DANIEL CASTIÑEIRAS

¿El cuerpo nos 'pide' alimentos cuando nota alguna carencia?

Hay algo de cierto en esta idea, pero lo más habitual es que los antojos se deban a otros factores

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

A todos nos ha pasado en alguna ocasión: de repente, sentimos la necesidad imperiosa de comer algún alimento. Quizá alguno que ni siquiera es habitual en nuestra dieta. Y hasta nos extrañamos y empezamos a hacernos preguntas. ¿Será que nos falta algún nutriente y que nuestro cuerpo, con su misteriosa sabiduría, nos está enviando señales de alerta en forma de antojos? Esta es una creencia muy extendida, pero, a día de hoy, tiene «poco fundamento científico», según indica José Antonio Piniés, especialista en Endocrinología y Nutrición del hospital vizcaíno de Cruces y del IMQ.

Para explicarnos qué ocurre en nuestro cuerpo cuando experimentamos esta obsesión por comer algo específico (y, si es algo concreto, no se trata de hambre, que se aplaca con lo que sea), Piniés describe una especie de 'batalla' que se libra en nuestro cerebro: para cubrir nuestras necesidades y sobrevivir, nuestro organismo regula la cantidad de comida y líquidos que debemos tomar. Pero, así como el centro que regula la sed es un sistema preciso, el de la ingesta de comida funciona peor, ya que los centros de la saciedad y del apetito –que se encuentran en el hipotálamo y cuentan con una red de cientos de miles de hormonas y neurotransmisores– están en un permanente tira y afloja. Para colmo, por encima de estos dos frentes en lucha está la llamada área de la recompensa, «que busca placer y no se activa para satisfacer déficits nutricionales, sino emocionales», añade Piniés. Por eso, el cerebro de una persona triste o estresada, con la serotonina baja, puede tender a lanzar 'órdenes de pedido' de alimentos dulces o muy grasos para buscar un bienestar inmediato y liberar endorfinas. Y ahí los controles de la saciedad y el apetito ya pueden empezar a fallar. ¿La consecuencia? Que ese arrebato de calorías y nutrientes que fisiológicamente no necesitamos pasa a engrosar la capa de grasa de nuestro cuerpo.

Las vacas y la sal

¿Pero no era tan sabio nuestro organismo? Sí y no. «El cuerpo siempre intenta cuidar del equilibrio homeostático, es decir, de que no nos falte nada necesario para la supervivencia, ni energía ni nutrientes. Por eso estamos dotados de sensores externos (los sentidos) e internos que son los encargados de avisarnos para que no nos quedemos sin lo que precisamos», explica Toni Massanés, director de la Fundación Alícia, un centro de investigación nutricional y culinaria de referencia en Europa.

En nuestro entorno son raros los déficits nutricionales, así que las ansias suelen ser caprichos

«Las vacas, por ejemplo, cuando en verano están mucho tiempo fuera y van a la montaña, necesitan sal. Antaño lamían piedras para obtenerla. Ahora ya se la echan los ganaderos», detalla Massanés, quien indica que situaciones similares ocurren también con otros mamíferos. ¿Y en los humanos? Ay, en nuestra especie la parte biológica o fisiológica se mezcla con la emocional y cultural y todo se vuelve más difuso, con lo que los antojos pueden venir por cualquiera de estas vías o, más frecuentemente, por una mezcla de varias. Según apunta Massanés, nuestros apetitos son muy moldeables: por ejemplo, la publicidad nos hace ansiar productos que no necesitamos para nada y que, de hecho, no son sanos. «En el primer mundo no es habitual que tengamos carencias. De hecho, si el ansia por comer un determinado alimento es muy recurrente, lo mejor es acudir al médico y quizá cambiar nuestra dieta», destaca Massanés.

Las mujeres son más proclives que los hombres a las apetencias, que se suelen desatar a última hora del día

Entonces, ¿el cuerpo 'pide' nutrientes y alimentos que precisa, si o no? «Biológicamente hay algo en los antojos, sí, pero desde un punto de vista neuronal no se ha conseguido encontrar aún una red donde resida este tipo de apetencias», indica Diego Redolar, investigador experto en neurociencia cognitiva y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya. Según indica, aunque es verdad que hay alimentos que activan zonas del cerebro y por eso resultan más apetecibles, también es cierto que los humanos disponemos de áreas que rigen el control cognitivo y que, si hacen bien su trabajo, suelen poner freno a las tentaciones. «Ha habido experimentos en los que se ha ofrecido a una persona dos tipos de desayuno: uno con bollería de chocolate y otro consistente en un yogur con frutas. La primera opción activa una parte del cerebro que es el sustrato nervioso del gusto, y por eso nos apetece. Pero, en la batalla que se libra en la corteza prefrontal dorsolateral, se elige el yogur porque a largo plazo es más beneficioso», destaca Redolar. La razón nos hace elegir, preferentemente, lo sano. Pero no siempre, claro. De hecho, algunos estudios han revelado algunos casos de obesidad con una disfuncionalidad de este mecanismo de contención.

