HIGINIA GARAY

Un bikini con relleno a los 6 años

Los peligros de sexualizar la infancia obligan a la sociedad a permanecer alerta ante las muestras que aún hoy se dan

Rocío Mendoza
ROCÍO MENDOZA Madrid

¿En qué esquema mental cabe poner relleno a un bikini para niñas de 6 años? ¿Por qué y, sobre todo, para qué? Si le sorprende la pregunta, no lo hará menos la respuesta: este tipo de prendas propias de adultas, pero tamaño infantil, se cuelan con relativa frecuencia en las colecciones de toda clase de marcas.

La última en prender la mecha de la polémica ha sido PatPat y sus bikinis de adulta adaptados a un cuerpo de 6 años. Pero antes de este hubo otros casos; algunos protagonizados por marcas muy populares en España y otras extranjeras, poco conocidas. Pero unas y otras, de aquí y o de allá, pecan de lo mismo: constituyen en sí mismas una expresión más de la sexualización de la infancia, una lacra a erradicar en cualquier sociedad que se precie y que, a pesar de lo que a todas luces se ha evolucionado, sigue buscando la mínima rendija por la que colarse. Se percibe en ciertas colecciones de ropa, en algunas campañas de publicidad, en la cartelería de reclamo para diversos eventos, en las omnipresentes redes sociales... Toda alerta es poca.

Los citados bikinis de la plataforma de venta de moda infantil PatPat han sido los últimos en poner en guardia a los consumidores. Una madre gallega, escandalizada por lo inapropiado de la prenda, colgó en Twitter una foto de la misma junto al siguiente texto: ««Le han regalado este top a mi hija. Talla 5-6. Sí, estáis viendo bien, llevan relleno». 2.000 retuits y 13.500 'me gusta' recibió el post, además de multitud de comentarios que descalificaban al fabricante. Ana, la autora del tuit, dijo no alcanzar a entender el objetivo de que niñas tan pequeñas insinúen un pecho que no tienen. «Mi hija no demanda esto», añadió, «ni las amigas de mi hija».

¿Está realmente en las manos de la ciudadanía parar este tipo de manifestaciones? Sin duda. En dos vertientes: en la del consumo responsable (puede ser la mayor expresión del activismo) y en la vigilancia constante del entorno para no dejar pasar ninguna manifestación que atribuya a las niñas connotación erótica alguna.

Las redes sociales pueden servir de altavoz y hacer viral quejas de forma puntual, pero en nuestro país existen instituciones que dedican recursos a la vigilancia de estos asuntos. Es el caso del Observatorio de la Imagen de la Mujer (OIM), iniciativa llevada a cabo por el Instituto de las Mujeres y adscrito al Ministerio de Igualdad del Gobierno de España. Su labor, desde 1994, es recoger las alertas ciudadanas relativas a productos e imágenes donde la imagen de la mujer sea inapropiada, o esta sea cosificada, menospreciada y, especialmente en el caso de las niñas, sexualizada.

Su directora, María Jesús Ortiz, explica que realizan un análisis de las quejas que llegan para determinar los aspectos conflictivos y, tras ello, se determina y se valora qué tipo de actuación emprender en función del contexto. «Por lo general -puntualiza- escribimos cartas en las que se pide la retirada de anuncios o productos, o el cese de una actividad concreta, junto con recomendaciones».

El pasado octubre, con motivo del Día Internacional de la Niña, el OIM emitió un informe enfocado al problema de la erotiización de las pequeñas en nuestra sociedad, una «perniciosa práctica profesional –denuncian– que constituye la expresión más extrema de la sexualización de las mujeres en general.

El Parlamento Europeo, el Consejo de Europa o el Congreso Español están entre las instituciones que han abordado este problema y reclamado la adopción de medidas para su eliminación. En su informe, que recoge denuncias de toda una década, hace notar que la cosificación y representación sexualizada de las niñas no es muy frecuente, pero sí «constante». Así lo pone de manifiesto las 140 quejas ciudadanas gestionadas por el Observatorio, donde hay marcas muy reconocibles por la misma cuestión de los bikinis con relleno para menores que ni han alcanzado la adolescencia. «Hay que decir que en todos los casos son muy receptivos cuando reciben nuestras misivas», apunta Ortiz.

«Lo que se transmite con esto es un mensaje que ataca a la autoestima de las niñas, al decirles que tienen que corregir su cuerpo»

maría jesús ortiz | observatorio de la imagen de la mujer

¿Pero cómo es posible que esto siga sucediendo? «La española es una sociedad que está muy avanzada en este sentido; tolera poco campañas inadecuadas, tal y como hemos comprobado cuando hemos tenido reuniones con representantes de otros países donde sí hay campañas que para nosotros serían impensables», reflexiona Ortiz.

Pero un mundo globalizado, las fronteras se diluyen. Uno de los entornos donde este efecto más se nota, además del consumo marcado por la venta por internet, es el de las redes sociales. Dos comunicólogas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Gabriela Padilla y Paula Requeijo, han realizado un trabajo de investigación sobre la erotización de menores en las redes sociales. Tanto en perfiles donde las niñas son las protagonistas, como en los de adultas que intentan seducir con elementos propios de la infancial (colores, muñecas, ropa, peinados, etc.).

En sus conclusiones, tras analizar decenas de perfiles de Instagram, describen cómo «las mayores quieren seguir pareciendo niñas, pero las niñas quieren parecer mayores. Se produce, por tanto, una inversión de estilos sobre la edad, que sí tienen un rasgo definitorio común: la infancia como reclamo sexual o mercancía». Sorprende que la mayoría de las cuentas con imágenes más llamativas son de niñas en países como Estados Unidos, Rusia o Brasil. Eso sí, todas están al alcance de los consumidores procedentes de cualquier parte del mundo.

