Otra forma de morir

La ley de eutanasia que acaba de aprobar el Congreso podrá aplicarse «en el 90% de los casos», según los activistas que la han impulsado. «Permitirá a los enfermos despedirse», pero advierten de que ahora empieza otra batalla «para que se aplique»

ICIAR OCHOA DE OLANO

Arturo Rodríguez Ollero ha cruzado el umbral de su puerta apenas cinco veces en estos nueva largos meses de pandemia. La última, hace tres semanas, a causa de una embolia que le ha dejado sin medio pulmón, «otra señal de que se acerca el final, lo que hace inevitable que aparezcan mis peores monstruos». Padece Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Se la diagnosticaron en 2010. Tenía 35 años, esposa, dos hijos, un trabajo de conductor de autobús y una pasión desatada por subir montañas. Desde hace seis años se alimenta por una sonda gástrica y, desde hace algo más de dos, respira mediante una traqueotomía que le conecta a un respirador eléctrico. Ha seguido la aprobación de la ley de la eutanasia, el jueves, en el Congreso de los Diputados, en la cama de su casa de Gijón. Inmóvil, pero con los ojos rebosantes de coraje, lucidez y de palabras. Contesta mediante el dictado de sus pupilas sobre un ordenador, un bendito prodigio tecnológico que le permite comunicarse con su familia y con el mundo.

- ¿Cómo se encuentra anímicamente?

- Enfrentarse a una enfermedad degenerativa sin posibilidad de cura con el yugo del coronavirus es un doble reto. Es una situación drástica y mentalmente dura pero parece que, cuanto más difícil me lo ponen, más fuerte me siento. Tengo una familia que me arropa y que no se rinde, y así es fácil tener ganas de seguir.

- ¿Cuáles son sus mayores preocupaciones?

- Mis hijos. Quiero que estudien y que aprendan a sobrellevar lo momentos malos y a disfrutar de una vida que es maravillosa.

- ¿Cómo ha recibido la aprobación de la ley de la eutanasia?

- Bien. Lo que no me ha gustado tanto es el debate político y que no haya tenido más apoyo. A más de uno le invitaba a vivir mi día a día y el de mi familia. Igual cambiaba sus argumentos. Enfermedades como la mía están por encima de políticas y de religiones. Creo que por fin se va a reconocer la crueldad de las enfermedades huérfanas de atención y la valentía de los enfermos y las familias, así como los sacrificios que hacen en la más completa de las soledades.

- ¿Le alivia saber que está ahí por si decide recurrir a ella?

- No cabe duda de que proporciona unas garantías que hasta ahora dependían de la piedad y la misericordia de un médico. Hace tiempo que este derecho debía estar recogido en nuestras leyes.

- ¿Cree que se acogerá a ella?

- Sí, lo haré, cuando llegue el momento. Esto es no es una carrera para ver cuánto estoy dispuesto a arrastrar a mi familia por el barro. Durante diez años me he ganado el derecho a despedirme de mi mujer y de mis hijos con una sonrisa y con un 'gracias' por haberme hecho tan feliz y afortunado.

Manifestación de colectivos contra la ley de eutanasia el jueves ante el Congreso. / EFE

El derecho a solicitar y recibir ayuda para poner fin a la vida en los casos «incurables» e «invalidantes» y de sufrimiento físico y psíquico extremo será una realidad en este país antes del próximo verano. De esta manera, España se convertirá en el cuarto país de Europa, junto a los pioneros Holanda, Bélgica y Luxemburgo, por ese orden, en permitir la eutanasia y el suicidio médicamente asistido. (La diferencia estriba en que en el primer caso un médico administra los fármacos que van a provocar la defunción y, en el segundo, el facultativo suministra el medicamento, que es ingerido por el afectado). El jueves, 198 diputados -frente al rechazo de 138 (PP y Vox) y a 2 abstenciones- daban alas a la iniciativa del PSOE por la que se establecen las exigencias, garantías y condiciones necesarias para pedir y recibir asistencia para morir.

La histórica norma ve la luz después de un debate intermitente pero latente de casi tres décadas. En concreto, desde que, en 1993, el tetrapléjico gallego Ramón Sampedro emprendió sin éxito una campaña para que le ayudaran a acabar con su vida, y que concluyó cinco años después cuando se suicidó agónicamente con una dosis de cianuro que le proporcionaron de forma clandestina. La película de Alejandro Amenábar 'Mar adentro' le convertiría en emblema internacional de la lucha por el derecho a morir y en el rostro imborrable de una reivindicación que, a partir de su trágica desaparición, compartirían cada vez más españoles.

«Más libres»

Aunque el CIS no ha interrogado acerca de esta cuestión desde 2009, cuando el 77% de los encuestados se manifestaron a favor de que se regulara la práctica, la empresa de sondeos Metroscopia lo ha hecho de manera periódica. En la última ocasión, en 2019, cuando la tramitación de la ley cogía impulso en el Congreso, las respuestas a favor de la legalización fueron el 89%. En julio de ese mismo año, representantes de diversas iniciativas populares relacionados con algunas de las personas que murieron sin conseguirlo hacían frente común y presentaban en la Cámara Baja más de un millón de firmas a favor de una norma.

Plasmada ya sobre el papel, y aprobada, la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), pionera en batallar por propiciarla, vive su semana más emocionante desde su registro, en 1984. «Es una ley de libertad, que todo país civilizado debería tener, con la que se levanta el tabú de la muerte asociada a un ser supremo al que pertenece nuestra vida. Ahora las personas de este país vamos a poder encarar nuestra etapa final de acuerdo a nuestros valores individuales», celebra la secretaria del colectivo y responsable de relaciones internacionales, Laurence Arseguet.

