Ilustración: Alberto Muriel

El hombre con un Mini sobre la cabeza y otros récords con mucho aguante

Los responsables del libro Guinness seleccionan para nosotros diez marcas que se resisten a ser superadas, incluidas algunas que nadie en su sano juicio desearía batir

CARLOS BENITO

El libro Guinness de los récords nació en los años 50 con el propósito de resolver discusiones de pub, esas pendencias estériles sobre quién tiene la respuesta correcta a alguna pregunta más o menos disparatada, pero con el tiempo ha conseguido que lo de batir récords se convierta en una actividad en sí misma. El planeta está repleto de aspirantes a aparecer en sus páginas: algunos lo pretenden a través de alguna proeza admirable y otros, mediante majaderías sin sentido, aunque quizá lo más interesante sea el punto medio, todas esas marcas que son evidentemente superfluas, que no añaden nada al avance de la humanidad, pero que a la vez parecen retarnos con su combinación de dificultad y capricho. Estos últimos días, por ejemplo, los responsables de Guinness World Records (ese es su nombre oficial) celebraban en sus redes la increíble habilidad del yemení Mohammed Muqbel para crear una columna de huevos, en equilibrio uno sobre otro (coloca solo tres, pero inténtenlo y verán), y también la rara capacidad del etíope Kirubel Yilma, un surtidor humano que se tiró 56 segundos echando agua por la boca a modo de spray (quizá no parezca tanto, pero... prueben, prueben).

Pese a esa fiebre por los récords de las últimas décadas, hay marcas que se resisten a ser superadas. Los propios responsables de Guinness World Records han escogido para este muestrario diez de ellas, que llevan años apareciendo en su famoso libro y estarán también en la edición de 2020, prevista para después del verano. Su selección refleja la habitual variedad de su catálogo de logros, tanto en la temática como en el mérito e incluso en los porqués de su persistencia: algunos de estos récords parecen simplemente imbatibles, incluso hay dos o tres que nadie en su sano juicio desearía superar, mientras que en otros sorprende que hayan aguantado tanto tiempo.

Los 2,72 de Robert Wadlow

En 1955, cuando se puso en marcha el libro Guinness, la mayor preocupación de sus promotores era filtrar con criterios objetivos algunos récords legendarios que carecían de sustento científico. Así, el título de hombre más alto de la historia no fue a parar al gigantón bíblico Og, sino al estadounidense Robert Wadlow, fallecido en 1940 con una estatura de 2,72 metros. Han pasado ochenta años desde su muerte, pero nadie ha superado esa altura casi inconcebible, que resultaba de un problema en su glándula pituitaria. Robert medía 1,63 a los 5 años, superó el 1,80 de su padre a los 8 y ya pasaba de 2,45 a los 17. Protagoniza otros dos epígrafes del Guinness: fue la persona con las manos más grandes (32,3 centímetros) y con los mayores pies (47 centímetros), y de hecho una de las grandes alegrías de su vida fue que una empresa se prestó a confeccionarle los zapatos de manera gratuita. Murió a los 22 años, a consecuencia de la sepsis que le causó en el tobillo uno de los dispositivos ortopédicos que necesitaba para andar, y en su ciudad (Alton) lo recuerdan con una estatua a tamaño real, es decir, enorme. Una vez le preguntaron si le molestaba que la gente estuviese siempre fijándose en él, y respondió: «Me limito a mirarlos por encima del hombro».

El Thrust SCC en el desierto de Black Rock, con Andy Green al volante. / David B. Parker/AP

El coche que rompió la barrera del sonido

Llama la atención que el récord de velocidad en tierra se mantenga imbatido desde el siglo pasado: lo consiguió el británico Andy Green en 1997, a bordo del vehículo Thrust SSC, que rompió la barrera del sonido y alcanzó los 1.227 kilómetros por hora. Este récord había estado sometido a cambios constantes durante buena parte del siglo XX, incluso llegó a superarse dos veces en un mismo año, pero Green, piloto de la RAF, fue el primero que rebasó la velocidad del sonido: lo hizo en el desierto de Black Rock, en Nevada, y provocó una onda de choque que se apreció perfectamente a kilómetros de distancia y que incluso barrió las huellas dejadas por el coche (aunque ese nombre no acaba de cuadrarle a un mecanismo tan sofisticado y aerodinámico). Los espectadores se pusieron como locos al escuchar el estampido del 'match 1', pero Green ni siquiera pudo oírlo, porque el sonido no corría tanto como él.

Un genio del desguace... y de la supervivencia

Hay otro récord vinculado a la competición por conseguir coches cada vez más rápidos, pero este es uno de los que nadie se plantea batir: el estadounidense Art Arfons se convirtió en 1966 en el superviviente de un choque a mayor velocidad. Art, un «genio del desguace», ostentó el récord de mayor velocidad en tierra en 1964 y 1965 con los vehículos que él mismo construía, bautizados como Green Monster. Consiguió incorporar a su coche el motor General Electric J97 de un caza F-104 Starfighter, comprado de manera un tanto irregular, aunque tuvo que improvisar porque sus detalles técnicos estaban aún clasificados por el Gobierno. En 1966, cuando circulaba a 981 kilómetros por hora, un problema con los cojinetes de una rueda lo tuvo dando vueltas de campana durante más de un kilómetro, pero solo sufrió algunos rasguños, contusiones y quemaduras. Fue mucho más trágico su reventón de 1971, durante una exhibición en Texas, que produjo la muerte de tres personas pero, de nuevo, dejó a Arfons con heridas menores. El creador y piloto de los Green Monster falleció en 2007 y lo enterraron con una llave inglesa y el manual del General Electric J97, ya desclasificado.

