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¿Por qué nos entusiasma la estética de la América de los 50?

¿Por qué nos entusiasma la estética de la América de los 50?

Se impuso el 'american way of life' e importamos el gusto por los cocktail-bar, los viejos descapotables...

Martes, 23 de marzo 2021, 23:00

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Lo llaman americanización y quieren decir aculturización masiva y subrepticia. Sutilmente, agazapada en la oscuridad del cine, mientras devorábamos palomitas, Hollywood nos ha inculcado los valores preponderantes de Estados Unidos. Un modo de vida, una estética incluso, simbolizada en los años 50, que marcan el cénit de esa propaganda. «Entre la Segunda Guerra Mundial y la irrupción de la Guerra de Vietnam, en pleno auge del consumo, los estadounidenses experimentan la sensación de la paz social y esa idealización la han difundido a través de sus películas, arquitectura o moda», explica Mariano Urraco, profesor de Sociología de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA).

La nostalgia se nos ha quedado prendida como el recuerdo de un paraíso perdido. «No todo era tan amable y limpio, pero el imaginario de los cincuenta, con Elvis, la jukebox y los ecos de 'Grease', se nos ha colado en el cerebro e impulsado la nostalgia 'vintage' por aquellos tiempos supuestamente mejores».

El éxito también tiene raíces políticas. Ante la agresión nazi, los Estados Unidos se convierten en el salvador de Europa y desplazan a Alemania como potencia espiritual y culmen de la civilización occidental. «Su brillo llega a un continente lleno de miseria, ratas y enfermedades», coincide el también sociólogo Pedro Mansilla. «Fue un esfuerzo no gratuito y difundió un capitalismo 'socialista', con conciencia social, derivado de las medidas emprendidas para luchar contra la Gran Depresión». Era un país que se vendía fresco, moderno y rico, en medio de la ruina generalizada. Y los precursores fueron los soldados americanos que participaron en la liberación de las fuerzas del Eje. «Nos enamoramos del Capitán Trueno, un idilio con diversas manifestaciones, algunas de las cuales han perdurado. Setenta años después, analizamos la huella que nos ha dejado esa América de los 50 en la cultura y la estética, en nuestros ritmos favoritos, la manera de vestir y entender la elegancia e, incluso, en el paladar.

Coches

Un viejo descapotable con asientos de piel

Un descapotable de luna panorámica, tapizado en piel y provisto de neumáticos de banda blanca. No solía ser la aspiración del español medio en los 50, inmerso en la autarquía económica, en un mundo de escasez y pocas oportunidades. Pero ese mundo aspiracional nos llegaba a través del cine y la televisión y ha habido quien, con dinero, ha podido materializar el sueño. «El mundo de los coches estadounidenses es caro, un ambiente de coleccionistas con muchos recursos», advierte José Martínez, responsable de compras internacionales de JJDeluxeGarage, empresa de venta y restauración de vehículos clásicos radicada en Ibi (Alicante). «No se conforman con uno, se convierte en un vicio».

El Cadillac Eldorado, el Pontiac Bonneville, el Chevrolet Bel Air y el Chrysler 300, se encuentran entre los más solicitados. El precio varía. «Puedes comprar uno por unos 900 euros completamente destrozado y, a partir de ahí, te gastas lo que quieras», apunta, y señala que el desembolso oscila en función del modelo, la serie, el año de fabricación, «y, especialmente, que mantenga el mayor número de piezas originales».

Quienes los compran, continúa el experto, «no son amantes específicos de los coches, sino de la época». La pasión por estos viejos vehículos mueve un mundo de ferias y subasta y se han hecho hueco en la televisión, con programas de restauración de coches. Más que en España, hay pasión en Alemania, Holanda o los países escandinavos, donde hubo un 'boom' tras la Segunda Guerra Mundial y desde entonces en muchos graneros se guardan viejas reliquias que sus dueños muestran orgullosos en las habituales concentraciones veraniegas de coches.

Música

Peregrinación a Memphis: «Todo el mundo ha estado o sueña con ir»

La nueva ola ochentera alentó numerosas tribus urbanas y musicales. Había góticos, nuevos románticos y otros que se remontaban a los 50 para dotarse de señas de identidad. La banda de referencia eran los Stray Cats, una curiosa mixtura entre modernidad estética y tradición sonora.

Juan Carlos Esteban es el líder de los 'Widow Makers', un combo madrileño que remite a aquella década, cuando florecía el blues y el rhytm and blues, el country y el western swing; a los años que vieron nacer el rock, el rockabilly y el doo wop. «Ahora la escena es más rigurosa, los cantantes son más puristas y no llevan patillas grandes». Acaban de publicar 'Uppercut', su último disco, acompañados de una Big Band –lo presentan en el Teatro Muñoz Seca el 8 de abril– y en él también reivindican ese periodo tan fructífero, cuando Estados Unidos se convirtió en el crisol donde la música se renovó. «Todo el pop procede de esa cuna», asegura Esteban, cuyo apego a ese tiempo no se limita a esa riqueza de compases: «También me fascinaba la estética», confiesa y recuerda el impacto que le produjo la película 'American Graffiti', homenaje visual a aquella etapa. «Al día siguiente ya quería usar tupé y vestir camisa blanca». Como otros seguidores de las canciones de Buddy Holly o Jerry Lee Lewis, su formación debe mucho a 'Flor de pasión', el mítico programa musical de Juan de Pablos.

