Canarias7
Manuel Mederos

La arista

La Makaronesia de Sergio Gil

Si el alma canaria existe, Sergio Gil es poseedor de su esencia. No hay ni una sola expresión artística con capacidad para atrapar a un ser humano en su belleza ni sus trazos. Líneas y colores, han salido del alma, de la vida íntima del artista, de lo que siente ante el mundo y ante los otros, de su experiencia, de las alegrías y de los tormentos, del pensamiento y del sentimiento. Ser canario con alma y saber expresarlo, en este caso en el lienzo y en la vida misma, constituye una sublime experiencia que contagia a quien se asoma al mundo de formas y colores inspirados en la naturaleza que nos rodea. Sergio tiene alma, la universal que lo convierte en hombre del mundo y la particular, la que nace y se hace en el hueco de la tierra en la que le ha tocado nacer y vivir. Canarias, Gáldar, la Makaronesia en su conjunto, los cardones y los dragos, constituyen un universo natural que, de la mano del artista, adquiere su máxima expresión. Formas, luz y color que crean un universo propio al que ningún canario es ajeno porque forma parte de su identidad, de la naturaleza y de la cultura que se ha construido a lo largo de los siglos y que constituye uno de los patrimonios más hermosos que provoca el orgullo sano, el de la satisfacción plena y el éxtasis en esa fusión entre naturaleza y arte.

«Esa es la pintura de Sergio Gil, un intercambio de belleza y pasión que logra transmitir desde su experiencia vital, de lo que vive y le rodea»

Para Sergio Gil las obras colgadas en una sala de exposiciones, como la que recoge la Casa Museo Antonio Padrón, no son simples trazos y colores ordenados según una técnica aprendida, racional o caprichosa, capaces de dar vida a la armonía e impresionar a los sentidos, pero incapaces de resistir la mirada profunda del espectador, de provocar una cascada de sentimientos como las que producen cada uno de los cardones que recrean un universo propio, cargado de una provocadora magia que hace viajar a los confines del deleite a quien los contempla. Ningún artista puede engañar a su público y los cardones de Sergio Gil exclaman, por sí mismos, la carga de sentimiento de lo nuestro que lleva en su interior. Contemplar las espigas apuntando al cielo, sus púas, formas insinuosas, abruptas y desafiantes recrean paisajes y momentos entrañables, que sólo pueden ser nuestros, de los que vivimos en Canarias, pero que se cuelan en los sentidos del universo. Sus colores profundos, intensos como los rojos, el añil o el negro, impropios de la naturaleza, pero que la perfecciona, la engrandece y la sublima para los sentidos. Colores ocres de la tierra y verdes de sus frutos; azules del mar y su inmensidad, del cielo y su misterio y grandeza; rojos de la sangre del combate derramada en el valle, a los pies y en las laderas de la montaña de Ajódar, monumento pétreo del desafío y la fuerza de un pueblo, el rojo del fuego y la pasión, el de las mejillas de la campesina que, a la sombra del cardón, sentada en la piedra desde la que otea el horizonte, recibe a su amante cada día para gozar del amor y la belleza en las laderas.

«En esta colección Sergio Gil nos conduce por un laberinto de impresiones»

Esa es la pintura de Sergio Gil, un intercambio de belleza y pasión que logra transmitir desde su experiencia vital, de lo que vive y le rodea, por pura provocación, arponeo en lo más profundo de su ser que logra sacar a la superficie un río de sentimientos, experiencias que nos identifican en lo particular, en lo nuestro, en nuestra historia y en lo universal, lo que nos une al resto de la humanidad. Sergio Gil es un canario intenso. Su obra está forjada en la vida misma, enrocada en la naturaleza de su tierra, en los colores de una mirada serena, vital y expresiva. Es en su identidad, en la de la tierra, donde encontramos el verdadero sentido de la obra que hoy presenta este polifacético artista, en la solidez de su rica experiencia personal, la que se ha forjado mirando al mundo de frente, la que no se conforma con pasar por la vida con los ojos clavados en la tierra, sino mirando a su alrededor, empapándose de ella y llevando al fondo de su corazón lo más valioso que ha encontrado en el camino de la vida, en la herencia de sus antepasados, ese fondo de sabiduría vital que aflora cada vez que coge el pincel o el cincel, hoy para modelar la naturaleza y presentarla como expresión y evocación de la grandeza de esta tierra.

En esta colección Sergio Gil nos conduce por un laberinto de impresiones que desentrañan las emociones que conectan con la tierra, la que se crea y recrea ante nuestros ojos, la que nos evoca y provoca la naturaleza viva, fuerte, árida de nuestras laderas. Lo que hoy nos presenta Sergio Gil es una obra técnica, intelectual y, psicológicamente, muy madura. Es la obra de un hombre que conecta con la naturaleza en la que nació, que conoce a fondo la historia que lo rodea, en la que los colores hablan de su experiencia de contacto con la tierra. Es la obra de un canario que deja brotar su experiencia y que pone toda la pasión nacida de la contemplación de una Canarias que configura nuestro ser desde las entrañas de la tierra, es la obra de su madurez vital, con la que expresa la estabilidad inconforme, rebelde y apasionada que esconde en el fondo de su alma.