Mikel Casal

Es tiempo de caminar

El arte de deambular, con o sin rumbo, va más allá del mero ejercicio cardiosaludable; las mentes más célebres de la Historia han cultivado esta práctica como un bálsamo espiritual

Rocío Mendoza
ROCÍO MENDOZA Madrid

Caminar no es un deporte. No hay método, entrenamiento o competición. Olvidemos por un momento el vicio de calcular pasos y restar calorías a la suma de los kilómetros 'consumidos'. También obviemos la manida lista de beneficios para la salud. Pensemos en caminar como la práctica de lo más básico, de un acto que nos conecta con la esencia humana (el bipedismo) y que no requiere de nada superfluo. Solo un pie delante de otro. Solo dos piernas. Ahora que las puertas de las casas empiezan a abrirse tras una larga cuarentena provocada por la pandemia del Covid-19, recuperar el arte de caminar se impone. La 'nueva normalidad' que veta concentraciones en espacios cerrados deja poco margen al ocio. El paseo, así, será el mejor bálsamo para el cuerpo pero también, más necesario ahora que nunca, para el espíritu. Intelectuales, filósofos y aventureros han recopilado en ensayos, algunos históricos ahora de moda, qué les aporta el andar. Una actividad, que en su simpleza, ha cautivado a las mentes más célebres de la Historia.

LIBERTAD

Una pausa de las obligaciones

Es una paradoja, pero caminar supone un descanso. O más bien, un descanso liberador. Cuando se sale a caminar se disfruta de un paréntesis de las obligaciones familiares y de las servidumbres laborales. Hay movimiento, pero también se para todo lo demás. Ya sean treinta minutos o una hora, es un tiempo en el que uno está centrado en sí mismo. El editor y aventurero noruego Erling Kagge recuerda en su ensayo 'Caminar' que esta actividad procura una sensación de libertad que no aporta ninguna otra. Tanto es así que la ve como un acto de rebeldía. «Muchos aspectos de nuestra existencia se centran en ir de prisa. Caminar es lento. Por eso es uno de los actos más radicales que puedas realizar», escribe. El profesor Frederic Gros, en su aclamada obra 'Andar, una filosofía', destaca que cuando se camina no se hace otra cosa más que eso, caminar. Reflexiona en torno a una sociedad que nos exige estar haciendo siempre algo: deportes extremos, veladas caras, noches azarosas, vacaciones costosas… «Caminar permite recuperar el puro sentimiento de ser, redescubrir la simple alegría de existir», proclama. Y lo más importante, ahora que la sociedad tiene hasta que adaptarse a un horario para salir de casa, andar sin más es una forma de plantar cara a las imposiciones. Y eso mismo dice Karl Gottlob en su obra 'El arte de pasear': « Yo mismo elijo mi recorrido, mi ritmo, mis representaciones. Una vez fuera, el cuerpo va a su ritmo, y la mente se siente libre, disponible». Aunque la ensoñación dure una horas y el radio de acción sea de un kilómetro, nada insufla más sensación de haber recuperado parte de la libertad perdida que la conquista del exterior.

SOLEDAD

Fluir de pensamientos en silencio

¿Cuál es la mejor forma de caminar? Más que en soledad, los aficionados ven más importante hacerlo en silencio. Es importante recuperar el espacio personal perdido durante la prohibición de salir de casa durante semanas. «Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos», describe como necesidad el citado editor noruego. Gros, por su parte, cree que la soledad absoluta no es necesaria. «Con dos o tres acompañantes se puede caminar», pero eso sí, sin hablar. Para el primero, lo importante es el discurrir de los pensamientos, cuando se camina en silencio. Dice experimentar una cierta sensación de caos en su mente cuando sale que torna en orden cuando termina. Para Gros, en cambio, lo importante es estar atento al entorno. «Todo nos habla, nos saluda, llama nuestra atención», adiverte.

TERAPIA

Senderos de bienestar

Cuentan que solo en sus largas caminatas encontró alivio de sus terribles migrañas el filósofo alemán Frederich Nietzsche. Tanto es así que solo trabajaba andando. Hasta ocho horas llegó a dedicar a esta tarea. Luego escribía lo que había pasado por su cabeza en sus escapadas. «El pie es un testigo excelente, quizá el más fiable», defendía el atormentado andarín. Existe consenso científico sobre la capacidad de aportar bienestar que tiene el marchar. La memoria mejora, la presión sanguínea se reduce, se enferma menos… En Japón, en 1982, se puso de moda la práctica denominada 'baños de bosque', una terapia para calmarse, y aún hoy se siguen construyendo lo que llaman los 'senderos terapéuticos'. De cualquier modo, el americano Henri David Thoreau, considerado el autor del primer tratado filosófico sobre el caminar ('Walking'), ya lo decía 150 años antes: «Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar cuatro horas diarias a deambular por bosques, colinas y praderas libre de toda atadura». Solo con mover las piernas con regularidad las endorfinas hacen acto de presencia, el estrés afloja los músculos y se ven las preocupaciones con y a distancia.

CREATIVIDAD

Las piernas, el motor de las ideas

«Denme el limpio cielo azul sobre la cabeza, el verde pasto bajo los pies, un camino sinuoso ante mí y tres horas de marcha hasta la cena… y entonces: ¡a pensar!». Con estas frase resumía William Hazlitt, en su ensayo 'Caminar', lo que ha significado para muchas celebridades el hecho de dedicar un tiempo a vagabundear y dejar la mente fluir. Para este escritor, andar era una acto animal, una forma primitiva de desplazarse que llevó a nuestros ancestros a salir de África y colonizar el mundo. Pero también la defiende como una de las actividades más luminosas y creativas. Charles Darwin tenía su propio sendero para reflexionar por el que pasaba dos veces al día. Kierkegaard era, al igual que Sócrates, un filósofo de la calle y sus más agudos pensamientos aparecían al caminar. El físico Albert Einstein se perdía a pie por los bosques de Princeton cuando se le atascaban las ideas y Steve Jobs iba de paseo con sus colegas siempre que había que llevar una idea más lejos. «Nadie dice que se vaya a convertir en el nuevo Steve Jobs a base de caminar», recuerda con sorna Kagge, pero la experiencia de siglos demuestra que favorece la aparición de puntos de vista renovados y soluciones distintas.

CONCIENCIA

Mismo barrio, mirada nueva

Fue el poeta William Wordsworth quien en el siglo XIX defendió por primera vez (antes estaba algo propio de maleantes) el deambular de forma contemplativa. En tiempos de privación, de enclaustramiento, la posibilidad repentina de poder volver a salir a andar nos invita a hacerlo de otro modo: sin prisa y con más atención. Otros dos bienes que escasean. «Habría que concederse ese lujo inédito y fácil de pasear por el barrio con paso incierto, recorrerlo porque sí, levantar la mirada y hacerlo despacio. Entonces ocurre el prodigio: el mero hecho de caminar, sin correr, sin ponerse un objetivo, permite sentir la ciudad tal y como la percibe quien la ve por primera vez», aconseja Gros. Se trata de disfrutar con los detalles y percibir los pequeños cambios del paisaje (en un árbol o en los rostros), en un corto «viaje iniciático al interior» que te reconcilia con el exterior.