LEAL

La vida, subir una montaña... Un ochomilista nos da trucos para no desfallecer

Jorge Egocheaga perdió a su mujer y a su mejor amigo en la montaña. Ahora ha creado una ONG para niños nepalíes y ha plasmado en un libro, 'Quizá vivir sea esto', cómo remontar y seguir adelante

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Dentro de cada uno de nosotros, aunque nos dé risa pensarlo, hay un filósofo y un poeta. Puede que los saquemos a pasear poquísimo o nada, no vaya a ser que nos pongan la etiqueta de místicos, de profundos, de intensitos, de plastas... o de todo junto. Pero es así. Y, si eso nos ocurre al común de los mortales –los que tenemos un día a día más o menos rutinario, sin grandes sobresaltos–, ya podemos imaginar que las personas que hacen algo extraordinario, como jugarse la vida para subir las montañas más altas del mundo, tienen su mochila cargada de momentos extremos, de alegría suprema, de agotamiento brutal, de tristeza desgarradora, de esfuerzos titánicos. Todas las emociones que podemos experimentar los demás durante la vida, pero quizá un poco más a lo grande. Por eso, tienen mucho que enseñar a los demás.

El asturiano Jorge Egocheaga, el quinto español en ascender los catorce ochomiles, es buena prueba de ello. Aunque él huye como de la peste de todo lo que huela a vanidad o suene a gurú vital. Es un tipo parco en palabras, directo y que dice sentir «mucha vergüenza» al hablar de sí mismo y de su vida, pero en su libro 'Quizá la vida sea esto' (Penguin Random House) ha roto su natural reserva por una buena razón: destinará los beneficios a la fundación para niños que ha creado en Nepal. Según él, que ha hecho cumbre en los lugares más bellos de la tierra, que perdió en la montaña a su mujer, Jöelle –también alpinista–, y a su mejor amigo, Iñaki Ochoa de Olza, poder echar una mano a estos chavales, «muchos de ellos huérfanos y que no tienen nada», es la experiencia que más le ha marcado. «Todo lo que vivimos nos va moldeando, pero ayudar a los demás te marca para siempre», sentencia desde el hospital de Oviedo, donde trabaja como médico y ve de cerca los estragos del covid. El contexto de la pandemia hace más necesaria que nunca una buena batería de sus consejos para subir montañas, que son totalmente aplicables para sobrellevar la vida, con sus luces y sus sombras, sin desfallecer. He aquí cuatro pilares.

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No te agarres a certezas

Egocheaga es claro como el agua. Si algo ha aprendido, a base de golpes muy duros a nivel personal y de experiencias en la montaña, es que «quizá en la vida no exista ninguna certeza, por lo que no merece la pena perder el tiempo buscándolas». Si las hay, según él, «son pocas y relativas». Al final, si en la vida nos agarramos a certezas como si fuesen nuestra tabla de salvación y resulta que esas supuestas 'certezas' nos fallan... ¿qué es de nosotros? Perdemos el norte. Si algo enseña la vida, y también la montaña, es que todo puede cambiar de repente. Una muerte, una enfermedad, una ruptura, una tormenta imprevista en plena ascensión, un alud, un resbalón a punto de llegar a la cumbre, un paso en falso... y toda la planificación y la preparación se van al carajo. Así que Egocheaga aboga por ir solucionando los problemas según se vayan presentando. Por supuesto que hay que ser previsor, pero sin perder la capacidad de afrontar imprevistos.De hecho, casi es mejor tener la fortaleza de asumir que va a haber imprevistos (en la vida, en la montaña) con los que tendremos que lidiar. «Hace ya tiempo que no busco la felicidad –indica–. Incluso llego a pensar que está sobrevalorada. Solo pretendo vivir con intensidad, aceptando lo bueno y malo que por ello me toca, dos caras de una misma moneda». En plena pandemia, es muy útil pensar así.

2

No te quedes con lo malo

Todos tenemos en nuestro catálogo vital un montón de experiencias positivas y negativas. Vienen con nosotros a todas partes, nos demos cuenta o no. Existe la creencia de que un episodio traumático te deja tocado, con una huella mucho más indeleble que una buena experiencia. Bueno, pues Jorge Egocheaga cree que no debe ser así. Él mismo ha sufrido experiencias dolorosísimas en su vida, pero ha decidido enfocarse en las buenas y darles más peso. De ahí que su principal orgullo sea ayudar a niños nepalíes. Así no es Jorge, el montañero que perdió a su mujer y a su amigo. Es Jorge, el que ha echado un cable a críos que lo necesitan. «Pasar por experiencias duras te hace ver lo verdaderamente importante», sentencia. Es decir, de un episodio dramático también podemos sacar una lección.

