Teletrabajar con hiperactividad, ¿cuesta más?

Si hay autocontrol no tiene por qué ser más duro ni repercutir negativamente en el rendimiento laboral

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Gonzalo tiene 28 años y es monitor de ensayos clínicos. Gran parte de su trabajo consiste en hacer visitas a hospitales pero, tras decretarse el estado de alarma el pasado 14 de marzo, su empresa le mandó a casa y, desde entonces, está teletrabajando. «Ahora mismo mi tarea es revisar el correo, básicamente», expresa.

Algo parecido les ha pasado a muchos otros trabajadores, la diferencia es que él tiene Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), es decir, le cuesta más mantener la atención y realizar una misma actividad durante un tiempo prolongado, lo que, a priori, puede parecer un inconveniente para mantener el mismo rendimiento laboral que en la oficina. Él lo niega. «Yo no lo llevo mal, es verdad que los lunes y los martes, como estoy relajado del fin de semana, me cuesta más conectarme; pero el resto de la semana creo que me cunde incluso más, sobre todo porque en la oficina mi sitio está al lado de la impresora y eso es una distracción constante». «No creo que teletrabajar esté afectando a mi rendimiento laboral. Al contrario, me siento incluso más cómodo».

Una estrategia que le funciona para concentrarse es apuntarse las tareas que tiene que hacer diaria y semanalmente. «Al marcarme objetivos me es más fácil motivarme», afirma. Aunque también reconoce algunos inconvenientes del teletrabajo en confinamiento: «Mi despacho está en mi habitación, que también es donde hago mi ocio, entonces tengo la sensación de que no salgo de mi cuarto en todo el día y es un poco agobiante». Pero no cree que sea el único que se sienta así. «Al final son muchos días entre las mismas cuatro paredes y con las mismas personas y no poder salir a despejarte puede ser difícil para cualquiera. Y sí, tengo muchos hobbies caseros, pero eso al final tiene un límite».

Frente a la probabilidad de que el confinamiento se alargue todavía más, espera que sea lo menos posible, o pronto no tendrá trabajo suficiente para cubrir ocho horas y media al día.

Gonzalo es solo un ejemplo dentro del 5% de la población que presenta TDAH, una alteración que se da más en hombres (3,5%) que en mujeres (1,5%). Por su parte, el del psicólogo clínico Manuel García Pérez, una de las autoridades nacionales en TDAH y afecto de la misma condición, considera que «aunque los hiperactivos pueden distraerse con facilidad por lo cambios en su entorno, por pequeños que sean, también son capaces de ignorarlos, así que teletrabajar no tiene por qué ser una situación de sufrimiento para ellos». «Se las apañarán para mantener su rendimiento laboral como en la oficina, es decir, no estarán metiendo datos ocho horas seguidas, porque su propia condición no les permite prestar atención a una misma cosa durante mucho tiempo, pero realizarán las tareas de forma seccionada».

La doctora Mara Parellada secunda esta afirmación al incidir en que «los adultos con TDAH, a diferencia de los niños, han desarrollado estrategias a lo largo de la vida para afrontar las dificultades, se conocen mejor y pueden adaptarse mejor a distintas situaciones», como puede ser la de teletrabajar o la de estar confinados. «Es frecuente que tengan ya un nivel de hiperactividad menor y de autocontrol mayor que cuando eran pequeños, sin embargo, la concentración que necesitan para responder a sus exigencias laborales puede ser especialmente complicada de alcanzar en casa si se tienen hijos menores», añade.

Si es así, el psicólogo García Pérez recomienda «buscar una habitación en la que poder aislarse, hacer un pacto de ayuda con la pareja y programar descansos de 15 minutos para estar con los hijos». «Hay una casuística enorme, por lo que cada familia se debe organizar lo mejor que pueda». Otros recursos para despejarse durante la jornada de trabajo son enviar mensajes o hacer videollamadas cortas con amigos y compañeros de trabajo.

Niños con TDAH y deberes

Los niños con déficit de atención e hiperactividad, que puede que aún no hayan desarrollado sus propias estrategias de autocontrol para no distraerse mientras hacen los deberes o estudian, se beneficiarán durante el confinamiento de «tener un horario firme pero menos exigente que el escolar, realizar tareas supervisadas con materiales variados (visuales, escritos, auditivos), y de un control de estímulos en los horarios de trabajo académico y supervisión de los mismos», explica la doctora Parellada. «Puede ser necesario, además, hacer adaptaciones a las necesidades de movimiento de los niños, con ejercicio intercalado o mediante elementos que le ayuden a concentrarse (una música concreta, un asiento específico, estrujar una pelota desestresante, mascar chicle)». «Es difícil que en una casa no haya más distractores que en una escuela, que los horarios no sean más laxos (por las propias necesidades de los padres) o que no haya una menor supervisión a la hora de realizar el trabajo académico, lo que puede repercutir negativamente en su rendimiento escolar», añade. Por eso, García Pérez señala a los padres como los responsables de que haya una buena convivencia. «Todo dependerá sus hábitos educativos. Si son punitivos e hiperexigentes habrá más tensiones y conflictos que si son tolerantes (no superprotectores) y dedican tiempo a sus hijos».

Para el tiempo de ocio, los niños con TDAH preferirán siempre las actividades y juegos que requieren movimiento, como bailar, cocinar, hacer tareas de la casa, jugar al escondite o hacer manualidades, frente a otras más sedentarias como el parchís o el ajedrez. En cuanto a los videojuegos, prudencia. «Estos niños se pueden pasar horas con la consola porque, aunque se juega sentado, la pantalla cambia constantemente (imagen y sonido) y el mando requiere movilidad para manejarlo», advierte el psicólogo.

¿Sabías que...?

«La hipótesis explicativa del origen del TDAH es que es un resto evolutivo del hombre cazador, que tenía un cerebro capaz de estar alerta a todos los cambios de su entorno con el fin de encontrar comida y no ser comido. Este funcionaba como un radar capaz de detectar cualquier alteración que se produjera a su alrededor, por pequeña que fuera (un olor, un sonido, una sombra…), incluso aunque el propio individuo no estuviera atento. Dicha configuración genética implicaba que el ser humano necesitara estar en constante movimiento. Por eso, cuando el hombre cazador se hizo sedentario, la evolución llevó a que la mayoría de las poblaciones desarrollasen un cerebro acorde a los nuevos hábitos de vida, pero esta condición siempre ha persistido en los hiperactivos», cuenta García Pérez.