El rockabilly español cuenta hoy con grandes solistas, como Al Dual, considerado el mejor de mundo en su género, Marcos Sendarrubias o la banda Rocky Dados. Además, el circuito profesional incluye citas fundamentales como el Rockin'Race Jamboree de Málaga o el Screamin Festival de Calella. «Pero falta renovación generacional. No suelen acudir espectadores menores de 35 años», lamenta. Los rockeros de espíritu mantienen, en cualquier caso, además de su fe, el característico 'look' y el apego a tradiciones inveteradas. «La peregrinación a Memphis es fundamental. Todo el mundo ha estado o sueña con ir».

Bares y cafés

El coktail-bar: «Póngame un 'Old fashioned', por favor»

El personaje se acomoda y pide un whisky, o el camarero, que lo conoce por ser un cliente habitual, cruza algún comentario sobre la tranquilidad de la noche y le sirve lo de costumbre. Entonces, gira la cabeza, la ve al final de la barra y sus miradas se cruzan. La acción sucede en blanco y negro, en una atmósfera de penumbra y humo. El género policiaco es deudor del cocktail-bar, otro escenario que asociamos a esa América de los años 50. Y su fascinación favoreció la exportación del modelo por todo el mundo. El madrileño 'Harvey's ha asumido sus señas de identidad con algunas adaptaciones al presente. «Los cócteles han experimentado una pequeña revisión porque los originales eran tragos cortos de 160 mililitros con alcohol destilado muy potente. Ahora son más equilibrados», explica Eduardo Gutiérrez, su propietario.

La pantalla nos ha vendido clubes sofisticados y otros más sencillos y que llaman al bullicio adolescente. El 'diner', de luz blanca y colores abigarrados, supone el precedente de las hamburgueserías estandarizadas. El emprendedor madrileño, que vivió en Nueva York, posee también 'In dreams', un local con semejanzas con ese concepto. El 'cocktail bar', en cambio, reclama sosiego y cierta madurez. «Aquí la regulación de la luz es muy importante para mantener el mismo ambiente durante todo el día».

Las bancadas en forma de u, los taburetes fijados al suelo o las cortinas de terciopelo proporcionan esa sofisticación añeja, revitalizada por el impacto de 'Mad men' y otra series ambientadas en la época. «Fue todo un 'boom'. Supuso el resurgimiento del cóctel clásico y la elegancia en el vestir», señala Gutiérrez y destaca que algunos de los combinados que solicitaban los publicistas protagonistas, caso del 'Old fashioned' y el 'Grasshopper', se han vuelto a poner de moda. El barman mantiene las recetas tradicionales y ha añadido nuevas. «La tendencia actual privilegia la sencillez, que no haya más de siete ingredientes para que no se tape el principal».

Moda

Barras de labios, medias de nylon y jean

El 'chic' americano llegó a Europa con 'Vacaciones en Roma', otra cinta emblemática, y Audrey Hepburn como embajadora de facto. Fue un proceso de ida y vuelta, como el que llevó a cabo la actriz, porque se nutría de la revolución de la moda que había generado el nuevo 'look' impuesto por Christian Dior. El cine contribuyó, una vez más, a difundir valores y una determinada estética. «El festival de San Sebastián y los estrenos en la Gran Vía madrileña nos acercaron sus estrellas y no extrañaba ver a Ava Gardner o Frank Sinatra en 'Chicote' o 'Jockey'», indica Pedro Mansilla, sociólogo y experto en moda. «El 'american way of life' se impuso en el inconsciente colectivo».

Las maneras sofisticadas de Grace Kelly, Katherine Hepburn, Rita Hayworth y Marilyn Monroe incitaron a ir al cine y copiar hábitos como el uso de la barra de labios, las medias de nylon, los jeans, la falda tulipán por encima de la rodilla y la chaqueta femenina de cuatro bolsillos que había creado Coco Chanel y los diseñadores estadounidenses habían redescubierto. «Ellos salvaron la alta costura», alega el experto. El smoking también se convirtió en un signo de distinción masculina, según los criterios llegados desde el otro lado del Atlántico, y se impusieron sus estrategias comerciales. «El Corte Inglés es una traslación de los grandes almacenes americanos».

La izquierda respondió a partir de los 60 con una estética que rechazaba la corbata, el perfume y las bebidas de cola. Esa crisis de la cultura oficial también alcanzó a Hollywood, que comenzó a difundir películas más críticas. Pero algunas imágenes permanecían inalterables en la retina del espectador y siguen ahí: la pizpireta Doris Day, la felicidad de la vida cotidiana en cocinas inmensas con isla central, Porsche en el garaje y piscina. «Ese modelo puede regresar en cualquier día. Sólo hace falta que Anne Wintour le dedique una portada a Audrey y resucite a Givenchy».

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