Ilustración: Adrián Astorgano

Las fobias infinitas: de los payasos a los pasodobles

Hay listas que recopilan cientos de ejemplos curiosos de miedo patológico, pero en realidad no es un asunto para tomárselo a la ligera: algunas personas se ven seriamente limitadas en sus vidas cotidianas

CARLOS BENITO

No nos solemos tomar las fobias del todo en serio. Desde hace años circulan por internet listas que muestran estos trastornos como algo pintoresco, como si estos miedos fuesen ocurrencias peregrinas que se adornan con términos tomados del griego: ahí está la tantas veces nombrada hexakosioihexekontahexafobia o supuesta fobia al número 666, como uno de los ejemplos más singulares de esos repertorios que ya tienen un poco hartos a los especialistas. En las páginas de fobias de la Wikipedia el recuento se acerca a las doscientas, pero hay libros que recopilan setecientas, en plan miscelánea de rarezas que no siempre guardan contacto con la realidad. Por otro lado, esa visión superficial se refleja también en lo que podríamos llamar la coquetería de la fobia, que lleva a los famosos (y también a algunos no famosos) a etiquetar de esa manera sus odios y aversiones, como si el marchamo patológico hiciese de ellos personas más interesantes. Por alguna razón, declararse turófobo parece mucho más guay y menos trivial que admitir simplemente que no te gusta el queso.

Y no, no se trata de eso. Para que una fobia merezca ese nombre, tiene que ser tan intensa como para producir síntomas molestos e interferir de alguna manera con nuestra vida cotidiana. El miedo es una reacción psicológica normal, pero aquí ya tenemos que hablar de ansiedad, que se manifiesta en el plano cognitivo (la persona está obsesionada por lo que le provoca ese miedo, incluso en su ausencia), en el somático (la sudoración, la opresión en el pecho, los temblores...) y en el comportamental (una cosa es tener miedo a pasar por donde hay un perro y otra, embarcarse en trabajosos rodeos para evitarlo). «Cuando se dan esas tres circunstancias y afectan a la funcionalidad, tenemos un trastorno de ansiedad, fóbico si se refiere a una cosa concreta», resume el doctor Manuel Martín Carrasco, vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría. El escritor Manuel Hidalgo, todo un experto en obsesiones, se refirió a las fobias como «los mil rostros» del miedo a la muerte, «de pequeño espectro pero alta intensidad», en los que «no guarda proporción la causa que los motiva con la alteración y el descalabro que producen». Hace casi veinte años, para preparar el volumen colectivo 'Fobias', les preguntó a unos cuantos colegas de la literatura si padecían alguna, y se topó con que algunos le proponían frivolidades como la fobia a Jordi Pujol o al Real Madrid. «Si tuvieras una fobia como las que Dios manda, lo sabrías», les replicaba.

El problema es que, como también escribió Hidalgo, a veces las fobias parecen «elegidas a capricho del consumidor». Ya se sabe que el miedo es libre, de modo que, cuando se sale de madre, puede tomar caminos que a nadie se le habrían ocurrido de antemano. «Aunque esa variedad de nombres que se encuentra en las listas no tiene mucho sentido, es cierto que las variedades de fobia pueden ser infinitas. El ser humano no solo afronta peligros reales, sino también peligros simbólicos, y a veces se produce una transferencia que nos lleva a trasladar nuestro miedo a una situación análoga. Así, acabamos temiendo circunstancias que en sí no son peligrosas. Algunas fobias parecen explicables y otras extrañas, porque resulta difícil conectarlas con el origen inicial», aclara el doctor Martín Carrasco.

La condición incontrolable del miedo ha dado pie a esos muestrarios de resonancias fantásticas que recopilan fobias variopintas, a modo de gabinetes de curiosidades psíquicas. Hay algunas que todos podemos entender, aunque no las compartamos en absoluto: la fobia a volar en avión (que, según algunos estudios, afecta a más del 3% de la población), la fobia a conducir, la hematofobia o miedo a la sangre, la fobia a los dentistas, las múltiples manifestaciones de la agorafobia y la claustrofobia (con entornos opresivos como los ascensores o los túneles), la fobia a los perros o a las tormentas... En otras, aunque no sean tan obvias, podemos llegar a captar las resonancias siniestras o inquietantes de los referentes que las inspiran: la ornitofobia o miedo a los pájaros (más extendida de lo que podríamos pensar), la coulrofobia (miedo a los payasos), la eisoptrofobia (a los espejos), la pogonofobia (a las barbas), la pediofobia (a los muñecos) o incluso la omfalofobia (a los ombligos). Muchas figuras populares han manifestado sufrir algún trastorno de este tipo: Kendall Jenner, por ejemplo, se declara tripofóbica (o sea, dice temer los agujeritos organizados según algún patrón, como los de las tortitas o los panales), a Nicole Kidman la aterran las mariposas, Johnny Depp y Daniel Radcliffe se proclaman coulrofóbicos (los payasos, ¿recuerdan?) y Christina Ricci se pone mala con las plantas de interior (una de las diversas manifestaciones de botanofobia).

