Higinia Garay

Adolescente lejos del nido: ¿y ahora qué?

Cada vez es más común que los hijos estudien fuera y el hogar se vacíe antes de esperado. Para vivirlo sin dramas conviene reordenar la vida personal y moderarse con el WhatsApp

Rocío Mendoza
ROCÍO MENDOZA Madrid

Para que los hijos alcen el vuelo y abandonen el nido algún día todo el mundo (o casi) está preparado. Hay quien, por qué no decirlo, hasta ansía que llegue el momento si este se demora más de la cuenta. Pero lo que puede resultar menos llevadero es el hecho de que se vayan lejos de casa antes de tiempo; esto es, en la adolescencia o, incluso antes, cuando aún no han llegado a alcanzar ese paso hacia su madurez.

En esta tesitura se encuentran miles de familias que deciden enviar a sus retoños a pasar un curso, o parte de él, en un país extranjero para completar con una experiencia internacional su formación, del mismo modo que lo ha hecho la princesa Leonor, recientemente instalada en Gales. ¿Es tan bonita la vivencia para el que se marcha como para los que se quedan? Como para casi todo, depende de cómo se sepa gestionar.

Según la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero (Aseproce), que engloba a la mayoría de entidades que los organizan, esta opción se ve cada vez menos como algo exclusivo de las élites. Y en la última década, el incremento de estudiantes que han cursado estudios en el extranjero ha crecido un 25%.

Entre el año pasado y este también se ha notado el auge. El pasado mes de marzo eran ya 18.000 los chavales que se habían matriculado para pasar fuera de España el próximo curso, 8.000 más que el anterior. Desde Aseproce consideran que, además de que haya habido un claro «efecto Leonor», el aumento está propiciado por el ahorro extra de las familias durante la pandemia. Lo que ha permitido a muchas plantearse «invertirlo» en esta alternativa de formación.

Cinco de los organizadores

  • Organizar con tiempo el viaje para poder recabar toda la información y analizarla bien.

  • Elegir una organización especializada que cuente con amplia experiencia.

  • Comparar y consultar varias opciones antes de elegir una.

  • Escoger el país, el centro académico y la forma de alojamiento que mejor se adapte al estudiante. Difiere mucho EE UU de Europa, por ejemplo, en las normas de convivencia y los programas académicos.

  • Acudir a las sesiones de orientación para familias y alumnos.

Por lógica, la elección de colegio o universidad, alojamiento (familia o residencia), seguros, visados, convalidaciones de materias, presupuestos e imprevistos, etc. copan las preocupaciones cuando se decide dar este paso. Pero la parte psicológica juega también un papel tan importante y en las guías de consejos elaboradas por los organizadores «la necesidad de estar preparados para pasar un año de separación» figura en el puesto uno de requisitos a superar.

Para los hijos puede resultar a veces duro y «deben saber cómo superar el periodo de nostalgia que, en ocasiones, aparece al principio, llenado su tiempo con actividades y relaciones en el lugar de destino», aconsejan desde la citada patronal, pero es un reto enriquecedor porque están en fase de crecer, de descubrir.

Los progenitores, sin embargo, sienten inevitablemente que están aún en fase de cuidar y no de dejar. Para ellos supone un cambio de vida al que hay que adaptarse de golpe después de fajarse durante años en la carrera más intensiva: la crianza.

Una pausa prematura

Esto se da especialmente cuando la ausencia llega en la preadolescencia. Algo que, aunque choque, no es raro. A partir de los 12 años muchos niños ya parten. Ya sea un verano, un trimestre o un curso entero. Hay programas que los admiten incluso a los 10 años. Aunque lo más frecuente, además de la etapa universitaria, sea la franja entre 14 y 16 años.

Y aunque nunca parezca demasiado tarde para separarse, lo cierto es que los psicólogos recomiendan aprender a hacerlo desde que los niños nacen. «Por supuesto que la separación de un hijo se siente, tenga la edad que tenga. Pero a lo largo de los años y del crecimiento debemos ir afrontando las primeras ausencias cada vez más largas, donde los hijos pueden ser más autónomos y los padres han de ir habituándose a ocupar otro lugar frente a los niños», aconseja Raquel Huéscar, psicóloga general, miembro de 'En bienestar psicólogos'.

Entrenarse desde la cuna

Esto entronca con la vieja idea –obvia y, a la vez, profunda– de que los hijos no son una propiedad. Si la familia ha sido construida con estos cimientos, si se ha acompañado más que anulado, si se ha escuchado más que impuesto, se puede considerar que se tiene hecho gran parte del trabajo que luego hará más llevadera y saludable una separación temporal.