Para combatirlo, aconsejan Padilla y Requeijo, « madres, padres y educadores necesitan conocer esta nueva forma de sexualización implícita para educar a los menores y alertarles de los posibles usos que otros pueden hacer de sus imágenes. Solo así se podrá hacer una censura y condena común que acabe con este tipo de fotografías y por extensión, con cualquier forma de sexualización que altere la igualdad de hombres y mujeres».

A todas luces, la educación sigue siendo necesaria. ¿Por qué no cesan esta manifestaciónes? Porque, opina Ortiz, «hay cosas que tenemos interiorizadas y nos parece normales y no le damos importancia hasta que nos lo hacen ver explícitamente». Como el caso de los minibikinis con foam.

Además de las prendas, el foco se pone sobre las imágenes que se difunden públicamente (publicidad, películas, etc.) con connotaciones sexuales, esto es, donde las niñas sean objeto de deseo: «Estas connotaciones pueden ser expresas, como el maquillaje para resaltar labios y ojos, algo propio de rostros adultos. A veces, esto se intenta justificar por las necesidades de las fotografías, pero nosotros lo dudamos. ¿No está bien una niña al natural? Otras veces, se trata de algo más sutil: al maquillaje se unen posturas sugerentes, no naturales en una niña, que al fin y al cabo son réplicas de gestos sugerentes de mujeres adultas. Finalmente, las prendas que se eligen dicen mucho. Hemos llegado a ver anuncios de preadolescentes con ligas a media pierna», se lamenta la directora del OIM.

Además de la ropa, también han analizado productos como los juguetes. En un estudio del mismo Instituto de las Mujeres sobre el sexismo en la publicidad de juguetes se obtuvo que en un 8,5 % de los anuncios analizados, protagonizados por niñas, estas aparecen en este contexto asociado a la sexualidad o el erotismo. El fenómeno también se da, y se denuncia al inversa, esto es, cuando se recurre a la imagen infantil como fetiche sexual. ¿No le suena la representación de adultas como colegialas para vender disfraces con connotaciones sexuales? Estos también son objeto de numerosas denuncias. Hay quienes puedan ver en estas manifestaciones «algo gracioso» sin más trascendencia, pero realmente son «dañinos».

«A la influencia mediática se suma la familiar. Muchas mujeres han asumido pasivamente, sin darse cuenta, sin quejas, su condición de objeto, han aprendido que han de ser sexualmente atractivas»

Celia Ruiz | psicopedagoga especializada en infancia

Un bikini con relleno, valora María Jesús Ortiz, no dice a un niña más que «su cuerpo no está bien como es, sino que hay que corregirlo y que hacer un esfuerzo enorme por parecerse a los modelos imperantes».

Estas ideas calan y hacen daño. La primera consecuencia de esta sexualización es la destrucción de la propia infancia. La sexualización se define como «la tendencia a enfatizar el valor sexual de la persona por encima de cualquier otra cualidad definitoria». Si esto se hace con una niña, directamente «se acaba con su condición infantil», enfatiza la psicopedagoga especializada en infancia y adolescencia Celia Ruiz.

El citado Observatorio se enfoca en los medios, la imagen pública, las películas, la televisión. Pero, ¿qué hay del ámbito privado? «A la influencia mediática se suma la familiar. Muchas mujeres han asumido pasivamente, sin darse cuenta, sin quejas, su condición de objeto, han aprendido que han de ser sexualmente atractivas. Estas mujeres son madres, hermanas, tías, abuelas, etcétera, que se convierten en modelos a imitar por las niñas. Y es así como desde la familia se transmite el patrón de sexualización», añade Ruiz. Así, además de alabar a las niñas por si están más o menos guapas con una prenda que se haya puesto, hay que resaltar otras cualidades que no les hagan poner el foco sobre sus cuerpos o si gustan o no a los demás.

De no evitarse esta cosificación, las consecuencias a futuro son la pérdida de autoestima, ya que han aprendido a valorarse en función de la imagen. «Crecerán frágiles y manipulables», añade la citada pedagoga, pudiendo llegar a desarrollar trastornos de la alimentación, entre otros. En la escala de las consecuencias colaterales más trágicas se encuentra la tolerancia a comportamientos enmarcados en la violencia de género, donde las mujeres, convertidas en objetos sexuales, quedan deshumanizadas.

Una década de quejas ciudadanas

Bombera con tacón de aguja

Disfraces Alegría S. L. ha sido una de las marcas conminadas por el OIM. En su oferta destaca un disfraz de bombera en minifalda. En la foto de portada aparece una niña con botas de tacón de aguja. También vendía de «enfermera sexy».

El foam en el supermercado

Entre los años 2014 y 2017 estos distribuidores y marcas fueron objeto de seguimiento por la venta de sujetadores y bikinis con relleno para tallas de 9 a 12 años. Algunos, para más pequeñas incluso, como los de Minie.

De compras al centro

Puede resultar tierno, pero no lo es. El uso de una imagen de una niña de no más de 5 años vestida con un traje de señora (falda de tubo y top peplum), bolso incluido, como reclamo para ir de compras a un centro comercial catalán.

El extremo del estereotipo

Los centros Princelandia también se citan en el informe del OIM por su oferta de ocio limitada a la preocupación por el físico, con spas, salones de belleza o «escuela de princesas» que enseña a asociar apariencia con éxito social.

#lolita ¡Ojo a la red social!

Al poner este hashtag en Instagram, aparecen más de 500.000 resultados con fotografías de chicas con rasgos similares a muñecas, la piel maquillada en un tono muy blanco y vestidos que remiten al imaginario infantil.