Adriá Ramírez

¿Por qué cada persona siente el dolor de forma distinta?

Averiguar qué causa las diferencias respecto a esta sensibilidad es clave para el desarrollo de tratamientos personalizados

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Cualquiera sabe cómo de intrusivo es el dolor, cuando la simple rozadura de un zapato es capaz de arruinarnos la tarde. Pero no todos lo sufrimos por igual. Desde un leve arañazo hasta una fractura múltiple o una enfermedad crónica, en el dolor influyen múltiples factores biológicos, contextuales, culturales, psicológicos y sociales que juegan un papel fundamental en cómo experimenta las dolencias cada individuo.

La ficción nos ha dado algunos ejemplos memorables al respecto, como el episodio de 'Friends' en el que Phoebe y Rachel van a hacerse un tatuaje y la primera es incapaz de hacérselo, por temor a las agujas y porque un simple pellizco ya le provoca un intenso dolor.

Aun así, si bien la sensación dolorosa se suele relacionar con el sufrimiento, también se da el caso contrario, personas a las que la sensación de ardor que provoca en la garganta la comida muy picante, por ejemplo, les produce cierto placer, o aquellas que disfrutan de que les azoten mientras mantienen relaciones sexuales. Los umbrales del dolor son, pues, diferentes en cada individuao pero, ¿es deseable tener uno alto?

«El dolor es el sistema de alerta del organismo frente a lo que nos daña. Su déficit es un riesgo potencialmente mortal»

Susana P. gaytán

Autora del libro '¿Por qué me duele?'

«El dolor agudo (también llamado dolor útil) es el mecanismo de alerta que tiene nuestro cuerpo para defendernos de algo que nos puede perjudicar. No sentirlo dificulta la función de protección del organismo y puede obstaculizar la intervención clínica en la enfermedad», advierte Miren Revuelta, médico del servicio de Anestesiología del Hospital Universitario de la Santa Creu i Sant Pau, en Barcelona. Por eso, «el dolor no es bueno ni malo, sino adaptativo y absolutamente necesario para la pervivencia», coincide Susana P. Gaytán, profesora de Fisiología en la Facultad de Biología de Sevilla y autora del libro '¿Por qué me duele?' (Next Door Publishers).

Otro caso distinto es el del dolor crónico (también llamado inútil) que, según la Organización Mundial Salud, es aquel que persiste más de tres meses, incluso cuando la causa orgánica del dolor ya se ha tratado, dejando de ser un sistema de alerta y convirtiéndose en una enfermedad.

Vídeo. Episodio de 'Friends' en el que Phoebe y Rachel van a hacerse un tatuaje. / Youtube

– ¿Qué causa estas diferencias en la sensibilidad al dolor?

– En líneas generales, el mecanismo por el que cada persona siente dolor es prácticamente idéntico. Hay unos receptores del daño en la piel, llamados nociceptores, que ante distintos estímulos (diferencias de temperatura, presión…) mandan una señal al cerebro, que le indica dónde duele. Lo que pasa es que en ese proceso de traducción de la señal hay estructuras en nuestras células que, por cuestiones biológicas, pueden ser distintas entre unas y otras personas. Eso es lo que hace que cada uno sienta el estímulo con una intensidad diferente –explica Gaytán–.

Para llegar a esta premisa, la ciencia ha comparado la correlación de los umbrales de dolor entre gemelos. Asimismo, según un estudio publicado en la revista científica 'Plos Genetics', se ha descubierto que los factores ambientales, como la exposición temprana a estímulos dolorosos agudos, pueden tener efectos a largo plazo en los umbrales del dolor. Por ejemplo, eventos dolorosos perinatales, como la circuncisión sin anestesia, aumentan la sensibilidad al dolor en la edad adulta.

'Moldear' el dolor

La publicación también destaca las diferencias de género en la percepción del dolor. Así, las mujeres tienen más probabilidades de sufrir una variedad de trastornos del dolor crónico (fibromialgia, síndrome de dolor regional complejo, neuralgia del trigémino...) y tienen umbrales de dolor por presión y estimulación eléctrica más bajos que los hombres; mientras que la respuesta a los estímulos de dolor térmico entre ambos sexos es similar. «Una proporción de estas variaciones puede ser el resultado de diferencias genéticas en los cromosomas sexuales. Factores como la testosterona y el estradiol modulan la sensibilidad al dolor y la analgesia, lo que se traduce en diferencias de género en la percepción del dolor», reza el artículo.

La sensación de dolor, además, es algo que se puede 'moldear'. «Cuando entrenas y acostumbras a tu cuerpo a una sensación dolorosa, la percibes de forma distinta y menos intensa», añade la fisióloga. Destaca, asimismo, la influencia de experiencia previa: «Que te asuste mucho el dolor también va a producir que una lesión te duela todavía más».