«Durante diez años me he ganado el derecho a despedirme de mi mujer y mis hijos con una sonrisa y un 'gracias' por haberme hecho tan feliz y afortunado», sostiene Arturo, al que la ELA ha dejado inmóvil

Mónica Riera acaricia a su marido, Arturo Rodríguez Ollero, en su piso de Gijón. Enfermo de ELA desde hace una década, se comunica a través de un ordenador que manipula con sus ojos. / Joaquín Pañeda

En un plano más pragmático, «y según cuentan los belgas, es una norma que fundamentalmente permite despedirnos», sintetiza. «En lugar de estar en un hospital enchufadas a un montón de aparatos, con una sedación terminal lentísima que les deteriora y hace sufrir mucho a las familias, esas personas podrán quedarse en casa rodeados de sus allegados y decirse adiós. El trance del duelo mejora muchísimo».

Pese al «gran avance» que supone un texto regulador al que podrán acogerse «el 90% de los casos», la activista lamenta su naturaleza «garantista». «Es excesiva e innecesaria. En Bélgica y Holanda tienen más de 20 años de trayectoria y se ha probado que no hay riesgos ni pendientes resbaladizas, y que los más vulnerables no están en peligro». Arseguet se refiere a los procesos de solicitud de la prestación, y de control posterior. De acuerdo a la ley, una vez que el interesado comunica a su facultativo su voluntad de que le ayude a morir -debe hacerlo por escrito, dos veces, con una diferencia de 15 días naturales-, éste debe recabar un informe favorable de un médico especialista ajeno, para lo que dispone de 12 días.

A partir de ahí, cada comunidad autónoma creará una Comisión de Evaluación y Seguimiento que determinará, en menos de nueve días, si procede el tratamiento o no. «Es un recorrido difícil y largo, de más de un mes, en que el paciente tiene que repetir durante varias veces y delante de varios médicos ajenos a su historial, y de un jurista, su voluntad de querer acabar con su vida. Eso es brutal. Las leyes belgas y holandesas están construidas precisamente sobre la confianza plena en las relaciones paciente-médico, quien se asegura de que cumplen todos los requisitos legales. No tiene sentido que un médico tenga autoridad para decidir retirar los aparatos de soporte vital a un enfermo y a la vez se le prohíba ayudar a morir a uno que lo solicita», censura.

La ley encierra otras zonas de sombra, como la exclusión de los menores. «Bélgica hizo una reforma en 2014 para incluirlos y Holanda, que lo permitía a partir de los 12 años, está a punto de ampliarlo por petición expresa de los pediatras. Son pocos casos pero de una enorme crueldad».

LO QUE DICE LA LEY

  • ¿Quién puede pedirlo? Residentes o nacionalizados en España y mayores de edad «capaces y conscientes en el momento de la solicitud».

  • ¿En qué situaciones? Si se sufre «una enfermedad grave e incurable» o se padece «una enfermedad grave, crónica e invalidante (...) certificada por un médico responsable.

  • ¿Cómo se solicita? El interesado comunica a su médico su voluntad de que le ayude a morir, por escrito dos veces con una diferencia de 15 día naturales. Antes de 2 días el facultativo consultará con otro, especialista en la patología del demandante, quien tendrá 10 días para dejar por escrito si procede seguir o no.

  • ¿Cómo se controla? Cada comunidad autónoma tendrá una Comisión de Evaluación y Seguimiento que tendrá que decidir en 9 días si se practica la eutanasia. Con posterioridad hay un segundo control, en el que se vuelve a revisar todo el proceso.

Demencias y testamento vital

La regulación deja también relegadas a las personas con enfermedades mentales. «Pensamos que las demencias avanzadas en pacientes dependientes entrarán, dado que son enfermedades graves, crónicas, invalidantes y sin posibilidad de cura, como exige la ley, siempre que antes, las personas afectadas hayan dejado por escrito esa voluntad en el testamento vital, cuando aún conservaban sus facultades. Ese documento es vinculante, por tanto se trata de algo muy positivo», destaca Arseguet.

Con alzhéimer en fase inicial, el catalán Santiago Miramón lo registró desde ya hace casi tres años. Sin mencionar la palabra eutanasia, por entonces aún una quimera, dejó plasmada su decisión de morir si pierde su capacidad de relacionarse o su independencia funcional. «No quiero seguir viviendo cuando no reconozca a mi mujer y a mis hijos», expresa. «¿Cómo te puedes sentir persona cuando ya no tienes memoria?», clamó en su día ante el Congreso para defender que la ley reconociera a las personas con su misma patología.

En su alivio y emoción por asistir a su alumbramiento le acompaña Txema Lorente, el viudo de Maribel Tellaetxe, la mujer del municipio vizcaíno de Portugalete fallecida en marzo de 2019 tras solicitar la eutanasia. «Se junta la tristeza de que ella no lo haya podido ver con la alegría inmensa de un sueño cumplido que también era el de Maribel».

Ninguna duda de que la norma va a cambiar las cosas, pero pocos dan la lucha por terminada. «Ahora empieza otra batalla para que se aplique, como ha ocurrido con el aborto», señala la secretaria de DMD. A la asociación le preocupa el papel decisivo que la ley otorga a las comunidad autónomas. «No sabemos qué va a ocurrir en aquellas autonomías regidas por la derecha y que están en contra de la eutanasia. La aplicación podría complicarse».