Cuando llueven balas del cielo

La peligrosa costumbre de disparar al aire para expresar alegría o tristeza sigue vigente en buena parte del mundo: un futbolista internacional libanés está entre las últimas víctimas

Carlos Benito
CARLOS BENITO

El pasado 21 de agosto, Mohamed Atwi caminaba por Beirut, una ciudad sacudida por la conmoción de la devastadora explosión de dos semanas antes. Atwi era un hombre muy conocido en la capital libanesa: con 32 años, su trayectoria futbolística como centrocampista le había llevado a la selección nacional y a ganar tres títulos de liga con el Ansar, el equipo donde había jugado la mayor parte de su carrera. Se encontraba en una de las zonas más ajetreadas de la capital, cerca del cruce de Cola, de donde salen los servicios de autobús para el resto del país, cuando algo le golpeó repentinamente en la cabeza. Lo trasladaron de urgencia al hospital y le operaron para detener la hemorragia cerebral, pero Atwi nunca se recuperó y acabó falleciendo a principios de este mes.

Al jugador internacional libanés lo había matado una bala perdida que 'llovió' del cielo y que los cirujanos no fueron capaces de extraer de su cerebro. Las investigaciones concienzudas siempre resultan complicadas en estos casos, y más aún en una sociedad sumida en el caos como es ahora mismo la de Beirut, pero todo apunta a que el disparo procedía del funeral de Joe Bou Saab, uno de los bomberos que fallecieron en el monstruoso estallido del puerto. Como tantas otras veces, la ceremonia fúnebre incluyó el disparo de armas hacia el cielo, una expresión tradicional de dolor (y, cuando se tercia, también de alborozo) en Medio Oriente y en buena parte del mundo. Esos tiros se utilizan como una manera de expresar lo inexpresable, un sufrimiento que va más allá del lenguaje y exige una exteriorización más drástica. «Aquí en Líbano disparan tanto para manifestar tristeza como alegría. Lo hacen en funerales, en bodas, en partidos de fútbol, cuando salen los resultados de exámenes, en mítines políticos...», explica a este periódico, con impotencia y hartazgo, la pediatra Rana Sharara-Chami, profesora del centro médico de la Universidad Americana de Beirut.

– ¿Y por qué recurren a eso?

– Según los que disparan, les proporciona cierta sensación de euforia. De hecho, ¡la gente también disparó al aire durante el funeral de Mohamed Atwi!

La doctora Sharara-Chami es una de las activistas más visibles contra esta práctica. Su compromiso surgió en 2017 y tiene un nombre: Adam, un niño de 7 años que llegó a urgencias inconsciente, sin pulso, «con el traje y la pajarita negra que llevaba mientras tocaba la pandereta en la fiesta de compromiso de su tío» y con un agujero «pequeño como la punta de un lapicero» en un costado de la cabeza. El pequeño Adam falleció seis días después y la pediatra, una compañera y dos residentes pusieron en marcha el Stray Bullet Project (es decir, el 'proyecto de la bala perdida'), un intento de concienciar a la sociedad para que ponga fin a esta «práctica arcaica» de una vez por todas: «Las armas de fuego están muy disponibles en Líbano, un país desgarrado por guerras civiles, y se han vuelto ubicuas en las celebraciones y las tragedias. La gente llena el cielo de balas que acabarán llevándose vidas inocentes, a menudo de niños».

Más tiros que en las Ardenas

Líbano es solo un ejemplo de una costumbre que está extendida por gran parte del planeta y que abarca culturas muy diversas: lo que en inglés llaman 'celebratory gunfire' se da en Oriente Próximo, Afganistán, Pakistán y la India, pero también en los Balcanes y Rusia, en algunos puntos de Hispanoamérica y, por supuesto, en Estados Unidos. «La Nochevieja en Miami conlleva más disparos que la batalla de las Ardenas», ha ironizado un periodista. Quizá lo único que compartan todos esos rincones del globo es que, por su complicada historia reciente o por lo laxo de su legislación y control, las armas de fuego se encuentran al alcance de buena parte de la población. De hecho, también en la España de hace un siglo era habitual recibir a tiros el Año Nuevo y los gobernadores y comisarios solían emprender campañas navideñas para desterrar aquella tradición.

Una imagen del funeral de Mohamed Atwi.

Los que abren fuego –de manera casi exclusiva, varones– no suelen preocuparse por las consecuencias, como si el arrebato anulase su racionalidad, pero a veces actúan convencidos de que esos disparos hacia arriba no plantean peligro. Por supuesto, se equivocan. Para empezar, existe el riesgo evidente de que un tirador poco experimentado no logre controlar el arma –por ejemplo, un kalashnikov– y acabe alcanzando directamente a otros participantes en la fiesta o el funeral. En India, por ejemplo, resulta relativamente común que las bodas acaben en escabechina por falta de pericia, y esta misma primavera, en Jordania, un hombre que acababa de salir de la cárcel murió en su fiesta de bienvenida cuando un primo suyo se hizo un lío con la pistola en pleno frenesí.

