¿Qué tiene de malo este escote?

La polémica generada tras el veto a mujeres que vestían poco recatadas abre el debate de si la sociedad asiste a una nueva ola de puritanismo

Rocío Mendoza
ROCÍO MENDOZA Madrid

Un escote supuso el veto a la entrada del Museo d'Orsay de París a una visitante hace unas semanas. El vigilante, cual guardián de un templo sagrado, apeló a su poco recatada forma de vestir al grito de «las normas son las normas». Debía referirse a las de su código moral, porque las del museo en cuestión no decían nada al respecto y la dirección acabó disculpándose. A este incidente, que tardó segundos en ser noticia internacional, le sucedieron unas declaraciones de un ministro francés que se mostraba a favor de que las estudiantes vistiesen de «forma republicana». Quería decir con los ombligos y piernas a buen recaudo bajo la ropa. Casi al tiempo, en Italia, una profesora del Liceo de Roma pidió a las estudiantes que no fuesen con minifalda a clase para evitar miradas inoportunas del profesorado. Este tipo de comentarios también han saltado a la actualidad en España en diversas ocasiones, a través de la denuncia de las estudiantes universitarias.

Y en las redes sociales, programadas para evitar convertirse en pozos de pornografía, cualquier imagen de un pezón, por muy artística que sea, puede ser censurada por robots bien entrenados. Aún resuena el escándalo provocado por Facebook (dueño de Instagram y Whatsapp) cuando canceló la cuenta de un usuario que publicó 'El origen del mundo', la famosa obra de Gustave Courbet que recrea en primer plano el sexo de una mujer tumbada y con las piernas relajadas y abiertas. Obra que, por cierto, expone el citado museo parisino de la polémica. Las reacciones de protesta en todos los casos nos se hacen esperar. Amplificadas y apoyadas por las redes sociales, las campañas de respuesta protagonizadas por mujeres –incluidas las activistas de Femen y sus característicos torsos desnudos– dieron la vuelta al mundo reclamar la libertad de vestir como se quiera. La idea que se reivindica con todo esto es vieja: no es problema el que enseña sino la intención de quien mira.

A vueltas con esa intención de la mirada, en España también se han abierto algunas costuras después de que el Ministerio de Igualdad haya querido incluir «las miradas lascivas» en la legislación contra las agresiones sexuales. Ante estos y otros muchos episodios resuena una pregunta inevitable: ¿Asistimos a una nueva ola de puritanismo?

«No veo novedad en este tipo de reacciones: las 'normas de la decencia' siempre han estado ahí. Se sigue juzgando a la mujer por su apariencia física»

Amparo lasén | socióloga

La respuesta no es fácil y el debate está que arde en una Europa que no acaba de encajar el estándar anglosajón (y estadounidense) del que nacen esta tradición en la que incomoda todo lo referente al sexo, por herencia judeocristiana.

La socióloga Amparo Lasén, profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, experta en género y tecnología entre otras cuestiones, se sorprende ante la pregunta. «¿Nueva ola? No estoy tan segura de que estas reacciones como la del veto a la visitante del museo de París sean una novedad. Las reticencias prutianas, las 'normas de la decencia', siempre han estado ahí», reflexiona, mientras da en el clavo con la cuestión que subyace en estas polémicas: «La cuestión es que a las mujeres se nos sigue juzgando por nuestra apariencia física y por el interés sexual que puedan o no despertar». Un hecho que la sociedad, a todas luces, no ha superado.

«Yo sí creo que la sociedad es ahora más puritana, más aburrida quizá, y sobre todo pone continuamente en juicio todo. ¡Estamos rodeados de jueces inquisitoriales! Creemos que toda opinión amplificada en las redes sociales es válida», lamenta por su parte José Luis Díez-Garde, presidente de la asociación de Amigos del Museo del Traje, experto en la historia de la Moda y su evolución a lo largo de las distintas etapas sociales.

En Francia, no tanto en España, el movimiento #Metoo ha tenido una fuerte reacción a la contra de mujeres que tachan de «puritanas» las intenciones feministas a la hora de denunciar los comportamientos que consideran acoso sexual. No para todo el mundo la línea está tan clara. A esta controversia se debe que ahora la palabra 'neopuritanismo' está en boca de todos, según apunta Lasén.

«La verdadera conquista sería que el objeto último en el vestir no sea seducir. ¿Se es más libre por enseñar más?»

José luis díez-Garde | amigos del museo del traje

Sobre si debe molestar o no un escote, la citada experta cree que el problema es la «sobresignificación de lo físico» para la mujer, más que si molesta lo relativo a la sexualidad. «Hay una cierta ambivalencia por parte de la sociedad con respecto a esto . Se habla más de ello con naturalidad en muchos ámbitos, pero a la primera una puede ser lapidada en las redes sociales por exhibirse de más. Cierto es que no estamos en los años 40, pero no lo hemos superado del todo».

