Los pasajeros se someten al registro policial en el aeropuerto de Amberes, dos días después del atentado de 2016. / AFP

Veinte años de cambios cruciales para un mundo bajo control

Menor percepción de riesgo. La cooperación internacional contra el terrorismo y la resignación de la población a sacrificar la privacidad y la libertad conviven con nuevos modos de matar y de propaganda

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

Tirar a la basura la botella de agua al encaminarse a la puerta de embarque del aeropuerto podría ser una alegoría del papel de los ciudadanos frente a la transformación del mundo causada por los atentados del 11-S. Con los aviones en el objetivo terrorista, usados como armas arrojadizas pero también de dianas, este dictamen de seguridad aérea se consolidó cuando se descubrieron explosivos líquidos en el terminal de Londres. La Unión Europea aprobó entonces, en 2006, un reglamento para regular la entrada de líquidos en la cabina.

La metáfora del envase plástico muestra, por una parte, que las medidas contra el yihadismo evolucionan ante nuevas amenazas y al compás de la tecnología. Y, por otra, que los ciudadanos las acatan de forma voluntaria y natural, lo que refleja uno de los cambios sociales más notables de la era posterior al desplome de las Torres Gemelas: la resignación de la población a convivir con restricciones.

«Todas las medidas preventivas, que incomodan y obligan a presentar documentación, revisión de pertenencias o abandonar cierta privacidad individual, ya se han establecido como un estándar e incluso gozan de comprensión y aceptación social», reflexiona Félix Arteaga, investigador del Real Instituto Elcano. «Eso no pasaba antes de 2001, cuando no existía una lucha permanente sistematizada y coordinada. El control selectivo, los arcos en los aeropuertos, la vigilancia de la maletas, el control biométrico y otras medidas posteriores han llegado para quedarse y contribuyen a la sensación de seguridad de la ciudadanía».

Dos décadas después, los cambios continúan y la huella social que dejó tanto el sorpresivo 11-S como los sucesivos ataques del 11 de marzo en Madrid de 2004, el de la parisina sala Bataclan en 2015 o el de las Ramblas de Barcelona en 2017 se ha ido desvaneciendo para aquellos que no fueron víctimas directas, asegura Carmelo Vázquez, catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense. «Ha dejado más secuelas políticas que psicológicas. Aunque ha influido en el modo en que nos relacionamos, sus efectos son mayores en la política internacional que en la psicología colectiva».

Restos de un vehículo destruido por un ataque con dron, para evitar que se usara en un atentado en Kabul. Barack Obama, junto a Joe Biden y otros, siguen la operación contra Osama Bin Laden en 2011. / Agencias

Cooperación mundial

La metáfora de la botella de agua es, sin embargo, un símbolo incompleto. Los giros más agudos son aquellos que permanecen invisibles para la mayoría. «El cambio más significativo desde los atentados del 11-S es la entrada del terrorismo en la lista de problemas globales de seguridad», asegura Arteaga. «Al mostrar su alcance global, se produjo un cambio estructural en la percepción del fenómeno y dejó de ser un problema menor relacionado con movimientos nacionalistas o de liberación. La primera consecuencia ha sido una mayor cooperación internacional policial, judicial y de inteligencia dentro y fuera de la Unión Europea. Hay también una lucha militar contra los grupos terroristas, pero que ha sido menos eficaz».

El terrorismo ha disminuido en el mundo. Hay menos atentados, menos víctimas, menos costes por los daños ocasionados. «El impacto del terrorismo disminuyó en 115 países, mientras que se agravó en otros 20. La región europea está entre las que mejoraron y sigue siendo la más pacífica del mundo. El total de muertes por terrorismo ha disminuido año tras año desde 2014», revela el Índice de Paz Global 2021, del Instituto de Economía y Paz, que cifra en menos de 10.000 las muertes por terrorismo en 2020, cuando hace siete años alcanzó las 35.500. En cuanto a lo económico, calculan que los daños han caído a la mitad. De 22.000 millones en 2007 a 10.500 millones en 2020.

Menos miedo

Al decaer las consecuencias del terrorismo también disminuye la percepción de peligro y miedo de los ciudadanos. «Vemos una caída en la preocupación social por los actos terroristas», explica Arteaga. «En 2001 no existía una percepción de riesgo latente de atentados masivos, pero en 2010 esa percepción era mayor que ahora, porque Al Qaeda intentaba reconstruir la yihad global y había conquistado una base regional desde la que saltar. Ahora, en 2021, esa percepción está en declive. La proyección de los terroristas está en mínimos en Occidente».