Un estudio anglosajón sobre antojos en la población universitaria concluyó que el 97% de las mujeres y el 68% de los hombres los experimentan de manera habitual (varias veces por semana) y especialmente a última hora del día, cuando nuestro control cognitivo ya está 'cansado' y sucumbe con mayor facilidad. Dicho esto, veamos qué hay detrás de los antojos más habituales.

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Me muero por un chuletón

Si normalmente no ingerías mucha carne y de repente tienes unas ganas locas de comerla a todas horas... algo se ha desequilibrado. Pero igual no es nuestro cuerpo... sino nuestra cabeza. «Seguramente nos hemos pasado de 'veggies': hemos tomado muchas verduras y de repente puede ser que nuestro organismo quiera carne», indica Massanés. Al parecer, cuando restringimos mucho un alimento en nuestra dieta, se puede producir un efecto 'rebote' y que de pronto lo deseemos intensamente. La carne es rica en zinc, hierro o vitamina B12, pero puede que no nos falte nada de esto y que el cuerpo lo pida, simplemente, porque se le ha limitado esa opción. Según explica Redolar, hay experimentos con animales al respecto y se tiene la sospecha de que en los humanos puede ocurrir algo parecido. «Se investigó a unas ratas a las que se les ofrecía siempre un menú con alguna privación. De repente se les ofrecían dos menús: el de la privación y otro sin ella... y optaban por el nuevo, en el que no había veto», relata Redolar. Aunque en humanos el tema no está tan claro, sí que parece que se nos antojan cosas que normalmente evitamos aunque nos gusten.

Además, según señala el neurocientífico, en la zona del hipotálamo se han detectado receptores moleculares que se activan al ingerir glutamato monosódico, el saborizante habitual que agregan a muchos alimentos, que tiene mucho umami –ese 'quinto sabor' que en japonés significa 'delicioso'– y que es, para entendernos, el propio de alimentos ricos en aminoácidos, como la carne. Es decir, que genéticamente nos resultan apetecibles y ansiamos su sabor.

Otra cosa muy diferente es que moderemos o eliminemos del todo nuestra ingesta de carne por el motivo que sea, pero esto ya sería un factor cultural que se sobrepone a nuestras ganas de disfrutar de ese umami, que también se encuentra en alimentos no cárnicos como las anchoas, ciertos tipos de queso, la salsa de soja...

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Chocolate, por caridad

Es el antojo más común. Es muy rico en magnesio y la creencia popular es que a las mujeres les viene bien y les apetece durante la menstruación. ¿Tiene fundamento biológico? «Unas espinacas tienen también mucho magnesio y rara vez alguien tiene antojo de ellas», afirma Massanés. Lo que ocurre con el chocolate es otra cosa: «Es uno de los alimentos que nos producen más placer, porque es rico en metilxantina, un grupo de alcaloides estimulantes del sistema nervioso central. También ocurre con el café», indica Redolar. Y con la glucosa (el dulce) pasa algo similar. ¿Necesitamos unos pastelitos o unas gominolas porque andamos bajos de azúcar? «La glucosa activa zonas cerebrales de forma parecida a la cocaína», deja caer Redolar.

Saladitos y algo graso

Volvemos a lo mismo, ese paquete de patatas fritas que nos sacamos de la máquina de 'vending' en medio de la jornada laboral no indica que nos falte grasa, ni tampoco sodio o potasio. Estamos siendo 'víctimas' de un capricho y de vestigios heredados de la evolución humana, recuerda Massanés, cuando las calorías eran un tesoro para la supervivencia y tenía sentido «la sobrehambre, es decir, comer de más y guardar para cuando no había».

«Hay que diferenciar los caprichos, que buscan placer, de los déficits nutricionales»

Si buscábamos una coartada científica para nuestros antojos, este reportaje no nos va a ayudar. Porque los expertos coinciden en destacar un hecho:«En nuestro entorno, con sol y con dieta mediterránea, es muy difícil que alguien tenga falta de nutrientes, aunque hay casos, claro, como algunas personas mayores o con enfermedades, que deben ser tratadas para corregir ese déficit... Son situaciones extremas. En el mundo occidental, con un 30% de sobrepeso en niños y un 50% en adultos, este problema es poco probable», indica José Antonio Piniés. El especialista destaca la necesidad de discernir entre caprichos (un ansia de comer algo por puro placer) y los déficits (donde el impulso de comer algo responde a una carencia y que a veces lleva a la gente a ingerir incluso cosas que no son comida, como tierra o yeso, un trastorno de la conducta alimentaria conocido como 'pica').

Tal y como detalla Piniés, lo que normalmente sufrimos –exceptuando zonas del planeta donde los habitantes pasan necesidad– son apetencias desencadenadas por un cúmulo de factores y que varían según el sexo y la edad. «Por ejemplo, hay dos o tres diferencias en entre el cerebro del hombre y la mujer en este sentido: ellas tienen, normalmente, más ansia de dulce y ellos, de salado... y probablemente haya detrás algún factor hormonal –apunta el especialista en Endocrinología y Nutrición–. Y, luego, la edad también influye: por ejemplo, chavales en edad de crecimiento 'piden' mucha proteína, muchos hidratos... Es normal, se encuentran en una etapa en la que están haciendo mucho hueso y músculo».