Los asistentes pudieron disfrutar de un tentempié y música africana como inmersión en la cultura del continente. / Arcadio Suárez

Refugiados: los rostros tras las cifras que no paran de crecer

Casa África y Acnur dan voz a algunos de los desplazados forzosos que han acabado en el archipiélago

Ingrid Ortiz Viera
INGRID ORTIZ VIERA Las Palmas de Gran Canaria

«Todo el mundo tiene una historia. La vida es un viaje difícil y, como el río, siempre cambia». Con estas palabras, Moussa Canuté concluía su propio relato, el de tres intentos de huida, dos muertes, hambre y miedo.

Sin embargo, no es el único: hasta la actualidad 89,3 millones de personas se han visto obligadas a desplazarse forzosamente de sus países — sin contar con los afectados por la guerra de Ucrania—, el doble que hace una década y, aproximadamente el 41% son menores.

Son algunas de las cifras que ofreció ayer el Alto Comisionado de las Naciones Unidas (Acnur) en un encuentro en Casa África con motivo del Día Internacional del Refugiado. Una fecha en la que quisieron dar voz a estas personas y reconocer su fortaleza para buscar nuevas oportunidades. «Los datos son necesarios para dimensionar la situación, pero solo conociendo los nombres que hay detrás fomentamos la empatía y eso es lo que no podemos perder», señalaron representantes de la delegación que opera en Canarias desde 2021.

La historia de Moussa Canuté comienza a sus 16 años en Mali. En realidad, probablemente mucho antes, pero fue entonces cuando parte hacia Libia en un primer intento de llegar a Europa vía Italia. Fue en un convoy organizado por la mafia africana en el que iba con un amigo apretado con tras 75 personas.

Bajaron a Burkina Faso y de ahí pasaron a Níger, pero el chófer que les llevaba terminó abandonándolos en medio del desierto del Sáhara, donde muchos de sus acompañantes murieron de hambre y frío tras una semana. Contra todo pronóstico, y fuertes dolores musculares por el agotamiento, los adolescentes consiguen llegar al encuentro de un tío de Moussa en Libia. No era una casa familiar lo que allí les esperaba sino un alojamiento donde vivieron hacinados con unas 50 personas más.

Cada mañana iba a una plaza que servía de bolsa de empleo analógica: empleadores y empleados se encontraban y arreglaban contratos verbales que luego se incumplían. « Ningún sitio en Libia es seguro —reconoce el maliense—. La policía persigue a los negros porque nos tratan como perros, pero incluso los niños tienen la libertad de disparanos o herirnos si quieren».

Muchas veces, cuenta Moussa, conseguía trabajos de una jornada en el que su jefe no le pagaba u otros que duraban meses, como le ocurrió con un compatriota de Mali que lo acogió como aprendiz de albañil. En esa ocasión, admite, al menos aprendió el oficio.

«Tampoco puedes negociar o rebelarte, porque si dices algo te pueden disparar sin consecuencias», admite. Con el tiempo, optó por trabajar por su cuenta y más tarde, en las minas de oro del Sáhara.

Fue en esa época cuando le impactó de lleno la muerte de un amigo que, como él, huía de la inseguridad de su país. Le asesinaron con un cuchillo por la espalda camino del supermercado, mientras algunos de sus compañeros le esperaban en casa. La policía no les devolvió el cuerpo hasta un mes después y tras haberle quitado los órganos.

El drama vivido le impulsó a cruzar el Mediterráneo, desde la ciudad de Trípoli, no sin dificultades. Esa vez, el inicio de una guerra le obliga a retroceder. En un segundo intento, parte en una barca que se rompe a las 5 horas de zarpar, pero consigue ser rescatado por la policía libia, que lo encarcela un mes y lo deporta luego de nuevo a Mali.

Finalmente, opta por la ruta marroquí y parte desde Dajla a Gran Canaria. Ya en las islas le impacta una segunda muerte, el viernes 3 de junio 2020. «Nunca olvidaré ese día», remarca. La fecha en la que otro joven con el que compartió mucho más que el trayecto en patera enfermó gravemente del hígado y, en apenas dos días, le abandonó.

Ahora, Moussa ha cumplido los 24 años, ha sido voluntario en la acogida de inmigrantes, está estudiando la ESO y tiene la ambición de ser electricista. Pero lo que más agradece es que le hayan brindado una oportunidad y, también, el amor «de corazón, no de boca» de su madre adoptiva.