Ultramar

Qué triste todo

17/03/2018

Hemos vuelto a caer. A pesar de que cada vez que un episodio dramático ha conmocionado a la opinión pública se han realizado ejercicios de autocrítica sobre el nocivo seguimiento informativo que en demasiados casos se ha hecho de estos, cayendo incluso en lo obsceno, hemos vuelto a caer. Desde las niñas de Alcácer hasta Gabriel el Pescaíto, esa pobre criatura que una maldada le arrancó la vida y con ella borró la sonrisa que nos había enternecido y que esperábamos, con el corazón encogido, volver a ver. Hemos vuelto a caer y de nada han servido los actos de contrición de las veces anteriores. El dolor que tiene rostro, nombre y apellidos se ha hecho espectáculo, una vez más, y el morbo ha mandado. Y con ellos se desmelenaron la xenofobia, el odio, el racismo, los ánimos de venganza.

«El dolor, que tiene rostro, nombre y apellidos, se ha hecho espectáculo, una vez más»

La mamá de Gabriel nos pidió no retuitear «cosas de rabia porque ese no es mi hijo y no soy yo». Pero la barbarie, otra vez, ya estaba desatada. Qué triste todo. Los medios de comunicación, demasiados, convirtiendo el ejercicio periodístico en la búsqueda constante de audiencia a cualquier precio e ignorando que el código deontológico reclama al periodista «evitar la intromisión gratuita y las especulaciones innecesarias sobre sus sentimientos y circunstancias» y aconseja dejar de lado el sensacionalismo, el morbo o la difusión de imágenes que nada aportan a la información y que pueden ocasionar pérdida de credibilidad, que es el principal valor que el periodismo ha de aportar a la sociedad.

Es verdad que muchas veces es difícil conjugar el derecho a la información y el respeto a la víctimas, pero alguien tendrá que romper de una vez ese maléfico espejo en el que nos reflejamos y que justifica que contemos cosas porque la gente las pide, al tiempo que la gente las pide porque se las contamos, generando un bucle nauseabundo y enfermizo.

Pero no solo los medios de comunicación han rebasado el límite ético. Lo de las redes sociales, convertidas en un vertedero de insultos, odios y rencores exigiendo el ojo por ojo y el linchamiento de la detenida sin respeto a los preceptos de la Justicia que obliga toda sociedad desarrollada que se precie, desnuda demasiadas vergüenzas de cómo andamos.

Y, otro tanto, los políticos, más preocupados en las encuestas que en resolver los problemas que nos acucian o cambiar lo que no funciona, valiéndose del dolor y el horror para obtener rédito electoral. Escuchar a alguno discursear en la puerta de la misma capilla ardiente del pequeño Gabriel da arcadas y deja claro que para ellos los votantes no son mas que consumidores a los que hay que complacer con una mercancía que satisfaga las pasiones aventadas, aunque cínicamente se atrevan a decir que legislar en caliente no es aconsejable mientras protagonizan un sonrojante debate en el que no les importa usar a las víctimas en beneficio propio. Tamaño impudor, tamaña degradación, clama al cielo.

Como bien ha dicho Manuel Arias Maldonado en una democracia madura se puede hablar de todo, pero nada aconseja que lo hagamos como lo hemos estado haciendo estos días. Llegados a este punto nos lo tenemos que hacer ver.