365 días de 24 horas. ¿Por qué medimos así el tiempo?

Los egipcios fueron los primeros en diseñar un calendario similar al que utilizamos actualmente

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Todo empezó mirando al cielo. Y desde entonces no hemos parado de hablar del tiempo. Tanto es así que este es el segundo sustantivo más empleado en castellano a nivel escrito, según el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), superado únicamente por la palabra 'años', que curiosamente también denota temporalidad. Puede que lo citemos tanto porque, al fin y al cabo, es la medida de nuestra vida. Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren a lo largo del tiempo. De ahí nuestro empeño en medirlo.

Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… Todos estos conceptos nos permiten organizar y definir nuestras sociedades y rutinas. Derivan, además, de cuestiones históricas, sociales y religiosas, más que físicas, pero ¿cuál es su origen?

«Todo surge de la percepción del ser humano del transcurso de los días a través de cómo se mueven los elementos en el cielo, especialmente el sol y la luna», explica Elisa de Castro Rubio, doctora en Ciencias Físicas y catedrática de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Por eso es tan difícil saber con exactitud cuándo la humanidad comenzó a medir el tiempo.

Lo que está claro es que ha sido observando el firmamento como hemos determinado las duraciones más básicas. El año es el período que tarda la Tierra en completar una órbita alrededor del sol; el mes, el lapso que tarda la luna en girar alrededor de nuestro planeta; la semana responde a la duración de dos fases de luna; y el día es lo que la Tierra tarda, aproximadamente, en rotar sobre su propio eje.

Entre las escasas referencias que tenemos de los orígenes de la medición del tiempo, tal como lo hacemos actualmente, destacan dos. «Se sabe que sobre el año 3.000 a. C. en China había alguna forma de contabilizarlo y que en el 1.500 a. C. los egipcios utilizaban los relojes de sol», declara Pablo M. Orduna, profesor de Historia Moderna del Grado de Humanidades de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Fue en Egipto, precisamente, donde el día y la noche se dividieron en doce partes, respectivamente –origen de la partición del día en 24 horas–, pero por aquel entonces la duración de estos intervalos fluctuaba a lo largo del año. La definición de las 24 horas fue posterior y toma de referencia la duración del día solar medio, que es el tiempo que tarda el sol en pasar dos veces consecutivas por el meridiano de un lugar.

La superstición «año bisiesto, año siniestro' procede de la época romana, pues febrero era el mes de los muertos

Que los egipcios empleasen el número doce para dividir su día no fue casualidad. Lo hicieron porque su sistema de contabilidad era el sexagesimal, que heredaron de la civilización sumeria. Era un sistema tan práctico que incluso los romanos, que basaban sus cálculos en el sistema decimal, lo mantuvieron. Por eso nosotros medimos el tiempo, los ángulos y las coordenadas geográficas así. «El motivo es que el 60 es el número más pequeño divisible por 1,2, 3, 4, 5 y 6. Además de por 10 ,12, 15, 20, 30 y 60», explica el doctor en Física de partículas y divulgador científico Javier Santaolalla,

Aún así, la subdivisión en 60 minutos y 60 segundos no se hizo efectiva hasta la aparición de los relojes mecánicos en el siglo XIV. Destaca, además, el hecho de que la medida temporal más pequeña de los egipcios no era el segundo, sino el parpadeo.

El inicio del día también ha evolucionado. Para los egipcios empezaba al amanecer, mientras que para otras civilizaciones se producía al anochecer o cuando el sol estaba en el punto más álgido sobre el horizonte (mediodía). No fue hasta el 1 de enero de 1925 cuando se adoptó el denominado 'horario universal' y los días empezaron a contarse desde la medianoche.

El calendario

La referencia más próxima que tenemos de un calendario también procede de Egipto, donde se creó el calendario sotíaco. El almanaque se dividía en tres estaciones de cuatro meses, con 30 días cada uno, dando un total de 360 días. Al comprobar que el tiempo se desajustaba, posteriormente añadieron cinco días festivos extras y el total de días anual aumentó a 365, como actualmente. La principal diferencia es que no tenían años bisiestos y que la añada comenzaba en lo que hoy sería julio, coincidiendo con la crecida del Nilo.

Este era un calendario solar, pero otras culturas organizaron su tiempo en torno a ciclos lunares completos (de luna llena a luna llena), como los celtas, los judíos y los musulmanes. En este caso, los meses duraban 29 días, 12 horas y 44 minutos y el conjunto del año tenía once días menos que el año solar. Para corregir el desfase, unos añadieron días a capricho y otros crearon un híbrido: el calendario mixto (lunar-solar). «Entre estos últimos estaban los vascos, que en abril metían el 'zozomikate', o tiempo del mirlo, para corregir el error», expresa Orduna. Asimismo, antiguamente era bastante común utilizar más de un calendario. Y los mayas, por ejemplo, tenían hasta nueve.

