Ilustración: Adrián Astorgano

Por qué necesitamos la fiesta

La alegría colectiva, que nos falta desde hace año y medio, es muy importante de cara a nuestra salud mental y social: «La fiesta es un ejercicio insuperable para mantener en forma el músculo de la empatía»

Carlos Benito
CARLOS BENITO

En las últimas semanas, la actualidad informativa relacionada con la fiesta se está centrando en los botellones (o, como se suele decir ahora, macrobotellones), pero a la vez está sucediendo otro fenómeno que pasa bastante más desapercibido: con la progresiva vuelta a la normalidad, hay personas que están saliendo de fiesta por primera vez en más de año y medio y se están dando cuenta de hasta qué punto necesitaban recuperar esa experiencia. En estos tiempos difíciles nos hemos acostumbrado a contemplar la fiesta como algo perfectamente prescindible, cuya suspensión no afecta a la marcha correcta y productiva de nuestra sociedad, pero ahora muchos estamos descubriendo hasta qué punto esa falta ha ensombrecido nuestro ánimo, nos ha dejado sin válvula de escape para unas responsabilidades y unos agobios que se han vuelto especialmente inhumanos a lo largo de estos meses. Ha sido un periodo en el que hablar de estas cosas podía sonar imprudente o egoísta, pero, ahora que el porvenir inmediato parece aclararse por fin, quizá haya llegado el momento de plantearse por qué y cuánto necesitamos la fiesta.

«Es una cosa muy estudiada por la Sociología, la Antropología... La fiesta nos aporta una ruptura con la normalidad y el orden cotidiano donde uno puede experimentar sentimientos más fuertes y entregarse a actividades placenteras que no hace a diario, relacionadas con la música, con compartir tiempo con los amigos, con la posibilidad de conocer gente, con el movimiento físico... Tiene una dimensión muy corporal que pasa por el baile, por el oído o por el gusto. Nos permite romper con nuestro régimen relacional y corporal del día a día, que no nos permite expresar muchas de estas cosas», repasa la socióloga Amparo Lasén, profesora de la Universidad Complutense y miembro del grupo de investigación Sociología Ordinaria. La pandemia paralizó nuestra sociedad y, muy especialmente, acabó con eso que llaman efervescencia colectiva: ni se podía celebrar, ni estábamos para fiestas. «La idea de ambiente festivo implica mucha gente junta, una combinación de personas que conoces y personas que no, con contacto físico y baile, y eso no solo estaba prohibido sino que era peligroso. Pero la gente ha intentado reproducir la fiesta. En el confinamiento, utilizaban los ordenadores para conectarse a la hora del vermú, poner música, mandarse vídeos bailando... El otro día, en una investigación, alguien me contaba que bailaba en casa para marcar el paso al fin de semana y guardar así un recuerdo del componente festivo en su vida cotidiana. Esos ecos de la fiesta tenían el doble efecto de recordarnos lo lejos que estaba la celebración auténtica: no es lo mismo un Zoom que juntarse», puntualiza Lasén.

Imágenes de la 'vieja normalidad': el festival Bilbao BBK Live, verbena y una pareja bailando.

Tampoco parecía el momento para reflexionar sobre las secuelas que iba dejando la ausencia de fiesta en nuestra salud mental y emocional: ni verbenas, ni copas después del trabajo, ni música en vivo, ni festivales de verano, ni pistas de baile, quizá cuando más falta nos habrían hecho para recalibrarnos y evadirnos por unas horas de la angustia y el enclaustramiento. La editora y traductora María Serrano es una de las personas que llevan meses «dando la matraca» sobre todo lo que perdemos al abolir la cultura de la fiesta. De hecho, asegura que podría confeccionar «una lista interminable» de los beneficios que comporta para nuestro equilibrio mental y social: «Como celebración de alegría colectiva, la fiesta es un ejercicio insuperable para mantener en forma el músculo de la empatía, y esto redunda después en nuestra vida no festiva en general. La fiesta es el antídoto contra una cosa horrible que hace la cultura del neoliberalismo que es intentar convencernos de que todo el resto de seres humanos son una molestia insufrible y todo lo que hacen (sonidos humanos, ocupar el espacio público, tener costumbres distintas a las nuestras) es intolerable. La fiesta son las prácticas que te ponen en condiciones de vivir con todos esos humanos que no son tú y de diluirte con ellos en una experiencia de comunidad. También es una ruptura con la concepción disciplinada y productiva del tiempo que nos impone el hecho de que nuestra sociedad esté ordenada exclusivamente en torno al trabajo. La fiesta es la vindicación de un tiempo no productivo, una concepción del tiempo más natural, o metabólica. Las virtudes para nuestra salud mental en la sociedad de la ansiedad son innumerables», explica.

