Papiroflexia

Obras

05/07/2018

No aprendemos, exclamaba su pensamiento de forma instintiva mi padre resoplando, mientras fiscalizaba como cualquier otro jubilado las obras de la calle. Por entonces el hombre, afanado por sortear lo que parecía un circuito de calistenia improvisado, aún no se había percatado de que queda apenas un año para las elecciones.

Han levantado toda la acera, que estaba en buen estado, para adoquinarla de nuevo. Sustituyen, por una igual pero nueva, la loseta que ponen en el camino junto al bordillo, y estaba perfecta. Y ahora levantan y asfaltan de nuevo la calle, sin que su estado lo requiera. Balbuceaba indignado mientras se hacía un ovillo con las correas de las perras, divertidas entre tantos obstáculos.

Una obra, pues, innecesaria e injustificada, hasta el punto de que dudo que ningún vecino la reclamase. Calles levantadas por todas partes (las mismas una y otra vez) provocando molestias para pasear, para trabajar, para descansar. Obras en las que la planificación brilla por su ausencia. Y entre tanto, pocos metros más abajo, pero en una zona menos visible y bucólica para la foto de la inauguración, resiste el paso del tiempo un palmeral injustificado y famélico que hoy es un fumadero y vertedero de basuras...

«Las infraestructuras son necesarias, pero solo si se realizan con coherencia haciendo valer los intereses del pueblo»

No aprendemos, ni tenemos remedio, me decía mi padre de regreso sin que aún se le diluyese el enfado y con las perras colgando mientras se preguntaba: ¿A quién benefician estas obras? ¿Quién decide las prioridades? Un significativo e incómodo silencio fue la respuesta del resto de miembros de la familia que evitábamos el debate político en un asfixiante mediodía de comienzos de julio. Solo hubo compasión para los obreros, víctimas del aquel absurdo en plena canícula.

Ayer se repitió la historia, pero no era mi padre el ocioso indignado. También con Lorenzo pegando con justicia, me tropecé con dos turistas despistados que deambulaban sin prisa ni preocupaciones (como mi padre) por el entorno de Tamadaba. Como mi profesión es la de preguntar, con el impulso ególatra de ser buen anfitrión, solté un protocolario: ¿Les gusta la isla? Maravillados con los encantos naturales del lugar, sin embargo torcieron el gesto al comprobar el nuevo mirador incrustado en el lugar y mostraron su preocupación por la ampliación del puerto en Agaete, que acababan de visitar. «No entendemos que a una ventana natural como esta le pongan un mirador artificial, ni que en Agaete se vaya a construir un puerto mayor. Tienen una belleza paisajística que no saben valorar, ni la cuidan como un atractivo turístico», sentenciaron mientras yo palidecía de la vergüenza. Entonces recordé y comprendí el enfado de mi padre tras su azarosa aventura con las mascotas en el portal de casa. Las infraestructuras son necesarias, pero solo si se realizan con coherencia y planificación, haciendo valer los intereses de los ciudadanos sobre otros privados que, lamentablemente, condicionan o se imponen a las administraciones públicas.