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Hagamos de la vida más simple

Parece un contrasentido que un ochomilista diga esto. ¿Acaso no son ellos los que se complican la vida subiendo a sitios donde arriesgan su vida sin tener ninguna necesidad? Tiene su explicación: la montaña es adictiva y, sobre todo, es la medida de todas las cosas. Pone todo en su sitio. Egocheaga cuenta que, cuando te ves en determinadas situaciones, en las que tu vida depende de un mal paso, te das cuenta de que «en el día a día no hacemos más que complicarnos la existencia con tonterías». «Si no tenemos problemas, nos los buscamos, así somos las personas. Si algo he aprendido yo, es que lo que quiero es una vida simple.Sí, simple, que es la mejor», argumenta.

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Concéntrate en lo que haces

Imaginemos a un montañero subiendo al Anapurna y contestando whatsapps (si es que hubiera cobertura), mandando emails, sacándose selfis en poses molonas, parloteando de bobadas, mirando a ver si le queda bien el gorro o si el de delante está más mazado que él. ¿No, verdad? Pues es lo que muchos hacemos a diario. Dispersarnos con mil cosas sin importancia y restar tiempo a lo que importa, muchas veces por cobardía, para no verlo. «En la escalada la concentración debe ser máxima. Tienes que hacer las cosas bien y focalizar tu atención en ello. Ir paso a paso. Es como meditar, el resto no importa, sólo ese momento», explica Egocheaga. ¿Qué tal si también lo ponemos en práctica en nuestro terreno?

Ángeles Torres

Entrevista

Jorge Egocheaga: «Vivimos en una cultura de la queja y no nos hace ningún favor»

Jorge Egocheaga, como casi todos los montañeros de élite, es una persona con mucho carácter. Se le nota al hablar. Es tajante, duro. Quizá no pueda ser de otra manera. Los de su 'especie' están hechos de una pasta especial. «Los hombres se hacen, las montañas están hechas ya». Así lo creía el escritor Miguel Delibes y así lo demuestran los grandes alpinistas, que son personas que no se andan con medias tintas, como todas los que han comprobado que la línea entre la vida y la muerte es muy fina. Para colmo, Egocheaga es médico, una profesión donde cada día se corrobora que esta división es de una fragilidad aterradora. Sobre todo desde que llegó el covid. En el hospital de Oviedo, en el descanso para comer, el ochomilista cuenta cómo ve esta 'ascensión' que nos ha tocado a todos.

–Si se aprende de subir a la montaña, ¿qué se aprende de una pandemia?

– Un poco lo mismo. Se aprende qué es lo esencial, qué es lo importante y qué no.

– Se habla de la fatiga pandémica, de que la gente está ya muy quemada...

– A ver, ¿porque llevamos un tiempo sin bares? Muchos se quejan de eso. ¿Porque hay que estar más en casa? A mí me gusta mucho el deporte y moverme y durante el confinamiento, claro, no pude. Y lo llevé. No se acaba el mundo por eso. Es incómodo, vale, porque llevamos un año... pero siempre debemos tener en cuenta que somos unos privilegiados.

– Ahora nos cuesta vernos así.

– El covid nos ha cambiado la vida, bueno. Pero es que vivimos instalados en la cultura de la queja y eso no nos hace ningún favor. ¡No vivimos en la realidad del mundo, sino en una burbuja! Deberíamos dar gracias, para empezar, por haber nacido en la parte del mundo en que hemos nacido, porque hay gran parte de la población mundial que no tiene nada. Tendría que estar prohibido quejarse.

– ¿Estamos siendo débiles?

– Somos tremendamente débiles.Cada vez más. Se premia la falta de carácter y de esfuerzo. El sacrificio cuenta poco. Por eso tenemos muy poca resistencia ante todo.

El legado de Joëlle

La muerte de su mujer en la cima Makalu, la quinta montaña más alta del mundo, dejó devastado a Jorge. Tras sufrir ambos en el ascenso el virus de la tos, Joëlle no pudo soportarlo y falleció en el descenso. Enterrada en la misma montaña que la vio marchar,

Joëlle era una enamorada del Himalaya y de sus gentes, razón por la cual Jorge ha decidido hacer todo lo posible por honrar su figura creando unas becas de educación con su nombre, a las cuales irán dirigidos todos los beneficios de este libro.