Malhechores y holgazanes

Serrano alerta además de que no hablamos de un mero paréntesis que ahora se cierra y ya está: en estos meses, muchas personas (y, en particular, muchos gobernantes) se han acostumbrado a entender la fiesta como un exceso reprochable, insolidario, negativo. La actitud de la administración hacia las salas de conciertos, los bares nocturnos o las discotecas ha parecido, en muchos casos, impregnada de ese desprecio a lo dionisiaco. «Yo estoy convencida de que este tiempo de prohibiciones y, sobre todo, de demonización de lo festivo nos han convertido en gente más crispada, con peor disposición hacia los demás y más prestos a acusarles de todos nuestros males. Somos un poco más policías de balcón que antes. Y creo que, si no hubiéramos dejado de compartir bailes, lo seríamos un poco menos», lamenta Serrano, además de contemplar con cierta inquietud la reactivación de la actividad: «Me preocupa la mentalidad estrechísima que se ha instalado como sentido común en torno a la vida nocturna, la cultura de la noche y los usos festivos del espacio público. Creo que esto no es nuevo, pero sí que estos años ha vencido un poco más aún la rancia idea de que el tiempo 'bueno' es el tiempo que sirve para trabajar y que todos los demás tiempos son malhechores, holgazanes o molestos. La fiesta es una práctica cultural, no un fenómeno natural; la hacemos entre todos, no llueve de algún sitio. Y, si vives en una cultura que convierte en costumbre gritar 'satanás' o 'irresponsables' cada vez que ve una escena de celebración colectiva, pues nos iremos quedando sin espacio para ellas. Si, por el contrario, damos valor y defendemos las bondades y la necesidad de esos espacios y tiempos de alegría, baile, encuentro y unión común, tendremos una cultura de la fiesta cada vez más sana y más rica. De nosotros depende».

Tal como apunta, esta hostilidad hacia la fiesta no tiene nada de nuevo. En el pasado, la fiesta era cosa seria, interrumpía por completo la actividad productiva y suponía –desde nuestro punto de vista– un derroche muy notable de tiempo y de recursos, tal como ocurre todavía en algunas sociedades tribales. El antropólogo Óscar Calavia relata, en su libro 'Basura', el estupor de conquistadores y misioneros ante los festejos y las «cogorzas heroicas» de varios días a las que se entregaban los pueblos indígenas americanos. Entre nosotros, la celebración colectiva se ha visto sometida a sucesivos recortes: cada época, desde el Imperio Romano hasta la Revolución Industrial, le asestaba el correspondiente tijeretazo. «En las sociedades premodernas, fiestas como los antiguos carnavales lo paraban todo y le daban la vuelta. En nuestra sociedad, la actividad económica y laboral no se puede permitir esas rupturas tan brutales, ni parece que reconozcamos tanto la necesidad de esa cosa comunal y excesiva, y además siempre suponen cierto problema de desorden público –reflexiona Amparo Lasén–. Es verdad que, a diferencia de otros países, aquí tenemos un reconocimiento social y cultural de la importancia de la fiesta, pero en el discurso más racional no se identifica tanto, parece que no hace falta ese exceso, que puedes ser siempre mesurado y seguir adelante con los placeres moderados. Aunque las fiestas no sean subversivas, siempre tienen el componente de recordarte que hay otra cosa que no es el trabajo y el orden racional».

Una juerga al mes pagada por la empresa: «Es trabajo»

Dani Sánchez-Crespo, director de la empresa de videojuegos Novarama, es una de esas personas que han comprobado, con cierta sorpresa, la tremenda falta que les hacía la fiesta. Después de casi dos años de teletrabajo, durante los que su compañía ha crecido y ha empezado a contratar gente de fuera de Barcelona, la semana pasada organizaron una quedada lúdica y, claro, presencial, porque esa parte del trabajo (la que más añoraba toda la plantilla) es la que más difícilmente se adapta al Zoom y demás herramientas telemáticas. Reservaron «un chiringuito», hicieron tests de antígenos a quien fuera necesario y, ¡por fin!, se juntaron.

¿Y? «Fue la leche», ha resumido Sánchez-Crespo en las redes. Allí se organizó una fiesta «de las de verdad, de decir 'te quiero, tío' a los colegas y volver a casa hecho unos zorros». El reencuentro evidenció el hueco que había quedado con la ausencia «del colegueo, los chistes, la tontería esa de que hablas de cualquier memez y te ríes» y dejó al director con una conclusión y una resolución: «Cuiden la parte humana –ha recomendado–. Yo no creía que necesitase tanto una juerga, hasta que monté una. Y me di cuenta que con todo esto del covid hemos perdido mucha 'piel': mucho vernos, tocarnos, mucha empatía. ¿Yo? Lo tengo clarísimo: vamos a hacer una juerga al mes. Pagada por la empresa, evidentemente: es trabajo»