Ilustración: Mikel Casal

El botiquín desactualizado: un supositorio y una copita para el niño

¿Cuánto hace que no nos tomamos una aspirina? ¿Conocemos el sabor del aceite de ricino? Hay fármacos y remedios que un día fueron cotidianos y se han vuelto inusuales

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Parece contradictorio que un medicamento, asociado a situaciones de padecimiento y malestar, sea capaz de espolear nuestra nostalgia, pero desde luego que ocurre. El mercado farmacéutico no deja de cambiar con el tiempo, impulsado por los avances en la investigación y también por los intereses empresariales, y hay remedios que un día fueron cotidianos y después desaparecieron de nuestras vidas: quedaron vinculados a una época concreta (y también, en el caso de los destinados a los niños, a aquellos adultos concretos que nos los administraban) y al acordarnos de ellos nuestra mente regresa de manera automática a aquel tiempo y aquella edad.

Para unos la referencia será el tormento intolerable del aceite de ricino; para otros, las rodillas orgullosamente teñidas de mercromina, tras despeñarse con la bici en algún descampado; y, como no toda la nostalgia se refiere a la infancia, también habrá muchos que añoren el subidón legal de los 'optalidones'. En estas páginas vamos a echar un vistazo a ese botiquín desactualizado, repleto de productos que en muchos casos siguen existiendo pero ya no están tan presentes en nuestro día a día.

Una copa para los críos

A medio camino entre la alimentación y la farmacia, los vinos quinados son uno de los productos que más estupor nos causan al contemplarlos desde nuestro presente. No por sus características en sí mismas, sino por el mercado al que se dirigía su publicidad: pese a su contenido alcohólico, se vendían como un reconstituyente ideal para los niños, que les abría el apetito y los dejaba como nuevos. Ahí está el eslogan clásico de Quina Santa Catalina, «es medicina y es golosina», junto a otros menos recordados como «el aperitivo de la familia», de la marca El Coloso, y ahí está también el personaje de Kinito, el cómic y dibujo animado que publicitaba la Kina San Clemente. Los vinos quinados se hicieron muy populares en la España del franquismo, bien a palo seco o en preparaciones más elaboradas, como con yema de huevo o calientes con canela.

Se llamaban y se llaman así porque están enriquecidos con quina, la corteza de un árbol originario de Sudamérica, del que se extrae la quinina. Este componente fue esencial en la lucha contra la malaria, pero también desempeñó un papel inesperado en la gastronomía: si los oficiales británicos no hubiesen discurrido maneras más agradables de tomar la amarga quinina, no habríamos llegado a tener gintónic. Pero volvamos al vino: «La quina tiene acción febrífuga y, desde que se empezó a utilizar en Europa, se convirtió en un éxito comercial magnífico –explica Antonio González Bueno, catedrático de Historia de la Farmacia en la Universidad Complutense y presidente de la Sociedad de Docentes Universitarios de Historia de la Farmacia–. Los vinos quinados son un aperitivo agradable, pero la proporción no es la adecuada, de modo que su acción será bastante leve si es que la hay». Hoy sigue habiendo varias marcas en el mercado, pero ya no presumen de sus efectos en los críos.

Como zipi y zape

Para una generación, es una referencia de tebeo: a Zipi y Zape los amenazaban una y otra vez con administrarles el misterioso aceite de ricino, como si fuese la peor de las torturas. Para la generación anterior, se trata de algo real e inolvidable, un sabor que produce arcadas con solo recordarlo: «Parece que han mezclado todo lo malo del mundo», resume uno de los damnificados por esta sustancia. La mayoría tendríamos problemas para identificar una planta de ricino, pero hablamos de un vegetal maravilloso que no solo se emplea como medicamento desde tiempos faraónicos, sino que tiene función ornamental, se utiliza en la fabricación de pinturas y lubricantes e incluso forma parte de cosméticos. Aun así, en la memoria colectiva ha quedado grabada su temible presentación como aceite de efectos purgantes.

«Cuando estudias la historia de los medicamentos industriales, te encuentras con multitud de aceites, porque fueron uno de los productos de mayor venta. De ricino, de hígado de bacalao, de raya... Los hospitales franceses inventaron una cuchara especial para administrar aceites, con una tapadera que permite evitar, al menos, el olor», explica González Bueno. ¿Servían para algo? «Hoy los consideraríamos complementos vitamínicos, porque esa acción la tenían. No eran un castigo, sino una forma de aumentar las vitaminas: en la posguerra se extendieron mucho como fuente de vitaminas extra ante las carencias en la alimentación».

Las piernas rojas

Durante mucho tiempo, la mercromina tuvo cierto punto de condecoración infantil, que certificaba un comportamiento callejero intachablemente salvaje: a veces, nuestras extremidades parecían tener más superficie roja que del color de nuestra piel. Fue el antiséptico más popular de nuestro país (hasta el punto de que, como sucede con la aspirina, la marca ha ingresado en el diccionario y la podemos escribir con minúscula) y se continúa vendiendo en la actualidad, pero los niños de hoy ya no suelen lucir su vistosa huella. «Por supuesto que sigue teniendo los mismos efectos que siempre. Su único problema es que no resulta muy limpia y hoy preferimos otros más cómodos, más prácticos: entonces no se trabajaba con esos criterios», comenta el profesor, que aprovecha para rescatar del olvido a una de tantas mujeres orilladas por el sesgo de la historia: tradicionalmente la mercromina se atribuye al químico catalán José Antonio Serrallach, un falangista que fue acusado de participar en un intento de atentado contra Franco, pero la marca fue solicitada en los años 30 por él y por su colaboradora Irene Monroset. «A veces se silencia su importancia».