Un 'clown' en la escalera

El potencial incapacitante de muchas de estas fobias resulta muy discutible o, al menos, relativamente fácil de mantener bajo control: uno no suele ir cruzándose con 'clowns' maquillados por la escalera de casa. Frente a eso, hay personas que desarrollan fobias a situaciones muy comunes y que acaban viéndose seriamente limitadas en sus vidas. ¿Qué es mejor, exponernos al objeto de nuestro pánico o eludirlo? «Es mejor exponerse, pero de manera progresiva. Si una situación te produce temor y la evitas siempre, nunca lo superarás. De hecho, si dedicas mucho esfuerzo a evitarla, estás amplificando el problema. No se trata de no mirar nunca debajo de la cama, pero tampoco de meterse de golpe, porque podría resultar traumático. Se plantea una aproximación que puede ser incluso virtual, por ejemplo a través de un vídeo», desarrolla Manuel Martín Carrasco, que ve poco recomendables las terapias de implosión, es decir, el procedimiento expeditivo de introducir a un aracnófobo en una caja repleta de arañas. La pandemia de coronavirus ha disparado los temores de muchos pacientes, con su cóctel explosivo de enclaustramiento, contagio y distancia. «Hay gente que lo está pasando muy mal. Entre las personas que yo atiendo, a varias les está costando mucho salir. Hay síntomas de tipo obsesivo o fóbico que se han visto multiplicados: en vez de lavarse las manos diez veces al día, ahora se las lavan cincuenta», comenta el psiquiatra.

¿A él le ha tocado alguna vez tratar a pacientes con fobias infrecuentes, de esas que podríamos considerar llamativas? «Recuerdo a una persona que vivía en un pueblo y que iba por la calle sorteando todas las puertas de un determinado color. Y a otro que, de niño, viajaba todos los veranos con sus padres a un pueblo de Murcia y se mareaba mucho, vomitaba en cuanto se montaba en el coche. Sus padres eran muy aficionados a los pasodobles y los escuchaban durante el viaje. De mayor, este chico se ponía muy malo en cuanto escuchaba un pasodoble, porque le recordaba aquellos viajes en los que lo pasaba fatal». Qué cosas, para la fobia a los pasodobles todavía no ha inventado nadie un nombre en griego.

El número 13 y las figuras de cera
Figura de Isabel Preysler en el Museo de Cera de Madrid.

Brontofobia y astrafobia (fobia a las tormentas y los rayos). Son seguramente los más extendidos de los miedos de origen meteorológico y pueden llegar a trastocar las rutinas de la persona, incapaz de salir y cumplir con sus obligaciones si se anuncian truenos.

Triscaidecafobia (fobia al número 13). Es la superstición llevada a su extremo, hasta el punto de sentir ansiedad en esa fecha, o si a uno le corresponde una habitación o un billete de autobús con esa cifra. Otras culturas tienen sus equivalentes.

Coulrofobia (fobia a los payasos). Es el desarrollo patológico de esa sensación ambivalente que muchos sentimos ante un payaso, una persona que oculta sus rasgos reales y simula una sonrisa perpetua. «Siempre parecen estar al acecho», ha dicho el coulrófobo Johnny Depp.

Automatonofobia (fobia a muñecos y figuras similares). Es el miedo irracional a representaciones del ser humano como figuras de cera, autómatas, títeres, muñecos de ventrílocuo...

Botanofobia (fobia a las plantas). Puede tener manifestaciones como la antrofobia o aversión a las flores, símbolo por excelencia de lo efímero de la vida y, por lo tanto, recordatorio de nuestra mortalidad. También hay personas que han declarado una fobia a los objetos fabricados con madera.

Tripofobia (fobia a los agujeros). En realidad, suele tratarse más bien de un miedo a los patrones de figuras geométricas diminutas y muy juntas. Puede vincularse con la inquietud ante las pequeñas criaturas que podrían esconderse en esos orificios.