El origen de los años bisiestos se remonta a la época romana, cuando Julio César tuvo la idea de diseñar un calendario con reglas fijas. Hasta entonces las estaciones comenzaban cada año en un día distinto y la semana no existía. Nació así el calendario juliano, que comenzaba en marzo, y también la superstición 'año bisiesto, año siniestro', que hunde sus raíces en que febrero era el mes de los muertos en esta cultura. De hecho, el mes debe su nombre a las fiestas de expiación religiosa romanas, llamadas 'februa'. Por su parte, julio fue bautizado en honor a Julio César y agosto como su sucesor, César Augusto.

Dado que el calendario juliano producía un error de un día cada 128 años, mucho más tarde este fue reformado por el Papa Gregorio XIII, que instauró el calendario gregoriano. Para ello, eliminó alegremente diez días de la Historia, haciendo que al jueves 4 de octubre de 1582 le sucediera el viernes 15 de octubre y no el 5. También diseñó las semanas de siete días, consolidó el 29 de febrero como un día en sí mismo y determinó que solo serían bisiestos aquellos años cuyas dos últimas cifras fueran divisibles entre 4 y los terminados en 00 únicamente si eran divisibles entre 400.

Cambio de hora y husos

En la actualidad, este es el calendario más utilizado en todo el mundo y el más preciso, pero cada año se desajusta 26 segundos. Por eso, dentro de 3.300 años tendremos que añadir un día extra para ajustarlo. Otros calendarios existentes son: el chino o el persa.

Seguimos avanzando... Mirar el movimiento de los cuerpos celestes no era un método exacto, pero sirvió hasta la invención de los modernos relojes atómicos en 1955. La definición estándar de tiempo actual se basa en la vibración de los átomos de cesio. Tal es la precisión de este reloj que se calcula que solo acumula un error de un segundo cada 100 millones de años. Solo ha sido superado en exactitud por el moderno reloj de lógica cuántica, desarrollado por el físico Chin-wen Chou, que es 100.000 veces más exacto que el estándar internacional existente y solo pierde un segundo cada 3.400 millones de años.

En el siglo XX también se introdujo el cambio de hora, que se realiza dos veces al año. «Se hizo por cuestiones de ahorro energético», destaca la catedrática De Castro, aunque varios estudios han concluido que el cambio tiene más perjuicios en los ciclos vitales del ser humano que beneficios de ahorro de energía y el debate sigue abierto.

Los husos horarios son anteriores. Los propuso Sir Sandford Fleming, ingeniero de ferrocarriles, en 1870, pero no se admitieron hasta 14 años más tarde, cuando los países se pusieron de acuerdo en el marco de la 'Conferencia del Meridiano'. De esta forma, se dividió el globo en 24 franjas y se estableció el meridiano de Greenwich como punto de partida. A pesar de que se concibieron como líneas rectas, muchos países no utilizan la hora del huso que les corresponde. China, por ejemplo, es tan grande que abarca tres husos, pero todo su territorio tiene la misma hora; mientras que España tiene una hora más de la que le correspondería.

CURIOSIDADES

Antes y después de Cristo

2020 después de Cristo. Ese es el año actual, pero la definición antes y después de Cristo (a.C. y d.C.) no se inventó hasta el siglo VI y no se aceptó de manera general en Europa hasta el siglo XI. Se la debemos al monje Dionisio 'el exiguo', que elaboró una cronología fijando el nacimiento de Jesús en el año 753 ad urbe condita (o año 753 desde la fundación de Roma). Hoy en día, los historiadores prefieren utilizar las siglas A.E.C. y D.E.C. (antes y después de la era común, respectivamente), por respeto a la diversidad cultural del mundo.

El minuto y el segundo

La subdivisión de las horas en partes más pequeñas se rescató de un trabajo del astrónomo Ptolomeo. Él diseñó dos niveles de subdivisión de 60 intervalos: el «partes minutiae primae» (partes primeras pequeñas) y el «partes minutiae secundae» (partes segundas pequeñas). De ahí proceden las palabras 'minuto' y 'segundo' de nuestro vocabulario actual.

De domingo a 'Sunday'

Cuando el Papa Gregorio XIII nombró los días de la semana lo hizo inspirándose en la Biblia. Por ejemplo, 'domingo' proviene del latín 'dominus' y se refiere al día del Señor. Algunos pueblos no lo aceptaron y buscaron sus propios nombres inspirados en el cielo. Sunday, en inglés, significa 'día del sol' e 'igandea', en euskera, es 'día de la luna llena'.

Viajes en el tiempo

Volver al pasado, viajar al futuro. Las películas y los libros siempre nos han hecho soñar con la posibilidad de manipular el tiempo. Se nota que nos divierte fantasear con ello porque los títulos son numerosos: 'Terminator' (1984), 'Regreso al futuro' (1985), 'Atrapado en el tiempo' (1993), 'Cuestión de tiempo' (2013). Ha habido, incluso, alguno que ha intentado crear una máquina del tiempo real, pero actualmente todos estos escenarios son científica y tecnológicamente imposibles. Eso sí, teóricamente, utilizando el fenómeno de la dilatación temporal que describe la teoría de la relatividad de Einstein se podría viajar al futuro, tal como explica Gustavo E. Romero en su libro 'La naturaleza del tiempo'.