Ilustración: Fran Salvador

A lo mejor Juana no estaba tan loca

La 'reina enajenada' ocupa un lugar central en la idea de España que propone en su libro la historiadora vitoriana Déborah García Sánchez-Marín: «Los biógrafos no son iguales cuando tratan la vida de las mujeres y la de los hombres», plantea

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Como dice la vieja canción, los muchachos del barrio la llamaban loca. Con la diferencia de que, en el caso de Juana I, esos chavalotes que señalan y acusan vienen a ser casi todos los libros de historia confeccionados en el último medio milenio. La hija de los Reyes Católicos, heredera de sus coronas y, por lo tanto, primera monarca de lo que conocemos como España, es uno de esos personajes vinculados sin remedio a un sobrenombre que acaba desdibujando las demás vertientes de su biografía y su carácter: es Juana la Loca, una coletilla que no deja lugar a grandes matices. Y, sin embargo, su caso debería exigir mil puntualizaciones, que convierten a la famosa reina enajenada en una figura emblemática de la historia que no se cuenta o, como mucho, se cuenta a medias y mal.

«Para mí Juana es el paradigma de la historia de las mujeres, aunque hay otras que vertebran el discurso sobre el agujero negro en el que la historia nos ha dejado a las personas que no hemos sido hombres, blancas, heteros... Juana representa la historia que quiero contar», resume Déborah García Sánchez-Marín, que en su libro 'España es esto y todo lo contrario' (publicado por la editorial Temas de Hoy) emprende un viaje por los huecos que han quedado en el relato de nuestro pasado, sus recovecos, sus márgenes, lo que se ha tapado o se ha dejado a un lado. La historiadora vitoriana se plantea la 'idea de España' como un Mister Potato al que se le han colocado solemnemente unas ciertas piezas, de manera que entre los componentes desechados ha quedado material que, a muchas personas, les permitiría identificarse de manera más efectiva con el concepto. «No pasa nada por decir que hemos construido España, o que la han construido hombres privilegiados blancos, y que nos hemos dejado por el camino muchos relatos que no interesaban al 'mainstream', al relato oficial. Ya es hora de recuperarlos para entender mejor quiénes somos ahora, de dónde vienen algunos conflictos que tenemos muy presentes», explica la autora.

«Nos hemos dejado por el camino muchos relatos y es hora de recuperarlos para entender quiénes somos»

déborah garcía sánchez-marín

Ahí asoma Juana, la reina relegada y reducida a un calificativo. «Cada vez que es tachada de loca, nadie denuncia que fue víctima de casi todos los hombres que fueron importantes para ella», apunta Déborah García. La biografía estandarizada de la reina se centra en una pasión que arrebata y consume: iba a casarse con Felipe el Hermoso por obligación, pero, nada más conocerlo, la atracción mutua fue tan intensa que incluso pidieron adelantar la consumación del matrimonio, una demanda insólita para su tiempo. «La abuela de Juana estuvo cautiva y su madre sufrió ataques de celos, porque su padre había sido bastante mujeriego, así que Juana ve que puede marcar la diferencia de casarse por amor. Pero, por mucho que le encantase Juana a Felipe cuando la conoció, él tiene después muchas amantes y ella ve cómo se va repitiendo la historia: los celos, como su madre, y el encierro en la corte de Bruselas, cautiva como su abuela... Aquello la enloqueció de alguna manera, hizo que sufriese una depresión o, como decían entonces, una cierta melancolía». Su supuesto desvarío se convirtió en el argumento ideal para que tanto su marido, como su padre, como su hijo ignorasen sus derechos legítimos, dejasen sin efecto su reinado y la condenasen a un encierro de medio siglo. La iconografía posterior consagró esa imagen de desequilibrio que sigue pesando como una losa, a través de los cuadros del siglo XIX que se deleitaban en la historia macabra de su penoso viaje hacia Granada acompañando al féretro de su marido.

–Si Juana hubiese sido hombre, ¿hablaríamos hoy de Juan el Loco?

–Quizá sí, pero la diferencia más importante sería que probablemente hubiese tenido el poder efectivo. ¡Ha habido muchos, muchos, muchos reyes que han pasado a la historia con el epíteto de locos pero han podido gobernar! En el caso de Juana, el hecho de decir que estaba loca era una forma de apartarla para que su padre pudiera gobernar en forma de regente y para que su hijo apareciese como rey y no como regente.