En casa y en el bolso

Durante décadas fue el medicamento cotidiano por excelencia, presente en todas las casas y, en versión de 'blister' recortado para dejar un par de pastillas, en la mayoría de los bolsos. Pero, a menos que nos la hayan prescrito para prevenir el infarto, es probable que haga muchos años que no nos hemos vuelto a tomar una (¿no les viene ahora a la memoria su inconfundible sabor amargo, que tanto agradaba a unos y repelía a otros?). Las virtudes de la corteza y las hojas de sauce se conocen desde los tiempos de Hipócrates, pero su derivado el ácido acetilsalicílico es hijo del siglo XIX y fue bautizado como aspirina en 1899 por la Bayer. La casa alemana, por cierto, realiza toda su producción mundial en Langreo, ya que el carbón es una materia prima esencial para obtener dos componentes clave, el anhídrido acético y el ácido salicílico: el Museo de la Minería y de la Industria de Asturias dedica un espacio a este vínculo.

La aspirina se convirtió en nuestro aliado más habitual contra el dolor, la fiebre y la inflamación, pero ha acabado cediendo terreno a fármacos más 'jóvenes' como el paracetamol y el ibuprofeno. Ese declive tiene una vertiente fácil de explicar: la aspirina infantil desapareció a raíz de que se demostrase su relación con el síndrome de Reye, una encefalopatía asociada a daño hepático. ¿Y qué ha ocurrido con la aspirina para adultos? «Se sigue comercializando y no da ningún problema más allá de que, tomada en exceso, produce gastritis o úlceras, pero continúa siendo un buen analgésico y no hay ninguna razón para dejar de usarla –apunta el experto–. La empresa sigue buscando nuevas aplicaciones y reinventándola continuamente. Yo diría que es más bien una cuestión de mercado». El precio –si buscamos la marca comercial y no el genérico– es uno de los factores a los que se ha atribuido su descenso en popularidad.

Subidón en el mostrador

Hubo una época en la que las farmacias dispensaban sin receta medicamentos que hoy consideramos auténticas bombas químicas. En teoría, el Optalidón se tomaba para combatir los dolores de cabeza, pero su contenido en butalvital, un barbitúrico, lo convertía en una droga muy socorrida para sacar adelante la jornada sin sucumbir al cansancio ni al desánimo: sobre todo, miles y miles de mujeres se volvieron adictas a aquellas grageas que les borraban las penas, aunque tampoco faltaban los futbolistas acostumbrados a meterse un par de 'optalidones' antes del partido. El presentador de televisión El Gran Wyoming, que es médico y viene de familia de boticarios, evocó en una entrevista con la SER el singular impacto social de los 'optalidones', así en plural: «Nunca se usaba en singular, debe ser que nadie se metía uno. A tal punto se extendía el consumo, sobre todo entre las amas de casa, que se vendía en sobrecitos de dos. Teníamos un vaso en la farmacia. Llegaba la señora a por un sobrecito de 'optalidones' y le ponías el vaso: se chutaban allí, en el mostrador». Aquel ensueño sintético se volatilizó a mediados de los 80, cuando el Gobierno concluyó que suponía «una asociación no justificada de psicofármacos con otros principios activos» y censuró su «uso no racional». Se obligó a cambiar la fórmula, el Optalidón perdió esos efectos que tanto tirón le daban y España experimentó el síndrome de abstinencia más multitudinario de toda su historia.

¡Y los poníamos al revés!

La administración de medicamentos por vía rectal fue habitual durante muchos años, pero, de un tiempo a esta parte, muchos padres jamás hemos tenido que ponerles un supositorio a nuestros hijos. «Era una vía rápida para que el medicamento produjese efecto. Se trata de una buena fórmula para algunos tipos de fármacos, pero aquí también influye una cuestión de comodidad: si diésemos a elegir entre pastilla y supositorio, pocos se quedarían con el segundo», plantea González Bueno. Eso sí, se siguen usando en cuidados paliativos o cuando hay problemas para tragar, además de los de glicerina contra el estreñimiento.

Existen mil chistes sobre pacientes que no entienden la idea del supositorio y se lo tragan, una confusión que se produjo con cierta frecuencia en la realidad, pero a lo mejor un detalle nos hiela la sonrisita de suficiencia: la manera preferible de insertar un supositorio es por el extremo romo, no por el puntiagudo, para que tienda a seguir introduciéndose y no a salir. «Sí, los poníamos al revés –confirma el profesor–, aunque, una vez dentro, no importa mucho».

Cuando los medicamentos venían entre pan y pan

La historia de la Farmacia está llena de caminos que se acabaron abandonando por otros. Uno de los más curiosos son los 'cachets', una manera de administrar fármacos que inventó en 1872 un doctor francés: la dosis de medicamento se introducía entre dos láminas de oblea, que después se pegaban humedeciendo los bordes hasta sellar su contenido. «La farmacia mediterránea se preocupó más por el principio activo y no atendió tanto a la industrialización, mientras que ingleses y alemanes se interesaron más por la producción a gran escala –ilustra Antonio González Bueno–. La industria alemana propuso los comprimidos, que se impusieron: fabricar 'cachets' no es complicado, pero puedes hacerlo de doce en doce. Los comprimidos, en cambio, salen de la máquina igual que las monedas de una tragaperras. Los 'cachets' pueden ser perfectos para una situación individual, pero no para una situación militar: no es raro que los primeros comprimidos en España los fabricase el Ejército».