JOSEMI BENÍTEZ

He estado tres meses sin comprar. Y así ha sido la experiencia

Suena a problema del primer mundo, pero resistir la presión consumista resulta más difícil de lo que parece.

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Que alguien se plantee como reto no comprar en tres meses, me refiero a ropa, zapatos, bolsos, medias, lencería, perfumes, cremas... a priori suena mal, fatal, a problema de persona blanca rica del primer mundo. ¿Qué suponen tres meses con los armarios a reventar como solemos tenerlos en esto que llamamos Occidente? ¿De verdad me será difícil resistir ese tiempo? No soy de mucho comprar ni amante de seguir las modas, un poco por convicción y otro poco porque simplemente he salido así. Me impresionó una viñeta que abría el libro de Filosofía de 3º de BUP en la que se veía a Sócrates, el filósofo, no el futbolista, ante al escaparate de unos grandes almacenes pensando: 'Cuántas cosas no necesito'. Busco cuánto es el gasto medio que hace al mes una persona en ropa y calzado, unos 48 euros. No sé si suelo gastar más o menos, pero tomándolo como orientación, mi ahorro será de unos 150 euros en este tiempo. La cultura no cuenta, lo considero artículo de primera necesidad, en mi caso, la música. Veremos.

Septiembre: regreso a la oficina

En agosto he satisfecho mis ansias con unas adquisiciones en las tienducas de un pueblo de Cádiz: tres vestiditos, iguales en forma y con distintos estampados, que no sé dónde meter en el armario a rebosar. Mirando desde la objetividad se me abren los ojos a la realidad, una en la que necesitamos hacer cambio de temporada porque no nos caben las cosas. Problema agravado por la costumbre de guardarlo todo; tengo cosas de cuando era veinteañera y de ahí en adelante, algunas me valen y otras esperan el momento que no acaba de llegar. A ver, entre otras cosas, poseo cuatro vaqueros de distintos colores y unos cinco leggins negros, con eso debería bastarme. ¿Vestidos? Bastantes más, entre largos y cortos, de verano e invierno, y los que atesoro desde mi juventud... quizá superen la treintena. ¡Qué decir de las camisetas! Pasarán de cuarenta. Abrigos y gabardinas, media docena, aunque más de uno no me ponga nunca. Y varias chaquetas. Me acuerdo ahora de que hace poco perdí la que más quería, mi chamarrilla, que parecía de cuero sin serlo, barata, de color marrón... Llevaba conmigo dos décadas.

«Desde 2005, las ventas mundiales de prendas de vestir se han duplicado, y cuando nos desprendemos de la ropa, la hemos utilizado un 36% menos de veces», dice el estudio 'Análisis de la recogida de ropa usada en España', elaborado este mismo año por Cáritas ( modare.org). Sé que hay cosas que me he puesto una vez y luego he abandonado, quizá porque en el momento de la compra no pensé si me gustaban de veras. Reflexiono y me comprometo a contestar estas preguntas cada vez que esté a punto de sucumbir a los encantos de una prenda: ¿Realmente la necesito? ¿Me gusta lo suficiente? ¿De dónde viene? ¿Y si no la compro?

Reconozco que he llegado a casa con cosas que he olvidado en un rincón sin sacar de la bolsa. Pregunto a mi alrededor y a la mayoría les ha sucedido. Llegamos a la conclusión de que tenemos un problema. Añade el estudio que las marcas de moda están produciendo hoy casi el doble de ropa que antes de 2000, año de referencia del inicio del fenómeno de la 'fast-fashion'. Pienso en que cuando esto termine volveré a la tienda de segunda mano Koopera, de Cáritas. Allí suelo yo donar la mía... Temo que algún día pueda comprar alguna exprenda de mi propio armario. El informe añade que, en España, «990.000 toneladas de textiles van cada año a los vertederos. Se recoge el 42% del residuo.

Las más de 600.000 prendas donadas ahorran al planeta 404 millones de metros cúbicos de agua y casi 3 millones de toneladas de emisiones de CO2». Merece la pena reciclar y comprar de segunda mano. Aunquebuceando en internet, veo algo que me disgusta: una foto de una montaña de ropa en un vertedero de África, con niños caminando sobre ella buscando 'tesoros'. Allí exportamos mucho de lo que no queremos, lo llaman 'ropa del hombre blanco muerto'; buena parte se repara y se vende, dando empleo aunque perjudicando al comercio local, pero otra parte nada desdeñable, el 40% de lo recibido, acaba en los vertederos provocando una catástrofe medioambiental. Mejor comprar menos.

Se presenta un contratiempo: después de más de un año teletrabajando desde casa, hay que regresar a la redacción: debo abandonar el pijama y las viejas glorias y pensar cada mañana en qué me pongo... Agradecería un uniforme. Esto me obligará a arreglarme con lo que tengo en mi 'despensa' textil. Faltaría más.

No compro por Internet, mirar sí, añadir al 'carro' incluso, pero nunca culmino, en la creencia de que esa facilidad para adquirir artículos sin moverme del sofá y que me lo traigan a casa solo puede empeorar mis ganas de comprar cosas que en realidad no necesito. Así que en estos tres meses apenas buceo en webs de ropa. Ahora soy más consciente de que Facebook me bombardea con ellas, señal de que las he visitado demasiado. Leo la reflexión de Núria Cónsola, psicóloga especialista en adicciones: «Tenemos al alcance múltiples facilidades de pago y créditos instantáneos. La posibilidad de comprar por Internet en cualquier momento y la inmediatez en la entrega hacen que muchas veces compremos sin necesidad. Si una persona tiene problemas para controlar sus impulsos, está más expuesta».

