MIKEL CASAL

Ciencia | Paleoclimatología

Las edades del hielo

El estudio del clima en el planeta antes de la llegada de los humanos permite avanzar en el conocimiento del desarrollo de la vida

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

A lo largo de su accidentada historia, junto con la caída de meteoritos y el muy probable choque con un planeta más pequeño cuyos restos formaron su único satélite importante, la Luna, nuestro planeta ha pasado por al menos cinco períodos glaciales o edades del hielo, la primera hace unos 2.000 millones de años, y la más reciente, llamada Cuaternaria, que comenzó hace unos tres millones de años y continúa hasta hoy. En los períodos entre edades de hielo, en nuestro planeta no hubo hielo eterno ni en las latitudes más extremas, pero hoy tenemos casquetes polares y otros glaciares que revelan en qué era vivimos.

Las edades del hielo o glaciaciones experimentan en su transcurso fases más templadas y más frías. En las frías, grandes masas de hielo se extienden desde los polos, el nivel de los océanos que aportan esa agua baja sensiblemente y cae nieve a cotas más bajas.

Así que desde hace unos 11.000 años estamos en una fase interglacial de la edad del hielo Cuaternaria, en la cual nuestra especie ha prosperado después de superar años de intenso frío si habitaban en el norte o migraban hacia él.

Edades de hielo periódicas

Las edades del hielo que ha experimentado nuestro planeta, y las fases dentro de ellas, son periódicas y las gobierna sobre todo la cantidad de sol que el hemisferio norte recibe en verano. ¿Por qué el hemisferio norte? La explicación fundamental es que ese hemisferio tiene hoy más masa terrestre que el sur, de modo que los hielos pueden avanzar más en invierno y derretirse menos en verano, mientra que en sur no hay suficiente masa terrestre como para que las ligeras variaciones en la irradiación del sol tengan el mismo efecto, aunque ciertamente sus hielos también avanzan.

La cantidad de sol que recibe el hemisferio norte aumenta o disminuye debido a tres factores relacionados con el movimiento de la Tierra alrededor del sol. Primero, la órbita de nuestro planeta es, como las de todos los demás miembros del sistema solar, elíptica, pero a veces la elipse que recorre es ligeramente más alargada debido a la atracción gravitacional de los dos planetas más grandes: Júpiter y Saturno, simplificando enormemente. Cuando es más alargada, algo que ocurre cada 413.000 años, el hemisferio norte recibe menos sol.

Segundo, la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto del plano de su órbita, varía entre 22,1º y 24,5º en un ciclo que dura alrededor de 41.000 años.

En tercer lugar, el eje de rotación de nuestro planeta cambia su orientación o dirección de modo lento y continuo, provocado por la gravedad.

En conjunto, estos y otros cambios menos relevantes en el movimiento de la Tierra son conocidos como Ciclos de Milankovitch por el geofísico serbio que primero especuló sobre su significado en relación con las edades del hielo: Milutin Milanković.

Cuando se conjuntan estos ciclos y el hemisferio norte recibe menos sol, se producen las edades del hielo y, también, las fases dentro de ellas.

Hay científicos que sugieren que con la acción humana se ha alterado, incluso radicalmente, el ciclo de fases glaciales e interglaciales, que podría igual acelerar la siguiente que impedir que se produzca

Esto, por cierto, no quiere decir que el cambio climático se vaya a 'equilibrar' con la llegada de una nueva fase glacial en un futuro que puede ser de cientos o miles de años. De hecho, hay científicos que sugieren que con la acción humana se ha alterado, incluso radicalmente, el ciclo de fases glaciales e interglaciales, que podría igual acelerar la siguiente que impedir que se produzca… así que nos enfrentamos a un futuro incierto que debemos tratar de gestionar como especie.

Descubrirlas y estudiarlas

Durante gran parte de la historia, aún cuando no se conocía la explicación de los estratos de la superficie de nuestro planeta, se había observado en ciertas zonas del norte de Europa y América una peculiar acumulación de arena, grava, barro y sedimentos sin orden ni concierto, algunos de ellos claramente no pertenecientes al tipo de minerales de la zona.

Como la explicación bíblica aún no era descartada en serio por la ciencia, era común suponer que estos eran restos trasladados por el Diluvio Universal y dejados allí al retirarse las aguas. Una variación sugería que estos residuos habían llegado en glaciares flotando en las aguas que cubrieron la tierra.

No fue hasta el siglo XIX cuando el cazador Jean-Pierre Perraudin le mostró al ingeniero Ignace Venetz que las marcas en los glaciares de los valles de los Alpes habían sido producidas por otros glaciares mayores. Venetz trasladó la idea al geólogo Jean de Charpentier, quien confirmó que algunas rocas habían sido movidas por glaciares que habían estado allí después de que se formara la cordillera de los Alpes. Por su parte, el botánico Karl Friedrich Schimper había llegado a las mismas conclusiones. La idea no tuvo buena acogida salvo por un amigo de ambos, Louis Agassiz, uno de los científicos más respetados de la época, quien la halló sólida y procedió a estudiarla y a confirmarla… y que al final se llevaría el crédito por el descubrimiento de las edades del hielo antiguas, para desazón de sus amigos.

A partir de Agassiz, geólogos, climatólogos y otros especialistas fueron desarrollando la ciencia de la paleoclimatología, el estudio del pasado climatológico de nuestro planeta, reconstruyéndolo a partir del estudio de rocas, sedimentos, perforaciones en el hielo y en la tierra, placas de hielo, anillos en los árboles, corales, conchas de moluscos y fósiles grandes y pequeños.

Colmillos de un mamut de hace 23.000 años encontrados bajo el hielo en Siberia. / FRANCIS LATREILLE / AP

El estudio de este pasado climatológico y de las edades de hielo que lo marcaron permiten a la ciencia avanzar en el conocimiento del desarrollo de la vida y el aspecto de nuestro mundo. Las extinciones de especies relacionadas con las edades del hielo, como los grandes animales que desaparecieron al final de la fase glacial hace 11.000 años (mamuts y rinocerontes lanudos, el caballo salvaje en América) así como las estrategias de supervivencia de otros como los renos, los bueyes almizcleros o los bisontes, que migraron y se adaptaron a la nueva realidad, nos permiten comprender mejor la flexibilidad de la vida y las perspectivas futuras de nuestro planeta.

Pero también la adaptación del ser humano a la edad del hielo, el lenguaje, la vestimenta (que requiere la invención de la costura, la aguja y el hilo), las armas de cacería y las herramientas para aprovechar las presas cobradas nos cuentan la historia de algunas de esas extinciones que los científicos ya atribuyen a la presencia de esos primates que eventualmente se convertirían en usted y en mí.

Perforar el hielo

Una de las técnicas de la paleoclimatología son las perforaciones, sobre todo de hielo, para obtener largos núcleos en cuyo interior los científicos pueden analizar el contenido de sustancias como el dióxido de carbono en las aguas del pasado, lo que les dice cómo era el entorno, el clima e incluso la vida, con los microfósiles, pólenes y otros restos que están encerrados en el hielo desde hace milenios.