Pero, aun en el caso de que la maniobra salga bien, esas balas no se sustraen a la acción de la gravedad y la resistencia del aire y acaban cayendo: según los científicos, lo hacen a una velocidad de unos 240 kilómetros por hora, alrededor de la décima parte de la que llevaban al salir del cañón, pero resultan particularmente peligrosas porque, en caso de impactar contra un ser humano, suelen hacerlo sobre la cabeza o el pecho. Un estudio realizado en un hospital de Los Ángeles sitúa su letalidad en el 32%, muy superior a la media de los balazos en general. Por su configuración anatómica, los niños resultan especialmente vulnerables y aparecen a menudo como protagonistas de estas trágicas historias. Los expertos puntualizan además que las consideraciones sobre las balas disparadas hacia arriba (que, aun así pueden acabar cayendo a cientos de metros de distancia) se quedan muy cortas en el caso de que el tiro siga una trayectoria oblicua, con lo que no llega a detenerse en el aire y la merma de velocidad no es tan acentuada.

Nochevieja en el jardín

Resulta difícil estimar cuántas víctimas produce esta práctica, ya que no existen estadísticas globales y muchos casos ni siquiera trascienden más allá del ámbito local. Pero es sencillísimo encontrar más ejemplos de este mismo año. En Nochevieja, minutos después de medianoche, una enfermera de 61 años de Houston (Texas) falleció alcanzada por una de estas 'balas celebratorias' cuando recibía el nuevo año en un jardín. En marzo, en la localidad pakistaní de Mangani Shareef, un niño de 8 años corrió la misma suerte en una boda (hace unas semanas, también en ese país asiático, la víctima fue un niño de 11 años y el motivo de los disparos, el nacimiento de un bebé). Y el 4 de julio, una festividad en la que suelen registrarse incidentes de este tipo en Estados Unidos, una mujer de 74 años perdió la vida en Carolina del Norte cuando una bala «cayó del cielo» y le impactó en el pecho. En algunos lugares del mundo, los médicos de urgencias ya están preparados para recibir la avalancha inevitable que les va a llegar en determinadas circunstancias: cuando la selección iraquí ganó la Copa de Asia, la multitud se echó a las calles en Bagdad y se registraron cuatro muertos y al menos diecisiete heridos por balas perdidas. A las desgracias personales se suman, en estos casos, múltiples daños en coches, comercios y casas.

Incontables organizaciones hacen campaña por erradicar esta tradición. «Las balas no son tarjetas de felicitación», recuerda un eslogan empleado en Macedonia. Pero los resultados de tanto esfuerzo brindan escasos ejemplos de éxito: uno de ellos es Puerto Rico, donde los tiros de celebración eran una lacra que arrebataba alguna vida todos los años, sobre todo en Nochevieja, pero se han vuelto infrecuentes a raíz de una campaña de concienciación. «Las balas no van al cielo, pero nuestros niños sí», resume Carlos Negrón, padre de una adolescente de 15 años que murió por esta causa.

Pero en otros lugares, como Líbano, queda mucho por hacer. «Para conseguir un cambio, tenemos que empezar a multar severamente a quienes disparen, encerrarlos, educar a los niños para que no lo hagan y controlar las armas, entre otras muchas cosas –reflexiona, desde Beirut, la doctora Rana Sharara-Chami–. La gente tiene que entender las consecuencias de lo que hace».

Algunos casos

  • Montenegro. El 7 de enero de 2008, un avión recibió un tiro en la cola cuando aterrizaba en la capital, Podgorica. Los investigadores atribuyeron el disparo a las celebraciones por la Navidad ortodoxa.

  • Arabia Saudí. En 2012, veintitrés personas (casi todas mujeres y niños) murieron en una boda en las inmediaciones de Abqaiq, cuando uno de los disparos de celebración derribó un cable de alta tensión. No hacía ni un mes que el Gobierno saudí había prohibido esta práctica en las bodas.

  • Irak. Al menos veinte personas fallecieron por esta causa en 2003, durante las reacciones a la muerte de Uday y Kusay Husein –los hijos de Sadam– en un ataque del Ejército estadounidense.

  • Estados Unidos. En 2005, un soldado novato que acababa de volver de una base en Texas estaba de fiesta con unos amigos y disparó al aire en el barrio neoyorquino de Queens. Una bala entró por la ventana de un quinto piso y mató a una joven bangladesí de 28 años.