para héroes y acabaron presos del Vietcong. Aquí se vuelven a cebar con Cimino sus detractores, acusándolo abiertamente de un racismo nada disimulado a la hora de demonizar a los asiáticos, de manera que cuesta encontrar uno que no sea la encarnación del mal. Esas críticas se sustentan sobre todo en que no hay constatación de que entre los métodos de tortura empleasen el macabro juego de la ruleta rusa pero eso no quita para reconocerle a Cimino el mérito de haber regalado al cine una de las secuencias más impactantes de esos 40 años, a la altura quizás del propio De Niro en Taxi Driver (1976) mirando a la cámara y simulando con su mano que dispara.

Y queda para cerrar la película el epílogo, desde luego mucho más logrado y redondo que el de La puerta del cielo. Es el que nos relata cómo es la vida de esos soldados una vez que vuelven a casa, a un país que ya no tiene duda sobre la inmoralidad de aquella guerra y que no ve precisamente como héroes a los que se jugaron la vida en Asia. Las similitudes con Los mejores años de nuestra vida (1946) son muchos, y donde allí era un soldado que había perdido las manos, aquí es Savage torturado otro tanto con sus piernas -sí, en El cazador es donde se puede oír aquello de «No siento las piernas»-. Y en ese retorno otros lectores más sesudos ven también paralelismos con el personaje de Ulises, con Penélope mutada en Meryl Streep tejiendo un jersey que iba a ser para Nick y acaba enfundándoselo Michael.

Por último, para los que cuestionan los méritos de la película, solo dos apuntes más para justificar una revisión sin prejuicios: la estupenda fotografía del maestro Vilmos Zsigmond y la Cavatina de Stanley Myers que se escucha en la banda sonora -pieza, por cierto, que fue arreglada nada menos que por John Williams-.

El director del gran fiasco

Ed Wood pasó a la historia como el peor -uno de los peores, para ser justos- de la industria de Hollywood. Pero cuesta encontrar a alguien encumbrado a la gloria como el mejor y luego defenestrado por la industria y convertido en director maldito, al que nadie quería contratar. Es lo que sucedió con Michael Cimino, un tipo singular que falleció el pasado año y que en el momento de su muerte fue recordado básicamente el fiasco que supuso La puerta del cielo, la película que acabó literalmente con la productora United Artists y que en gran medida cambió la forma de trabajar en Hollywood, pues a partir de ese caso las productoras tomaron todo tipo de cautelas ante los directores que se creían genios, de manera que las riendas del negocio pasaron a manos de contables y solo se aprobaban los proyectos con garantía de éxito en taquilla. Aquello fue en 1980 pero desde entonces poco ha cambiado en el funcionamiento de Hollywood -y parece que en otras cinematografías-. Ese fracaso marcó su vida profesional y por lo que se ve también la personal, de manera que Cimino se fue convirtiendo poco a poco en un tipo alejado del mundanal ruido, con fama de insoportable y que incluso físicamente cambió a base de retoques de cirugía estética que en realidad eran de juzgado de guardia. Basta con ver la lección magistral que impartió en 2015 en el Festival de Cine de Locarno al recibir un premio para encontrarse con un hombre que mantenía la leyenda del genio del séptimo arte pero que se comportaba como un personaje estrafalario. Cuando su muerte, en 2016, se le recordó sobre todo por los avatares de La puerta del cielo y algo menos por El Cazador. Y cuando su nombre y su imagen salieron en el tradicional homenaje de la Academia de Hollywood a los fallecidos en la gala de los Óscar de 2017 hubo aplausos más bien tímidos entre el público. Debe ser que olvidaron las ovaciones de un acto como aquel en 1979 al premiar lo mejor del año anterior.

Lo mejor de Michael Cimino

Guionistas

Sus inicios

Fue así como se hizo un hueco en la industria. Sobre todo al dirigir su guión en Un botín de 500.000 dólares pero merece la pena recuperar Naves misteriosas, original cinta de ciencia-ficción.

La gloria

Con El cazador.

Toco el cielo en 1978 con esta película y se convirtió en el realizador que todas las productoras deseaban. Su éxito en la taquilla y en la crítica se vio coronado con el Óscar al mejor filme y también el de mejor director. Las productoras se lo disputaban y United Artists se lo quedó para su siguiente proyecto. En 1978 El regreso también triunfó con una visión más intimista de Vietnam y sus efectos en la sociedad norteamericana.

Fracaso épico

La puerta del cielo

Dicen que de los fracasos se aprende pero no parece que fuera el caso de Cimino. En todo caso, ese western, uno de los mayores fiascos de la industria de Hollywood de todos los tiempos contiene momentos memorables, como todo el pasaje inicial de la graduación y el asalto a la casa en la que se encuentra escondido el personaje que interpreta Christopher Walken. Añadan a eso el baile de los protagonistas en el salón de patinaje.

Menor pero buena

Manhattan Sur

Cimino ya era un director maldito y todo lo que hiciera iba a ser objeto de severas críticas. Este filme policiaco de 1985, con Mickey Rourke al frente del reparto, no inventó nada pero demostraba brío tras la cámara. Las críticas sobre la xenofobia hacia los chinos acabaron pasando factura en la distribución. Las escenas de acción y el retrato de personajes justifican rescatarla del olvido.