«De las muchas cosas que me sorprendieron de la cultura africana, me llamó la atención lo poco que se quejaban los enfermos»

Antonio Martín

Catedrático de fisiopatología

En esto último influye mucho la educación y la cultura de cada país. El doctor Antonio Martín, catedrático de Fisiopatología de la Universidad de Alcalá de Henares de Madrid, cuenta una anécdota al respecto. «Cuando estaba estudiando tercero de Medicina, fui unos meses a Ghana (África) como voluntario. De las muchas cosas que me sorprendieron de la cultura africana, me llamó especialmente la atención lo poco que se quejaba la gente enferma, sobre todo las mujeres. En una ocasión, llegó al hospital una chica de 18 años que acababa de dar a luz en medio del campo. El parto fue muy complicado, perdió al bebé y tuvo una rotura de útero, con sangrado y salida de intestinos por la vagina. Es difícil imaginarse lo dolorosa que es, tanto física como psicológicamente, una situación así. Lo peor es que, en el lugar donde estábamos, no podíamos operarla, así que tuvimos que trasladarla a otro hospital en el remolque de una camioneta. Fue un trayecto de dos horas por un camino de tierra lleno de baches, pero ¿qué crees que hizo? Chillar, llorar o protestar hubiera sido lo que hubiera hecho cualquiera de nosotros, pero a ella solo se le cayeron un par de lágrimas y no se quejó en ningún momento».

El doctor añade que también «existen patologías que pueden alterar la percepción dolorosa, como la hiperalgesia, una circunstancia que provoca que quienes la sufren tengan una respuesta exagerada ante estímulos que no son tan dolorosos para la mayoría de las personas. Puede estar causada tanto por lesiones en los nociceptores como por el consumo prolongado de opiáceos, como la morfina y la heroína», explica.

Falta investigación

Esta condición se relaciona estrechamente con la alodinia, un trastorno en el que aparecen sensaciones de dolor en respuesta a estímulos que normalmente no son dolorosos, como pasarse un cepillo por el pelo, un algodón por la piel o al dar la mano a alguien. «La diferencia entre ambas radica en la intensidad de la estimulación. En la alodinia el dolor aparece sin una causa justificada. En la hiperalgesia el dolor es más agudo de lo que debería», explica Martín. Ambos fenómenos se asocian a alteraciones en el sistema nervioso central y periférico, como el síndrome de fatiga crónica, la fibromialgia, el colon irritable, la sensibilidad electromagnética, la sensibilidad química múltiple o la cefalea, entre otros.

«El problema es que nos faltan todavía muchos datos sobre qué es lo que hace que se produzcan ciertos dolores en unas personas y no en otras y, como consecuencia, muchos años de investigación por delante para averiguarlo», declara Gaytán.

Lo que asegura es que «la ciencia camina hacia la personalización de las terapias, y que en un futuro próximo se dejará de hablar de enfermedades genéricas y empezaremos a hacerlo sobre enfermos en particular. La genética, las experiencias y los cuadros patológicos que haya tenido cada uno van a influir en los tratamientos que se apliquen para tratar cada dolor, pero por ahora habrá que esperar, pues muchas de estas nuevas técnicas todavía están en fase de desarrollo. Hace falta seguir progresando en los distintos aspectos de cada investigación, pero siempre sin desestimar el empleo de otras herramientas actuales que son extraordinariamente eficaces, como la escala de analgesia de la OMS».

Cuando hasta estar sentado implica un riesgo

Los primeros estudios sobre los distintos grados de sensibilidad al dolor fueron realizados con familias que padecían una enfermedad rara caracterizada por la ausencia de este, la insensibilidad congénita al dolor, una enfermedad compleja en la que «hasta estar sentado puede ser un riesgo, porque no notas que estás incómodo, no te mueves y te puedes ulcerar (heridas)», alerta Gaytán.

De hecho, «es una patología que se diagnostica por las consecuencias que genera, como mutilaciones en la lengua y los labios, deformidades óseas y articulares por malas curaciones, quemaduras de alto grado, daños en la córnea o infecciones repetidas», agrega Revuelta. Por ello, «estas personas deban realizarse revisiones médicas periódicas y mantener una higiene adecuada para evitar infecciones, especialmente en la infancia».

Más recientemente, un estudio londinense ha analizado los genes de una mujer con la misma condición, que nunca ha necesitado tomar analgésicos. El interés de una investigación así reside en el hecho de que las mutaciones en los genes de estas personas podrían ser la clave para desarrollar tratamientos más efectivos contra el dolor.