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Personal del Instituto Geológico y Minero de España y de la Unidad de Emergencias toman muestras cerca de la boca del volcán palmero. IGME
Un mes con un flujo continuo de información científica a tiempo real

Un mes con un flujo continuo de información científica a tiempo real

El despliegue tecnológico ha permitido realizar un seguimiento del proceso eruptivo que ha servido para tomar decisiones y evitar víctimas

Carmen Delia Aranda

Las Palmas de Gran Canaria

Domingo, 17 de octubre 2021, 01:00

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Desde su primer rugido el 19 de septiembre en Cabeza de Vaca, el volcán palmero ha escupido lenguas de fuego que han sepultado los sueños y medios de vida de las más de mil personas que habitaban El Pedregal, Todoque, El Pampillo, Los Campitos o El Paraíso. Simultáneamente, más de un centenar de científicos de diferentes organismos públicos de investigación, institutos y universidades generaban ríos de información en un despliegue tecnológico sin precedentes para guiar la gestión de la emergencia y acopiar datos que ayuden, en el futuro, a entender lo que se cuece bajo la corteza terrestre sobre la que reposa La Palma.

Satélites, estaciones GPS y el sistema InSar para calibrar la deformación del terreno; drones dotados de cámaras térmicas, una amplia red de sismógrafos, estaciones de medición de la calidad del aire, espectómetros para identificar sustancias químicas en gases y rocas o programas informáticos de simulación para predecir por dónde discurrirá la lava son algunos de los recursos tecnológicos empleados en la vigilancia de la erupción en Cumbre Vieja, convertida en la primera emergencia volcánica monitorizada de España.

«Este es el primer volcán de Canarias vigilado de forma permanente las 24 horas del día, también por televisión», afirma la profesora de la Universidad de La Laguna y experta en volcanismo histórico canario, Carmen Romero, quien resalta no solo el torrente de información científica que está generando el volcán, sino la cobertura mediática que está recibiendo. «Se está informando de forma bastante precisa y en directo», subraya la volcanóloga que reconoce que las nuevas tecnologías permiten a todos los canarios «vivir una erupción a tiempo real», algo que ha posibilitado vigilar de cerca el avance de las coladas y gestionar mejor la emergencia. «Ahora, la ciencia está volcada en ayudar a la gestión de la crisis», sostiene la investigadora que destaca el papel de los drones en la vigilancia del avance del flujo lávico en un terreno con una pendiente acusada que está ocupando un territorio irregular, difícilmente observable desde otros puntos.

Carmen Romero «Este es el primer volcán de Canarias vigilado de forma permanente las 24 horas del día»

Precisamente, las imágenes ofrecidas por drones y satélites son elementos que diferencian esta erupción de la submarina ocurrida en 2011 en El Hierro, resalta la directora del Instituto Geográfico Nacional en Canarias, María José Blanco.

Otro aspecto diferenciador es la mejora de los sistemas de caracterización de la actividad volcánica, que ahora facilitan a los científicos datos de los sensores sísmicos y de deformación a tiempo real, añade Blanco, portavoz del comité científico en el Pevolca. Además, el gran despliegue científico se refleja en la gestión de la crisis. «De todas las instituciones científicas ha venido bastante gente para hacer el mejor seguimiento posible», dice Blanco.

Una de ellas es la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, representada en el Pevolca por el volcanólogo Francisco Pérez Torrado. En su opinión, el seguimiento de esta erupción no presenta grandes diferencias tecnológicas con respecto al que se realizó en el volcán submarino Tagoro, pero sí un avance en relación al número de aparatos y sensores instalados para monitorizar la erupción. «Representan un salto cualitativo brutal respecto a la erupción del Teneguía. Hace 50 años no había imágenes satelitales que determinan la posición del terreno con errores milimétricos», explica. El profesor de Geología también advierte otro cambio sustancial apreciado en las reuniones del comité científico del Pevolca: «el plan de protección civil y la infraestructura para gestionar la emergencia están mucho más rodados. La de El Hierro fue una erupción submarina que no provocó daños. Aquí, gracias a las redes de sensores sísmicos se pudo anticipar la erupción y no ha habido que lamentar pérdidas humanas, aunque la erupción está provocando daños terribles», reconoce el científico que cree que la erupción del Tagoro puso el foco en la necesidad de crear planes de emergencia para coordinar a los cuerpos de seguridad y protección civil.

En este aspecto coincide plenamente el veterano volcanólogo Juan Carlos Carracedo. «La instrumentación distribuida por toda la isla y la vigilancia de los científicos ha permitido lo más importante de todo: que no haya víctimas humanas», señala el investigador retirado del CSIC que recuerda que en el Teneguía solo había una pareja de la Guardia Civil mientras que en esta erupción hay centenares de efectivos.

Además, recuerda Carracedo, el seguimiento continuado de la dinámica eruptiva permite ordenar confinamientos o evacuaciones en función del caprichoso comportamiento estromboliano del volcán. «Nuestra función principal es dar tranquilidad a la gente y la mejor información a las autoridades para que gestionen la emergencia y no haya ninguna baja humana. Eso es lo más importante. Además de tener la cabeza fría y dar lo mejor de nosotros», dice Manuel Nogales, coordinador de los efectivos desplegados en La Palma del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), una treintenta de investigadores del Instituto de Productos Naturales y Agrarios, del Instituto Geológico y Minero de España y del Instituto Español de Oceanografía, todos con base en las islas.

Quienes integran estos equipos, además de su trabajo científico, no han dudado en prestar su hombro a la población cuando ha podido. «Primero están las personas y estamos viendo sufrir a la poblacion. Somos funcionarios al servicio de la sociedad», afirma el biólogo quien confiesa que tanta destrucción no le ha dejado disfrutar de su profesión. «Hemos visto casas explotar delante de nosotros», lamenta Nogales.

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