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Burgos, a la entrada del quirófano donde fue intervenida, junto a los especialistas Javier Bustamante (izquierda) y Andrés Valdivielso. Jordi Alemany
El trasplante de Nerea

El trasplante de Nerea

Una paciente y sus médicos reconstruyen la cirugía que la salvó

Sábado, 26 de febrero 2022

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A las puertas del quirófano, Nerea Burgos Valle, vizcaína de 46 años, sigue riéndose de todo. Fernando se desespera. «Bueno, si no salgo de la operación, tú búscate una que, al menos, te cocine las tres o cuatro cosas que más te gustan, ja, ja, ja», bromea ella. Con el carácter de su marido no encaja un humor tan negro en un momento tan tenso. En los últimos quince días, la estabilidad familiar se ha quebrado de manera repentina. Para ella, se ha hecho necesario un trasplante de hígado casi inminente.Está en juego su vida. Para él, no es momento de chistes. La operación comienza dentro de una hora.

28 de junio de 2021. Son las siete de la tarde. Nerea se siente «muy tranquila» porque sabe, según dice, que no puede morirse. «Tengo una hija de 20 años, Naia, que estudia Educación Infantil, y un niño de 11, Eneko. Los dos me necesitan. ¡Cómo voy a irme ahora y dejarles solos! No entra dentro de mis planes», explica. Su marido calla. No lo dice, pero está muy preocupado.

  1. «Me desmayé»

El de su esposa es uno de esos casos raros de deterioro hepático. El 40%de las intervenciones de trasplante se relacionan con el consumo de alcohol, según explica el jefe clínico de la Unidad de Cirugía Hepática del Hospital de Cruces, Javier Bustamante. Tradicionalmente, otro volumen importante de pacientes lo formaban los infectados por hepatitis B y C, que cada vez son menos. Están aumentando, en cambio, los casos ligados a la acumulación de grasa en el hígado por malos hábitos de vida (obesidad, colesterol, diabetes...) y los provocados por el cáncer. Son menos los que se deben a enfermedades metabólicas o fallos fulminantes del órgano por un efecto tóxico o el consumo de determinadas setas.

Nerea no es una mujer de excesos, ni con la comida, ni mucho menos con la bebida. En general, se cuida. Le gusta caminar, especialmente con su perro Chuy, «un border collie precioso» que le acompaña en sus largas caminatas. Hace unas semanas, un domingo por la noche, se levantó de la cama para ir al baño y se desmayó. «No recuerdo bien qué sucedió, me despertó mi marido...» Era su hígado, que le alertó de que ya no podía más.

De su médico de cabecera fue enviada rápidamente al Hospital de Galdakao, donde la sometieron a todo tipo de pruebas y vieron lo que había. La derivaron al de Cruces, centro de referencia en Euskadi para trasplante hepático. Esta es la segunda vez que hace la maleta para ser intervenida. «Fue un agobio, porque al coger el teléfono se me cayó al suelo y se rompió. No sé cómo, con una aguja, logré desbloquearlo, copié el número y llamé desde el teléfono de casa. ¡Yaquí estoy!». Se siente en buenas manos. Dirige su operación el especialista Andrés Valdivieso, jefe quirúrgico de la Unidad de Cirugía Hepática, un servicio que este febrero ha cumplido 26 años y más de 1.600 intervenciones.

  1. La sombra de la pandemia

La pandemia ha mermado irremediablemente su capacidad de acción, pero menos de lo que cabría imaginar. En 2019 se practicaron en el centro 75 intervenciones y solo cuatro menos en cada uno de los dos años de coronavirus. «Nuestra actividad ha caído un 4% o un 5%, que si nos deja el covid esperamos recuperar a partir de ahora. Otros hospitales de España –argumenta el experto– han llegado a realizar hasta un 20% de intervenciones menos». En la de hoy le acompañan otros dos cirujanos, dos anestesistas, cuatro enfermeras, una auxiliar de enfermería y dos celadores.

En total, una docena de profesionales, que no son todos. Cada trasplante, más allá del personal del quirófano, requiere la participación de un centenar de especialistas. La cifra incluye a sanitarios, gestores, técnicos, agentes policiales, a menudo personal aeroportuario... todo tipo de profesionales «y todos importantes», apostilla Bustamante.

Las puertas del quirófano se abren para Nerea a las ocho de la noche. Es el momento de los anestesistas y la enfermería especializada. La paciente es conectada a las máquinas que controlarán el estado de sus constantes vitales y el suministro de anestesia. También se le colocan reservorios que irán aportándole la medicación necesaria y vías para transfundir sangre, si se diera el caso. «El objetivo es que si pasa cualquier adversidad, el tratamiento sea instantáneo y dispongamos de capacidad para revertir la situación», detalla.

Nueve de la noche. La paciente es sedada y llegan los cirujanos. La primera tarea consiste en «quitar el hígado enfermo». Hay que ir soltando todos los ligamentos que lo conectan con el resto de las tripas. La parte más delicada es el corte de las arterias y, sobre todo, las venas, especialmente la cava, que riega la parte superior del cuerpo y conecta directamente con el corazón. También hay que tener especial cuidado con la vía biliar, por donde discurre la bilis, un líquido producido por el hígado que favorece la digestión.

  1. «Está peor de lo previsto»

La retirada del hígado es el momento más complicado. El cierre temporal de venas y arterias deja al corazón durante un tiempo con la mitad de su sangre habitual. El estado de la paciente sorprende al equipo médico. Está mucho más deteriorado de lo que sospechaban. Pero todo va bien.