Además, cuesta menos si la persona ha sido algo más que padre o madre. Es decir, si se ha cuidado la parcela personal. Lo ideal no es darlo absolutamente todo en la crianza, aunque lo parezca. Desde el punto de vista del bienestar mental, lo es acostumbrarse cuanto antes mejor a reservar algo para uno mismo: cultivar el autocuidado (físico o psicológico), las relaciones íntimas, los amigos, el trabajo... «De lo contrario –dice la psicóloga– es muy probable que quedes atrapado en un solo papel y que vivas solo a través de los hijos, con lo que las separaciones costarán más».

«El momento genera tristeza o pena, pero también se puede disfrutar y vivir de forma sana», valora Huéscar. Para ello, hay que trabajar un vínculo de seguridad en el que se disfrute de estar juntos, pero también lo contrario, y donde todos se puedan expresar.

«Aquellos niños que tienen dificultades para contar sus necesidades a la familia es posible que no estén preparados para separarse, o cuando hay problemas de comportamiento o de relación. Pero la separación no ha de ser vivida como abandono», señala la psicóloga, que aconseja aprovechar para reorganizar la vida personal, aunque solo sea por un año o un trimestre.

Otras ocupaciones

Muchos padres aprovechan el espacio que supone esta pausa en la crianza para disfrutar en pareja (o con amigos) o, simplemente, para poder hablar con calma de todo lo que se quedó al margen por falta de tiempo. «Hay que reorganizarse el tiempo, aprender a estar a solas y a tener otro tipo de planes. Claro que se echará de menos, pero el objetivo será que sea una experiencia enriquecedora para todos y que en el momento del reencuentro se pueda poner en común».

En Aseproce coinciden y aconsejan enfocarse a los beneficios posteriores. «Cualquier padre quiere lo mejor para sus hijos; si se ha hecho un buen trabajo previo de orientación, cursar un año escolar fuera ayuda al joven a adquirir unas capacidades que facilitarán su posterior incorporación en el mundo laboral y le aportarán una clara ventaja competitiva. Además de dominar un segundo idioma, ganará en flexibilidad, capacidad de decisión, de respuesta, de madurez... Aptitudes muy valoradas hoy».

Para que crezcan en este sentido, la separación debe ser real. No se trata de ejercer un control a distancia exhaustivo. Hay que moderarse con los mensajes de WhatsApp porque puede ser contraproducente. «Lo ideal es mostrarse emocionalmente cerca, pero no continuamente en contacto. Hoy en día con la mensajería instantánea pensamos que el otro ha de estar disponible para nosotros todo el tiempo. Y nada más lejos de la realidad. Hay que poder tener la confianza para decir, 'ahora no' o poder decir con libertad, 'necesito hablar contigo', tanto para unos como para otros. La relación afectiva es algo que está dentro de uno, no es algo que se diluya por no hablar o tener contacto a cada momento».

Pensar en positivo, la clave para sobrellevarlo

A Ana Fernández y su familia les llegó la separación de su hijo mayor ya en la Universidad, cuando logró una beca para estudiar en Indiana (Estados Unidos), en la misma universidad en su día lo hiciese Neil Amstrong y la mayoría de los astronautas de la NASA. «Para él era como cumplir un sueño», recuerda ahora esta madre, que recuerda el momento de la separación con menos incertidumbre, al ser su hijo ya universitario. «A esa edad ya no tienes esa angustia sobre si estará o no preparado para afrontar un curso. Con 20 años es más una aventura», matiza.

A pesar de que lo vivieron con ilusión, reconoce que derramó más de una lágrima. «Cuando llega el momento de hacer las maletas –prosigue– es duro, no sabes a qué se va a enfrentar, se marchaba a un país lejos de casa. Saber que no le vas a ver en muchos meses (con suerte solo en Navidad), que no estás a un paso, genera angustia».

Pero Ana coincide con los expertos en estos programas al dar la clave para sobrellevar la distancia: ser positivo. «Nunca pensé que podría ocurrirle algo malo. Al contrario, le imaginaba disfrutando. Y así fue. Hoy puedo decir que allí ha hecho grandes amigos, que son amigos para siempre. Además, un profesor le ha llamado para que forme parte de un proyecto de investigación en la universidad americana y ha logrado su primer empleo teletrabajando para una empresa tecnológica de la Costa Este», relata con orgullo.

Los beneficios que para la vida laboral tienen las experiencias internacionales suelen compensar las renuncias. «Cuando te despides, lo pasas mal y sí que te sientes triste. Pero esto dura hasta que te manda un mensaje diciéndote que ha llegado a la Universidad y sientes que está feliz».

Mantenerse en contacto, y la forma de gestionar esta parte, tambiéne es importante. Esta familia tenía en los vídeos enviados de su hijo en la universidad su mejor alidado. «Antes de marcharse ya nos advirtió que no podíamos estar todo el día llamando. Así que nos limitábamos a escribirnos Whatsapps y hablábamos una vez cada 15 días. Con las nuevas tecnologías ahora hay una ventaja extra: las videollamadas. Aunque en nuestro caso no le gustaban demasiado. A nosotros lo que más ilusión nos hacía era recibir videos suyos desde las universidad».