Greenpeace informaba hace unos días de que el comercio electrónico ha incrementado nuestro afán por las compras y se ha convertido en la forma de consumo más popular, cuadriplicándose en España desde la pandemia: «En 2021 se ha incrementado un 67% el número de consumidores digitales». Los envíos rápidos, la gran cantidad de embalajes y los medios de transporte hacen que sea «altamente contaminante», alertan. Intentaré seguir comprando en los comercios aunque pueda resultar más caro, pues creo que en el fondo ahorraré.

Octubre: necesidad, cremas y discos

El día 18 me invitan a un cumpleaños y de camino a la celebración se me atasca la cremallera de la mochila que me vendió un artesano del cuero de la Alpujarra 'granaína' el verano pasado. Me veo obligada a romper mi reto por necesidad, así que no cuenta. Ha habido momentos de peligro, como cuando me encapricho de una camiseta que venden en un bar, con la foto de un gato y letras de tipología graffitera... Me gusta mucho y al ser de producción local, con pocas unidades, temo quedarme sin ella. Me planteo llamar a una amiga para que me la compre y la guarde hasta que acabe esto. Me acuerdo entonces del concepto de 'necesidades creadas'... Leo en la 'economipedia', la 'wiki' de la economía, que son los «deseos de consumir bienes o servicios que no satisfacen necesidades primarias. Las empresas crean necesidades al buscar influir en el consumidor para persuadirle a comprar algo que no sabía que deseaba. Por fascinación, novedad, entusiasmo, estatus.... Y lo hacen con la publicidad». Estoy a punto de caer, pero no, y siento que tengo el control.

Se me acaban las cremas de la cara. No puedo estar mes y medio sin ellas, así que voy a una farmacia donde hacen sus propias formulaciones y pillo una de día, otra de noche y contorno de ojos. No sé si vale como excepción, pero la hago y me justifico al evitar marcas y apoyar al comercio local.

Un día de bajón lo tiene cualquiera, y descubro dentro de mí que la cosa se aliviaría si entrara en una de esas tiendas y me dejara llevar. Me apetece probarme prendas hasta encontrar algo que me siente medianamente bien, sucumbir a esa emoción. Pero me analizo y me doy cuenta de que eso me dura poco, hasta que paso por caja o así, y luego se me pasa. Utilizo eso para reforzarme en mi postura. Pero... me queda la música, eso sí que da subidón. Estos meses he 'asaltado' varias veces la tienda de Power Records, donde he cosechado vinilos de Jeff Tweedy, LinkWray, Thelonious Monk, Rafa Berrio e Itoiz y cds de Manel y The The. También he pillado entradas para conciertos, como el Blow Up Fest. He ido, claro, y lo he pasado genial, lo necesitaba de verdad.

Noviembre del Black Friday

Busco cuándo apareció el Black Friday en nuestras vidas –¡sorpresa! me doy de bruces con un tal Cyber Monday–. La primera vez que lo 'celebramos' aquí fue en 2010, cuando Apple rebajó precios bajo este concepto. En 2012 todo el mundo se había subido al carro. Parece imposible que pudiéramos vivir sin este concepto. La psicóloga tacha estas campañas de «muy agresivas publicitariamente, y la sociedad y la cultura presionan para comprar. Si no lo haces parece que vives marginado de la sociedad». Me entran ganas de poner pies en polvorosa.

Mis cinco pares de pantys o tienen carreras poco visibles o agujerillo en el pulgar, incluso las dos cosas a la vez. Entro en una tienda de medias. Se acerca la dependienta. «¿Qué desea?». «Nada, gracias, me voy», respondo recordando mi situación. Iré con el dedito asomando, en realidad, si lo pienso bien me la trae al pairo... Siempre que no me pase algo, claro... «Vete siempre con la muda limpia, no vaya a ser que acabes en el hospital», decía mi madre. De bragas y sujetadores voy servida. No dejo de pensar que, en cuanto termine el desafío, entraré en esa misma tienda o en otra, y que nada habrá cambiado. Quizá debería seguir, 6 meses, un año... Pero se acercan la Navidad y las rebajas... Uf, menos mal que he terminado el reto.

1 de diciembre: el verdadero reto

En realidad no es así. Aquí estoy en mi primer día de 'libertad' y me doy cuenta de que el verdadero reto empieza hoy. Tarde libre e intento no salir como un miura con la tarjeta lista. No resulta y entro en una zapatería, veo unas botas negras acharoladas y me contengo, ¿para qué quiero eso? Decido huir al Vía de Fuga a tomarme un 'spritz' para aplacarme. Hablo con Pablo, el dueño, sobre el consumismo. Me planto de nuevo en la calle y llueve. Con la cercanía lejana de la Navidad, los escaparates están más bonitos, brillan. Entro en una tienda como si fuera lo natural, un divertimento. Suena una de Tahúres Zurdos y me vengo arriba. Llego a casa con tres jerseys de rayas, convencida, me gustan mucho. Llevo uno mientras escribo esto. Estoy contenta, aunque siento que he fracasado.

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