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Señales de peligro infinito

¿Cómo se marca un depósito de desechos nucleares para que su amenaza se entienda dentro de miles de años?

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Si caminando nos topamos con un cartel en negro y amarillo con una calavera, instantáneamente sabremos que no debemos pasar por allí, y que quizá lo mejor sea alejarnos cuanto antes. Pero ahora trasladémonos hasta el desierto de Nuevo México, donde se encuentra la Planta Piloto de Aislamiento de Residuos, que se ha construido a más de 600 metros de profundidad para alojar, en principio con todas las garantías de seguridad, toneladas de residuos procedentes de la investigación y la industria armamentística. El único reservorio de este tipo (geológico, a gran profundidad y de larga duración) que funciona en todo el mundo, aunque Finlandia está construyendo otro. Y ahora viajemos miles de años hacia el futuro, pues en esa escala se mide el tiempo que los desechos radiactivos siguen representando un grave riesgo, como el plutonio-239, utilizado en la fabricación de armas nucleares, que necesita 24.000 años para degradarse.

Pensemos en los seres que habitarán entonces nuestro planeta, humanos si todo va bien, aunque sin poder saber en qué punto se encontrarán, quizá desarboladas nuestras civilizaciones debido a alguna guerra o catástrofe global. Y es casi seguro que los idiomas que hoy conocemos habrán desaparecido, también las convenciones con las que funcionamos, incluso podría suceder que ni siquiera se tenga conocimiento de la amenaza que suponen estos materiales. Tampoco habría que descartar que alguna inteligencia extraterrestre hubiera alcanzado nuestro mundo... ¿Cómo hacerles entender que ahí existe un grave riesgo, que no debe ser abierto ni manipulado?

A esto precisamente se está dedicando, dentro de la Agencia de Energía Nuclear (NEA, en inglés), un grupo de expertos de diversas disciplinas que pretende encontrar la forma más efectiva de señalar ese lugar de manera que el peligro se intuya cuando el mundo que hoy conocemos haya cambiado, dentro de decenas de miles de años. De ello se ocupa la semiótica nuclear.

La eterna calavera

Eva Aladro, profesora de Teoría y Semiótica de la Comunicación de Masas en la Universidad Complutense, recuerda que existen tres tipos de signos: «los símbolos, los iconos y los índices. Los símbolos son los más antiguos, los que más han durado en el tiempo, los que usaban los mayas, los aztecas o los egipcios, también los aborígenes australianos, y todos representaban la muerte con una calavera o con el esqueleto».

Por otro lado, están los iconos, «representaciones por semejanza, por ejemplo, una pintura de color amarillo y negro representa peligro porque en la naturaleza son de ese color las avispas, las ranas venenosas... Y lo que ahora es venenoso lo era hace 10.000 años y lo seguirá siendo. El clásico cartel de radiación son las aspas en negro y amarillo, precisamente. Porque cuando ves algo amarillo y negro no te lo comes... Salvo que sea un plátano, luego ahí también te das cuenta de que todo es relativo y de que solo con eso no nos sirve». Y por último, están los índices, como las flechas que señalan hacia dónde ir y hacia dónde no.

Aladro cree que la solución sería utilizar una mezcla de los tres tipos de signos para lograr el objetivo que se busca. «Porque el lenguaje no nos va a valer –se estima que los idiomas actuales desaparecerán en 10.000 años–. El único lenguaje antiguo vivo es el griego y tiene 3.400 años, aunque el sánscrito también puede ser leído por especialistas. La escritura maya, sin embargo no se ha logrado descifrar completamente, y los idiogramas egipcios tampoco en su totalidad, ni siquiera sabemos cómo hablaban. Pero hay que tener claro que se afronta un reto de gran dificultad, pues existe el relativismo cultural, los códigos cambian».

En este sentido, recuerda Aladro que en dos de las sondas espaciales 'Pioneer' se colocaron unas planchas metálicas con un mensaje visual por si se topaban con alguna inteligencia extraterrestre. «Y, además de unas fórmulas matemáticas, llevaban un dibujo de un hombre y una mujer. Y mientras el hombre está de frente con las piernas rectas, a la mujer la pintaron con la cadera ladeada y un pie más adelantado que el otro. Pues si la civilización que lo ve no conoce la perspectiva pensaría que uno de esos seres tiene una pierna más larga que la otra».

