Un barranco camino de selva en Telde

22/07/2018

Un bosque de tarajales junto a magarzas y saladares reconquista la maltratada desembocadura del cauce Real. José Manuel Espiño pide usarlo de embrión para rescatar esta franja del litoral

El color de la esperanza es el verde. Y no es casualidad. Este convencionalismo hunde sus raíces en el pasado agrícola de la humanidad. El verde significa vida porque verdes son los árboles y las plantas de las cosechas frente al ocre de un suelo seco y yermo. Y eso mismo, verde y esperanzador, es también el bosque que ha crecido en la desembocadura del barranco Real de Telde, en la costa de Jinámar. Tarajales, saladares y balancones han reconquistado un espacio que les hurtó la mano del hombre tras años de acoso a la naturaleza. Ha crecido solo y casi a escondidas. Eso le salvó.

El escritor, senderista y divulgador de la naturaleza local José Manuel Espiño Meilán lo descubrió hace poco. Aún se maravilla al observar cómo las magarzas de costa, los corazoncillos, los inciensos, las vinagreras y los tajinastes blancos han tapizado el suelo maltratado del cauce en un tramo especialmente degradado como es el situado entre la GC-1 y la costa, donde llaman Bocabarranco. Y repara en una curiosidad: la presencia de botoneras, más propias de medianías.

Espiño siente que este bosquete frente al mar puede ser el embrión de un proyecto que trabaje para recuperar el paraíso perdido que debió ser esta desembocadura y su entorno más inmediato, de ahí que apueste por un plan para recuperar para los ciudadanos la franja de litoral desde la potabilizadora de Jinámar a la depuradora que está en un lado del barranco Real.

Una reserva

Después de años sometido a la especulación, porque, no en vano, este paisaje comparte protagonismo con el centro comercial Las Terrazas, Espiño reta a las administraciones a hacer de este espacio una reserva botánica, faunística y arqueológica de Gran Canaria. Reivindica que se aproveche este milagro para rescatar las antiguas formaciones boscosas de litoral.

La hoja de ruta es clara. Este profesor jubilado la resume en seis: limpiar el cauce y las laderas (hay basura, hasta muebles), eliminar las pequeñas pistas que invaden el cauce (dejando solo la principal), respetar las formaciones vegetales que se han consolidado, hacer una plantación masiva de tarajales, potenciar el uso didáctico de este tramo de barranco y respetar la naturaleza, por lo que desaconseja riegos innecesarios ni intervenciones en la zona.

Entre las fortalezas de una acción así, cita la recuperación de un paisaje perdido, con un barranco que volverá a estar poblado de saladares y tarajales, la ralentización de la erosión, la recarga del acuífero, el rescate del paisaje sonoro (el bosque ha atraído a chirreras, currucas cabecinegras, apupús, alcaudones, cernícalos o camineros), convertirlo en colofón de ese corredor verde que se proyecta para conectar esta desembocadura con el barranco de los Cernícalos, e incluirlo dentro del carril mixto (peatonal y ciclista) que discurrirá del mirador de La Laja a esta zona de Telde.

Y ya puestos, añade Espiño, lo ideal sería que esta actuación se replicara en los otros 11 barrancos que conforman la cuenca hidrográfica del municipio, que podrían convertirse en bastiones frente a las avenidas de agua, desde el de Jinámar, en la frontera con la capital, al del Draguillo, que marca el límite sur, con la vecina localidad de Ingenio. Para Espiño, si este proyecto cuaja y también sale adelante el corredor verde hasta los Cernícalos, Telde pondría la semilla de un cambio en la forma de entender e interpretar la gestión del territorio.

Valores no le faltan. Los enumera José Manuel Espiño. Los tiene arqueológicos, con los yacimientos de La Restinga y el Llano de las Brujas y las cuevas de Malpaso, botánicos (tarajales, saladares y el endemismo de la Lotus Kunkelli), faunísticos (sobre todo aves) y geológicos (playas levantadas, roques...).