«Los biógrafos no son iguales cuando tratan la vida de las mujeres y la de los hombres», sentencia Déborah García. De hecho, a menudo, una cosa se subordina a la otra. Ocurre así en el momento más decisivo para la identidad española: 1808, la Guerra de Independencia, en la que hubo mujeres que hicieron añicos el que se consideraba su espacio natural y batallaron o se convirtieron en enfermeras. Algunas de ellas acabaron incorporadas a la historia oficial, pero con una mitificación romántica que llevaba aparejado el sesgo y también, en ocasiones, cierto delirio: «Los relatos de las mujeres escritos y controlados por los hombres utilizan a Agustina de Aragón, a Manuela Malasaña o a las mujeres que curaban a los heridos para decir que saltaron de sus casas para ayudar a los soldados. No se lee en clave de historia de las mujeres, de cómo eso supuso una explosión, cómo abandonaron sus contextos, sus casas, ese ser un ángel del hogar. Se dice que Agustina de Aragón estaba enajenada de amor y luchó porque su marido había sido asesinado. Probablemente también, pero eso no quita para que abandonase su contexto concreto, como hicieron otras mujeres, para ayudar a la defensa de las ciudades. En ese momento, las mujeres dieron un paso adelante: no por los hombres, ni por estar enajenadas, sino porque lo dieron, saltaron las limitaciones que les imponía la época».

Un pasito adelante

'España es esto y todo lo contrario' traza una «historia emocional» de nuestro país haciendo escala en once fechas (unas obvias, como 1808, 1898 o 1939; otras no tanto, como 1749, el año de la redada que en una madrugada llevó a la cárcel a casi nueve mil gitanos) y por el camino va rescatando peripecias que no se han incorporado al cliché de la identidad nacional. En buena medida, se trata de un recorrido doloroso, un vía crucis que presta oídos a mujeres del periodo visigodo como Gala Placidia, esposa de Ataúlfo, violada y humillada públicamente por Sigerico, o como Clotilde, la reina consorte de Amalarico, vejada por no querer convertirse al arrianismo: «Las fuentes documentales son tan escasas que el hecho de que aparezca tantas veces relatado el maltrato que sufrieron me hace pensar que debió de ser extremo», apunta sobre aquellas mujeres. O se detiene en Rosa Cortés, la gitana que escarbó con un clavo para escapar de la cárcel junto a sus allegadas y compañeras. O repara en las incontables mujeres agredidas sexualmente y asesinadas en aquella Guerra de Independencia, «tanto por soldados franceses y polacos, como por españoles e ingleses». O en los excombatientes de Cuba y Filipinas, «abandonados por las instituciones, abocados a la mendicidad, tullidos, enfermos y malnutridos», como el que se ató de pies y manos y se arrojó al estanque de El Retiro. O, en fin, en las milicianas de la Guerra Civil, que sirven como emblema de la mujer que protagoniza su propio destino, pero que también padecieron el acoso y el desdén de muchos camaradas: «Los hombres son socialistas, comunistas o anarquistas de cintura para arriba», reprochaba una de ellas en una frase demoledora.

–¿Ni siquiera ahí llegó la igualdad?

–Querían a las milicianas, pero no demasiado: solo un pasito adelante. Al final sucedió lo de siempre: fueron utilizadas para los discursos y los relatos, pero nunca hemos escuchado a esas mujeres, que cuentan que en un momento determinado las mandan a la retaguardia, a ocupar puestos en las fábricas, y nos explican cómo estaban dando tiros con los demás pero de repente sufrían acoso o eran violadas. Cuando entreveían su liberación, llegaba de nuevo el paso atrás. Es importante recuperar los relatos de las mujeres y ponerlos al mismo nivel que los relatos oficiales, porque así se crea una historia más caleidoscópica, más justa, más real, con más carne y hueso.

Al margen

  • Los expulsados. «Atender a las voces y los relatos de aquellos que fueron expulsados permite conocer quiénes fuimos y quiénes estamos siendo», apunta la historiadora, que hace hincapié en disfunciones que de alguna manera nos siguen afectando, como la de considerar instintivamente más español a un visigodo que a un nazarí. Su repaso hace un alto en 1492 y también en la expulsión de los moriscos de 1609, bajo el reinado de Felipe III, el Piadoso.

  • Los perseguidos. Entre 1499 y 1783, se aprobaron en España doscientas cincuenta leyes contra el pueblo gitano, una media de casi una por año. El momento más dramático de esta persecución llegó a mediados del siglo XVIII, cuando se decidió la encarcelación general de los gitanos:la gran redada de 1749 apresó a nueve mil personas, ellos destinados a galeras y ellas a la cárcel y los trabajos forzados. La liberación empezó quince años después. «No hay otro pueblo que haya sufrido esta clase de discriminación».

Música y movidas
Detalle de la portada del libro.

Déborah García Sánchez-Marín se propone reflejar un país «mucho más diverso, plural y rico» a través de figuras y sucesos sin hueco en el relato 'oficial'. Su planteamiento heterodoxo también alcanza al tono de algunos pasajes de su libro, que escapa de la pomposidad de la historiografía más severa: aquí los personajes tienen «movidas» y los capítulos van encabezados por letras de canciones, de Los Nikis a Berri Txarrak. Y, por supuesto, la suya es una visión vinculada a su perfil personal, tan huérfano de referentes en la tradición académica: «Hobsbawn dijo que él escribía desde su lugar en el mundo, de hombre privilegiado europeo, y yo quiero que se note que escribo la historia desde la problemática que ocupo por ser mujer, no heterosexual, etc. –argumenta–. Exijo encontrarme en el pasado como sujeto».