El símbolo de hongo nuclear

Así que, según la experta, deberíamos combinar los tres tipos de signos y «colocarlos en ese sitio desértico para que diera la idea de que allí no hay vida». Apuesta por el uso también de figuras geométricas, «la espiral, el triángulo, que sabes que te quieren decir algo, aunque no entiendas qué. Y también imágenes de desolación. Y muy importante, el símbolo del hongo que significa la explosión nuclear. Luego yo utilizaría todo esto, la calavera, que es el símbolo más eficiente desde antiguo y hasta ahora, el hongo, los colores negro y amarillo y las flechas tachadas para indicar que hay que salir de allí».

Pero imaginemos que llegan unos seres extraterrestres y deciden empezar a cavar en ese lugar, en el desierto, quién sabe por qué, con una tecnología capaz de taladrar cualquier capa de protección que los humanos hayan colocado para aislar esos peligrosos materiales, desconociendo que están a punto de liberar una gran arma de destrucción masiva e invisible. «Hay una cosa que se llama el principio de analogía, me refiero a que si han sido capaces de llegar hasta nuestro planeta y si tienen la tecnología para destruir ese silo nuclear, es muy probable que puedan entender que ahí hay algo peligroso...».

Explica la semióloga que sería muy importante hablar del soporte donde inscribir ese mensaje, «y se sabe que el mejor, el más duradero es la piedra, de papel o carteles ni hablamos, claro, pues estamos pensando en que debe durar miles de años. La piedra resiste, como las esculturas megalíticas». Los menhires de Stonehenge, en Inglaterra, se levantaron alrededor del 2800 a. C... Y ni siquiera se acerca a las escalas de tiempo que se manejan con la vida de los desechos radiactivos.

Un plano imaginario

Raquel Montón, responsable del área de energía y cambio climático de Greenpeace, aporta otra visión del asunto al recordar «la imposibilidad real de mantener los residuos radiactivos bajo vigilancia constante durante un período tan largo, sencillamente un paseo por las escalas temporales de las civilizaciones, incluso puede ser que ni siquiera la especie humana, ni otras muchas continúen existiendo, así que el objetivo del trabajo de estos expertos se sitúa en el plano de lo imaginario».

Cuestiona también que el planteamiento limite, a su juicio, las soluciones dejando como campo de estudio las que no lo son, «porque una solución de carácter semiótico no es salida para un comportamiento nocivo que afecta a la salud y la seguridad». E introduce una nueva variable: «Si la peligrosidad de la radiactividad es ya algo de carácter invisible, que sólo se puede medir con determinadas técnicas o a través de sus consecuencias, la invisibilización de los residuos mediante su enterramiento incrementa si cabe la intangibilidad de su radiotoxicidad».

– ¿Qué salida ve?

–Confío, y esto es algo no muy científico, en que en un futuro alcanzable en la escala humana se encuentre solución para los residuos radiactivos, y podamos procesar todos los que se han producido. De manera que lo menos aconsejable es enterrarlos, porque si no, tendríamos difícil acceso a los mismos. Cuando hablo de soluciones de procesamiento de residuos, no me refiero a las que existen en la actualidad, que continúan teniendo problemas, sino a verdaderas soluciones.

–¿Qué propone Greenpeace?

–La primera medida debe ser paralizar la producción de residuos radiactivos, y después proteger los almacenes temporales con las medidas de seguridad apropiadas. Sabiendo que el almacenamiento temporal no puede servir de pretexto para posponer inversiones e iniciativas de investigación y desarrollo. Además, ese almacenamiento temporal debe estar cerca de la superficie, en la misma superficie o en seco, el mal menor en estos momentos, sin cerrar ninguna puerta a las generaciones futuras.

De ciencia ficción

Antes de la Planta Piloto de Aislamiento de Residuos del desierto de Nuevo México, existió el proyecto del Depósito de Desechos Nucleares de Yucca Mountain (en Nevada, a 130 kilómetros de Las Vegas), que, planeado desde los años 80 y aprobado en 2002, ha sido desestimado por muchas cuestiones, entre ellas la oposición de los pueblos afectados, de ecologistas y muchos políticos. También se constituyó en su momento el llamado Grupo de Trabajo sobre Interferencia Humana, antecesores de los expertos de la Agencia de Energía Nuclear que trabajan actualmente para dar con mensajes de advertencia que puedan evitar el acceso al depósito de Nuevo México en un futuro muy lejano. En aquel grupo, había físicos nucleares, antropólogos, ingenieros y hasta escritores de ciencia ficción, pues de imaginar el futuro se trataba. Entre sus respuestas está la utilización de gatos que cambiaran de color al acercarse a la radiactividad, la instalación de letreros de forma concéntrica en los idiomas actuales a los que se irían añadiendo círculos con los nuevos idiomas, o un 'sacerdocio atómico' que preservara el depósito pasándose el testigo de generación en generación, al igual que la Iglesia católica lleva haciendo con su fe desde hace 2.000 años.