El hombre con un Mini sobre la cabeza

Vamos a redondear la serie automovilística con un tercer récord, aunque este coche ni se movía ni podía hacerlo. La foto del británico John Evans con un Mini Cooper sobre la cabeza es una de las imágenes más fascinantes de toda la historia de los Guinness. Evans trabajaba de albañil y, en la obra, se dio cuenta de que le resultaba más cómodo trasladar grandes cantidades de ladrillos sobre la cabeza, porque así le quedaban las manos libres. Con el tiempo, supo transformar esa rara habilidad en un espectáculo que combina fuerza y equilibrio: se ha convertido en un 'recordman' en serie, con un montón de marcas que consisten en soportar cargas apartosas y pesadas encima de la cocorota. Por ejemplo, 235 vasos de pinta, once barriles de cerveza, 188 kilos de ladrillos o, sí, un Mini, aunque este tenía su truco, porque lo habían destripado y 'solo' pesaba 159 kilos. Le sirve, en cualquier caso, para ser desde hace 21 años el hombre que ha mantenido en equilibrio sobre la cabeza el coche más pesado.

Nadie ha podido con 'la abuela que galopa'

Choca bastante que la mujer que ha tardado menos en atravesar Estados Unidos a pie tuviese 53 años. De hecho, para entonces era ya abuela. Pero lo más llamativo de este récord es que siga vigente desde 1978, sin que la fiebre posterior por el 'running' y por este tipo de retos haya fructificado en una marca mejor. La sudafricana Mavis Hutchison (a la que rebautizaron con el apodo de 'la abuela que galopa') empezó a correr a los 37, animada por sus hijos, y se convirtió en una entusiasta pionera de la participación femenina en los maratones. También fue la primera mujer que acometió el trayecto de costa a costa de EE UU, desde Los Ángeles hasta Nueva York: son más de 4.600 kilómetros que ella cubrió en 69 días, dos horas y cuarenta minutos, incluidas jornadas de meteorología atroz. «A veces no estaba segura de llegar al final del día, mucho menos al final de la semana. ¡Ni siquiera tenía la certeza de superar la siguiente hora!», explicó esta heroína de la larga distancia.

La azafata que cayó diez kilómetros

He aquí otro de esos récords que nadie se propone superar. La azafata serbia Vesna Vulović se hizo famosa en todo el mundo como única superviviente de un desastre aéreo: en enero de 1972, un maletín bomba hizo que se estrellase sobre Checoslovaquia un avión de la compañía yugoslava JAT que volaba a 10.160 metros del suelo. Vesna salvó la vida gracias a una improbable combinación de circunstancias (desde su baja presión sanguínea, que evitó que le estallara el corazón, hasta la casualidad de que el lugareño que la encontró hubiese sido médico en la Segunda Guerra Mundial), pero pasó varios días en coma y arrastró secuelas físicas y psicológicas de por vida. «No sé qué responder cuando la gente me dice que tuve suerte», declaró alguna vez. Por supuesto, Vesna, que murió en 2016, arrasa en la singular categoría de 'superviviente a una caída desde mayor altura sin paracaídas'.

Un récord por no existir

Hay una entrada del Guinness que reconoce a algo que no existe: la isla fantasma que permaneció más tiempo en los mapas. Se trata de Bermeja, dibujada a partir del siglo XVI a algo más de cien kilómetros de la península del Yucatán. Los exploradores y geógrafos señalaban incluso que, tal como indica su nombre, se caracterizaba por su tonalidad rojiza. Pero, en realidad, nadie la había visto jamás, y su última aparición cartográfica data de 1921: son exactamente 382 años de existencia espectral y se trata de otro récord que nadie (bueno, ninguna otra isla inventada) ha podido mejorar desde la primera entrega del Guinness. Todavía en 2009, por cierto, se montaron en México expediciones oficiales de exploración para comprobar si Bermeja había existido de verdad alguna vez.

Pagodas, dibujos animados y plátanos

Hay récords que parecen garantizados a perpetuidad. Ahí está, por ejemplo, la pagoda de madera más alta, la de Sakyamuni, en Fogong (China), una especie de rascacielos octogonal de 67 metros construido hace 960 años sin usar metal. O ahí están los 26 'oscars' que ganó Walt Disney y que difícilmente serán alcanzados por ningún otro cineasta: el segundo en la lista es el director artístico Cedric Gibbons, que se llevó once y falleció en 1960. Es una categoría prácticamente cerrada desde que Walt recibió su última estatuilla, o más bien lo hicieron sus herederos, ya que la ganó de manera póstuma en 1969. A ver, señores y señoras de Guinness World Records, ¿no tendrán en su catálogo de récords duraderos alguno que guarde relación con España? «¡Claro que sí!», asegura una portavoz, y se pone a buscar. «¿Qué tal este?». La piña más grande de plátanos se recogió en 2001 en la isla de El Hierro. Era un colosal racimo de 473 frutos que pesaba 130 kilos y que, en estas dos décadas, no ha tenido rival.

La piña de plátanos de El Hierro. / Guinness World Records