Luego ya es solo cuestión de colocar el nuevo órgano en su sitio y reconectar todas esos vasos sanguíneos que se habían bloqueado. Para hacerlo, se precisan unas lupas de aumento. «El cosido hay que hacerlo con mucho cuidado, porque la sutura siempre provoca un pequeño estrechamiento del calibre de la vena, que queremos que sea el menor posible», detalla Valdivieso.

De momento, el hígado queda conectado al cuerpo solo por las venas, las arterias y la vía biliar. Aún pasarán semanas antes de que el nuevo órgano se adapte a las tripas del paciente y quede pegado a ellas a través de nuevas membranas. «Esa es, entre otras, una de las razones por las que es muy importante seleccionar bien a los pacientes candidatos. Para que se entienda, no puedes poner el hígado de un niño a un adulto», apostilla Bustamante.

Cada paso que se avanza en el quirófano consume un tiempo enorme, que para el equipo quirúrgico parece pasar volando. Una enfermera anota en una pizarra todo lo que ocurre en la sala. La hora, el tiempo transcurrido de la operación, lo previsto, lo imprevisto... La cirugía termina a la una de la madrugada. La operación se ha prolongado cuatro horas. Lo habitual. Nerea es llevada a la unidad de Reanimación, la UCI, donde permanecerá dos o tres días, antes de ser bajada a planta. El jefe de los cirujanos se muestra satisfecho. «Ha ido todo sobre ruedas», dice satisfecho a la salida.

Los más solidarios

  • 4.781 trasplantes se practicaron en España en 2021, lo que supone un crecimiento del 8% en relación al ejercicio anterior, según informa la Organización Nacional de Trasplantes (ONT). La actividad perdida por el impacto de la pandemia en el sistema sanitario ha comenzado a recuperarse.

  • 2.950 trasplantes renales se realizaron el último año; 1.078 hepáticos, 362 de pulmón, 302 cardiacos, 82 de páncreas y 7 de intestino. Hubo 1.905 donantes fallecidos y 324 vivos.

  • 40,2 trasplantes renales se realizaron el último año; 1.078 hepáticos, 362 de pulmón, 302 cardiacos, 82 de páncreas y 7 de intestino. Hubo 1.905 donantes fallecidos y 324 vivos.

La paciente posa en la escalera de caracol de Cruces. Jordi Alemany

Compromiso

«El día que muera, que aprovechen todo de mí»

Nerea Burgos siempre lo tuvo claro y ahora más que nunca. «Siempre he dicho que iba a donar mis órganos cuando muriera, pero nunca imaginé que pudiera tocarme a mí», confiesa. «Todo esto –argumenta– solo ha servido para reforzar mi compromiso. He pedido a mi familia que el día que me toque, lo donen todo, que aprovechen lo que se pueda para salvar el mayor número de vidas», proclama.

Por fortuna para el sistema nacional de trasplantes, y los pacientes que han de recurrir a él, no es la única ciudadana que piensa así. España es el país más solidario del mundo en donación de órganos con 40,2 donantes por millón de población y Euskadi (50,7) figura entre las cinco autonomías con mayor compromiso social. «La generosidad de las familias es tremenda, la mayor que cabe imaginar, pero también lo es la eficacia de los sistemas coordinadores, la gestión que se hace de las unidades de cuidados intensivos, la implicación de decenas de profesionales de todo tipo y la existencia de un sistema bien controlado y fiscalizado», defienden los especialistas Valdivieso y Bustamante.

Cuando alguien entra en lista de espera, según explican, no hay conocido ni desconocido que le adelante de puesto. Dicho más claro, el sistema funciona bien, mejor que en ningún otro lugar del mundo, porque es imposible hacer trampa. Los criterios para la inclusión en el programa y las prioridades están perfectamente definidas para que cada órgano recibido vaya al paciente que más lo necesita. Las autonomías tienen acceso, además, a toda la información relativa a cada órgano. De dónde viene y a dónde va. «No siempre es fácil entender que alguien se te adelante en la lista de espera, pero todo está reglado. Somos médicos. ¡Qué más quisiéramos que poder atender la demanda de todos los pacientes!».

Valdivieso y Bustamante trabajan, sobre todo, con hígados. «Es el gran coordinador del organismo, pero se maltrata bastante. Si falla, el resto de órganos cae en cascada. Y cuando avisa, cuidado.Es porque ya está realmente mal», advierten.

«Solo ahora soy consciente de lo mal que me encontraba»

Han transcurrido ocho meses desde que Nerea Burgos Valle recibió su nuevo hígado. Con motivo del Día Mundial del Trasplante de Órganos, accede a contar su experiencia para este periódico. «Estuve dos días en la Unidad de Reanimación, que es lo habitual. Creo que dije cantidad de tonterías en ese tiempo», recuerda sin perder la sonrisa. Al final, según cuenta, fueron diez días de hospital.Lo previsto. El tiempo desde entonces le ha permitido ver lo mal que se encontraba entonces. «Ahora sé por qué me sentía tan cansada... Hasta la piel me ha mejorado, la tengo mucho más hidratada», explica satisfecha. «Solo tengo palabras de agradecimiento para todos los que me han atendido, desde mi médico del centro de salud hasta los profesionales de los hospitales de Galdakao y Cruces. Vivo gracias a ellos y, claro, a la familia que aceptó donar en su momento más difícil».

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