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Maisi, en la imagen, atiende a Felizita, de 98 años, mientras habla con su hija Nora ( izq). Conchi (dcha) es como una hija más y ayuda en los ciudados. Cober

Maisi hace kilómetros para atender pacientes

La enfermera rural lleva 21 años ejerciendo en el consultorio de La Atalaya en Santa Brígida | Atiende a 34 mayores dependientes y con poca movilidad en sus domicilios

Odra Rodríguez Santana

Santa Brígida

Domingo, 11 de febrero 2024, 01:43

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Viernes, 12.00 horas. En el consultorio médico de La Atalaya, Maisi Díaz, enfermera rural, prepara las visitas del día y revisa el material sanitario que requerirá para atender a sus pacientes. Se carga la mochila a la espalda y esboza una gran sonrisa que delata su satisfacción por el trabajo que realiza desde hace 21 años, de lunes a viernes, en Santa Brígida. Su jornada laboral comenzó a las ocho de la mañana pero los mejores momentos del día están por venir, a partir del mediodía, con las atenciones domiciliarias. Su profesión le «apasiona», confiesa.

Esta enfermera rural, que ejecer por «vocación», es una de las 163 profesionales (según los últimos datos de las zonas básicas de salud de ámbito rural de la Gerencia de Atención Primaria de Gran Canaria de 2019) que están repartidas por toda isla.

La lista de visitas este día es ligera, solo cuatro usuarios de los 34 que tiene agendados últimamente. «No todos necesitan que vaya todas las semanas, algunos los veo cuando me llaman porque tienen algún problema de salud o porque voy a ponerles alguna vacuna o simplemente, paso cada seis meses a hacerle una pequeña revisión», explica.

El hándicap de los vecinos de La Atalaya son las casas aisladas, los problemas de circulación y las barreras arquitectónicas

El principal problema para los vecinos de La Atalaya es la dispersión geográfica, tan propia del entorno rural, con casas aisladas, problemas de circulación e importantes barreras arquitectónicas que les impide acercarse al consultorio, señala Maisi. Pero, también, el envejecimiento de la población. Los usuarios de la atención domiciliaria son principalmente personas mayores, por encima de los 70, con problemas de movilidad, que no se pueden valer por sí mismos y que necesitan curas, seguimiento de tratamientos, controles por analíticas, anticoagulantes o diabetes. «Como ellos no pueden acceder con facilidad a la asistencia sanitaria, enfermeras rurales como yo, recorremos diferentes zonas, varios kilómetros al día, para hacérserla llegar», resalta la profesional.

Maisi prepara a diario el material sanitario para las visitas.
Maisi prepara a diario el material sanitario para las visitas. Cober

Para sus pacientes Maisi no es una enfermera rural cualquiera. Es un miembro más de sus familias. La conocen desde hace más 20 años. Con solo escucharla hablar y observar el trato con sus pacientes, se nota que su profesión le «apasiona», apunta Maribel Guerra. Su madre Josefa Guerra es una de las usuarias de la atención domiciliaria en La Atalaya. Cumplirá 96 años el próximo 1 de abril, dependiente desde hace años y padece alzheimer y demencia.

La casa de «abuela», como le llaman, es la primera visita que realiza Maisi, que acude dos veces en semana a curarle unas heridas que tiene en talón izquierdo y costado derecho. Josefa ya no la reconoce pero su hija y yerno, Jorge González, reconocen que solo tienen palabras para elogiar su trabajo y apoyo durante todos estos años. «El trato que nos da, cómo atiende a mi madre, a todos sus pacientes. Es maravillosa», dicen. «La cercaníaco y confianza aquí es clave por su falta de movilidad y el hecho de vivir entre pequeñas callejuelas y en pendiente hace que Maisi sea nuestra única opción, porque cuando tenemos que llevarla en ambulancias es un calvario llegar hasta la carretera», comenta.

Para la segunda vísita, la tan querida enfermera rural coge las llaves de su viejo Wolswagen Polo, con el que hace años transita entre barrancos y caminos, algunos casi intransitables, que ha logrado dominar con el paso de los años. «Lugares a los que Google Maps no sabe llevarte», apostilla mientras conduce. Felizitas Krozewski, 99 años en junio, padece demencia senil severa y lleva años postrada en cama. Maisi la conoce de siempre, cuando era una mujer vital, de carácter y compartía con ella su amor por plantas y flores. «Tiene uno de los jardines más bonitos que he visto», rememora.

Josefa recibe la atención de Maisi bajo la atención de su hija Maribel y Jorge.
Josefa recibe la atención de Maisi bajo la atención de su hija Maribel y Jorge. Cober

De origen austriaco, llegó en 1956 con su padre a la isla donde conoció al que sería su marido, de origen alemán. Cuando este murió, asumió su estudio de fotografía, Cinefoto, que estaba al lado del Kilo de San Bernardo en la capital grancanaria y con el tiempo se dedicó a sus nietos y a su jardín.

«Con la edad ha ido a peor, tiene una piel muy fina, de cebolla, que se daña con frecuencia» y necesita las curas de Maisi, cuenta su hija Nora Krozewski, quien espera hace más de un año que revisen su dependencia porque su situación ha empeorado. «Esto de la vejez es muy feo y duro para todos. Gracias a Maisi seguimos adelante cuidándola. A Maisi se la quiere mucho en el pueblo; hace una labor encomiable», sentencia Nora Krozewski.

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