Y tanto. El debate de si un escote era demasiado o pronunciado o no llenó páginas de opinión hace ahora casi 40 años cuando en 1981 Diana de Gales hizo su primera aparición pública ataviada con un mítico vestido negro palabra de honor «demasiado escotado», por el que fue criticada hasta la saciedad. El exceso o lo distinto no deja lugar a la indiferencia. Los autores de aquel vestido, los diseñadores David y Elizabeth Emanuel fueron los primeros responsables de que, con el tiempo, Lady Di se convirtiese en el icono de la moda que llegó a ser.

Precisamente la moda ha estado siempre ligada a las conquistas femeninas. Lo que evidencia que también la mujer ha tenido que tirar de aspecto físico para reivindicarse. Díez-Garde se pregunta al respecto si se es más libre por enseñar más. «El cuerpo está ahora más admitido que nunca. Las influencer como Kim Kardashian lo ponen de manifiesto. Otra cosa es que esto también sea un modo de esclavitud: el tener que mostrarse constantemente, y además con un determinado patrón de belleza. En cualquier caso la verdadera conquista debe ser a la hora de vestirse hacerlo no para gustar, sino para gustarte, que el fin último no sea la seducción», opina el experto en Moda, quien reconoce la contradicción de que aún hoy moleste la visión del cuerpo. «Debería estar superado: Madonna ya salió en los 80 con el corsé de Jean-Paul Gaultier, al que le dio carácter de arma; o Kate Moss en el 93, con el icónico vestido transparente en la fiesta de Elite», añade. Pero no parece que lo esté.

«Se está ensayando un nuevo sexy para la era post #MeToo; el erotismo tendrá que verse en gestos más sutiles»

n. Luis | vogue

Por ahora, los tiempos –además del clima– imponen cuello alto y falda larga. Una de las tendencias del otoño, explica Nuria Luis en la revista Vogue, es el 'slinky dress', un vestido de columna, ajustado al cuerpo de cuello y alto y hasta los tobillos, que ciñe la silueta. Las apuestas «se inclinan hacia una vertiente más recatada y de corte más pudoroso», explica la citada publicación, que también recuerda que diseñadores como Alessandro Michele (Gucci) están ensayando «un nuevo sexy compatible con la era post #Metoo». Dicen que «quien quiera ver erotismo tendrá que buscarlo en gestos más sutiles». Para el citado experto en Moda, esto no es del todo recato porque se sigue reivindicando el cuerpo de otro modo, marcándolo. «No es como en cuando Balenciaga crea la 'silueta barril' que sería más tarde replicada en los 70 por los diseñadores japoneses», valora. Como contrapartida, se llevan el 'top crop' que deja la tripa al aire y las bermudas muy cortas. De nuevo un sí pero no. Muy acorde con la paradoja que vivimos.

Cambios de armario en la Historia

  • El entierro del corsé. Durante el siglo XIX los corsés se apretaban cada vez más para que toda mujer mostrara la codiciada cintura de avispa (no más de 58 cm) aun a riesgo de enfermar. Fue el modisto francés Paul Poiret quien 'enterró' la prenda para crear el 'corte imperio' en 1909. Subió el talle hasta debajo del busto para dejar caer la tela suelta y así dar fluidez a la silueta.

  • Las primeras 'working girls'. En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y las mujeres ocupan los trabajos de los hombres que luchaban en el frente. El aspecto se adapta a la comodidad para trabajar: se cortan el pelo y usan faldas y vestidos algo más cortos que le den libertad de movimiento. El traje de chaqueta con largo al tobillo era el atuendo más común en un entorno de austeridad.

  • Las 'flapper' liberadas de los 20. Terminada la guerra, llegó el desenfreno. Las 'flapper' iniciaron un movimiento de libertad y rebeldía: fumaban, bebían, se divertían por la noche y reivindicaban el amor casual. Las espaldas al aire, las faldas cortas, los flecos y los brillos destacaron en la década de Coco Chanel, la modista que apostó por la comodidad y la elegancia por encima de todo.

  • El primer bikini prohibido. El ingeniero Louis Réard creó el primer bikini tras observar que las mujeres se subían los dobladillos de sus trajes de baño para broncearse mejor. Era la primera vez que una prenda dejaba el ombligo al aire y por ello la Iglesia lo condenó y muchos países, incluido España, lo vetaron. Diez años más tarde, en los 60, fue símbolo de emancipación femenina.

  • La liberación sexual vestía minifalda y vaqueros. Solo contaba con 34 centímetros de alto. Así era la minifalda con la que revolucionó el mercado Mary Quant, como reacción al recato imperante en la anterior década de los 50. También los vaqueros salieron del ámbito de estrictamente laboral para ceñir las caderas de la mujer. Marilyn Monroe los popularizó.

  • Hombreras para la mujer empoderada. Yves Saint Laurent fue el primero en avanzar el estilo de los 80, dos décadas antes, al crear el 'smoking' para ellas. Hombreras, chaquetas y líneas rectas marcaron la época de la conquista del mercado laboral y de puestos de responsabilidad. En la actualidad la tendencia más destacada es el triunfo del unisex, de una moda en la que el género se diluye.