Batalla digital

La contienda se traslada al espacio electrónico como arma de doble filo. Aunque sin recursos para grandes operaciones de sabotaje o de infiltración, los yihadistas han creado comunidades que sirven para difundir propaganda y captar colaboradores, como la que puso en marcha el Estado Islámico en su momento álgido. «Otra gran área en el entorno digital que ha evolucionado es la relacionada con la divulgación de contenidos terroristas o captación de adeptos a través de las redes sociales e internet», expone Reyes Corripio, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Comillas. «Precisamente en abril de 2021 se aprobó un reglamento de la Unión Europea sobre la lucha contra la difusión de contenidos terroristas en línea, que incluye el bloqueo de contenidos y su conservación para permitir la posterior investigación de delitos».

Armas sofisticadas

El despliegue tanto policial como militar gana invisibilidad con las nuevas herramientas de actuación. Drones, satélites, sistemas de localización, redes de vigilancia y otras tecnologías se han desarrollado para neutralizar las amenazas, de las que se llega a conocer tan solo una mínima parte de las operaciones, como sucede con los 'asesinatos selectivos' con drones. «El acceso a internet da una ventaja a los cuerpos policiales para actuar», mantiene Arteaga. «Les ha permitido controlar los movimientos y hacer seguimientos que se añaden a la lucha armada sobre el terreno».

Privacidad y libertad

En los aeropuertos, un año después de aprobarse el reglamento para impedir el ingreso de líquidos a las cabinas de los aviones, se adoptó la transferencia de datos de los pasajeros a las autoridades de Estados Unidos, en los viajes hacia su territorio. «Se quiso utilizar estos datos para generar patrones de comportamientos de pasajeros sospechosos y activar la actuación de los servicios americanos de inteligencia y policía, afectando a la privacidad y libertad de ciudadanos. Actuar bajo meras presunciones y sin garantías hizo que estas transferencias de datos suscitaran críticas y se tuvieran por poco aceptables desde la perspectiva europea de la protección de datos», advierte Corripio. «Hoy en día, el interés por el tratamiento de estos datos no solo no ha decaído, sino que sigue siendo un elemento importante en la lucha contra el terrorismo».

Mayor control

En 2003 se desarrolló el primer algoritmo que «determina si un pasajero puede representar un riesgo para la seguridad», indica el documento 'La seguridad aérea como una política pública y su transformación tras los atentados del 11-S', de Alejandro Uribarri. «Miles de detalles personales de cada pasajero son analizados nada más adquirir el billete, aquellos que tras el examen tienen altas probabilidades de riesgo se examinan aun con más detalle».

Aquello era solo el principio. Como los ojos del Gran Hermano que hacían seguimiento incluso dentro de los hogares, ahora «hay un control cada vez mayor y una imposición de lo políticamente correcto», sostiene Vázquez. «Estamos muy vigilados, con las comunicaciones intervenidas, también en las redes sociales y con un filtrado de información constante, incluso con los dispositivos que tenemos en casa, que pueden ser aleatoriamente controlados por las tecnológicas. El efecto es un intervencionismo político sutil».

Otro terrorismo

También ha cambiado el terrorismo, definido como «actos intencionales de violencia -o amenaza de violencia- por parte de un actor no estatal», según el Instituto de Economía y Paz, y su forma de encararlo por parte de los Gobiernos. De la lucha militar inicial, que llevó a Estados Unidos a invadir Afganistán e Irak para derrocar al régimen talibán que permitía las operaciones de Al Qaeda, al policial contra grupos insurgentes locales relacionados con el Estado Islámico, «el terrorismo también se ha transformado», dice Arteaga.

«Nació con vocación global y ahora su acción se restringe a conflictos locales, como en Siria o zonas del África subsahariana, por ejemplo», prosigue Arteaga. «Pero carecen de estructura suficiente para exportar la yihad. Si alguno de estos grupos se estabiliza en un país, como veremos en Afganistán, podría preparar atentados a escala global, como los que ocurrieron en París o Madrid, pero sin la capacidad sistémica para poner a los gobiernos contra las cuerdas o alterar el orden social».

Tras el 11-S el mundo cambió para siempre hacia un mayor control para reforzar la seguridad que evitara atentados masivos contra la población civil occidental. A cambio, quedaron en el camino varios cimientos de las libertades civiles, como la inviolabilidad de las comunicaciones -alteradas también por el negocio digital- o el requerimiento judicial previo a la policial, a las que el público renuncia como parte del precio a pagar por otro tipo de libertad, la de vivir sin excesivo miedo.