Palabra de Félix

Un libro recoge su filosofía de vida contada por él y marcada por su encuentro, de niño, con el lobo

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Uno de los días más tristes en la vida de Rodríguez de la Fuente fue un 6 de enero de nieves, como solían ser los inviernos en su pueblo de Poza de la Sal (Burgos). Con 7 años, esperaba el regalo que había pedido por carta a su rey, Baltasar.

– «Anda, Félix, abre la caja, que a lo mejor ahí está tu pájaro».

– «Madre, a los pájaros no se les puede meter en cajas. Los pájaros son libres, y si se les mete en una caja, mueren».

«Abrimos la caja –cuenta él–, muy a mi pesar, porque ya me figuraba que dentro no podría estar lo que yo esperaba. Y ¿qué dirán ustedes que había dentro de la caja? Un pájaro. Claro que había un pájaro, un pájaro precioso, de colores... pero era un pájaro metálico. Había que darle cuerda para que se moviera, para que, con unos pasitos medidos, estereotipados y ridículos, caminara sobre una mesa. Me puse muy triste, y creo que en aquel momento empecé a odiar a las máquinas, a las que he seguido odiando siempre. En aquel momento consideré que mi rey negro no me quería lo suficiente, que seguramente yo hacía algo que a él no le gustaba para que no me hubiera traído un pájaro, sino la triste caricatura de un triste pájaro de hoja de lata. Ahí me quedé marcado con apenas 7 años, a esa edad en que los traumas psíquicos pueden marcar al hombre del futuro, con la idea de un pájaro que quería viviente, inmenso, poderoso, surcando los cielos en todas las direcciones, muy cerca de mi corazón palpitante y sensible, pero con un pájaro de hojalata al que había que dar cuerda para que se moviera».

Es una de las historias que nos dejó como herencia y que su hija, Odile Rodríguez de la Fuente, ha recogido en el libro 'Félix. Un hombre en la tierra', que, en un principio, no estaba segura de querer dar a luz: «Cuando la editorial Geoplaneta me ofreció la oportunidad, mi primera reacción fue rechazar la oferta. ¿Qué podía escribir yo que no se hubiera dicho ya sobre él?».Menos mal que se dio cuenta de que la labor de recopilación de textos, audios y vídeos en la que se ha volcado debía ser compartida.

Porque, dice, «lo que la gente busca, a lo que acude en realidad, no es tanto a interpretaciones o biografías sobre su persona, sino al propio Félix». Porque entre los visitantes a la Fundación que lleva su nombre, cada vez que ponen un fragmento de 'El hombre y la Tierra' o un corte de radio con esa voz y esa forma de hablar suyas, las que somos capaces de escuchar cuando le imaginamos diciendo la palabra abejaruco, «se produce la magia».

En el libro encontramos su filosofía de vida, aunque Odile aproveche un respiro en la prosa poética del padre para recordar cómo vivió aquella muerte en 1980 en accidente de helicóptero en Alaska, cuando él tenía 52 años y ella 7, que acongojó a España: «Mi padre era el padre simbólico de tantos niños, el amigo de tantos adultos, el guía de tantos adeptos. Todos lloraban su muerte y yo no encontraba consuelo ni explicación a aquella pérdida».

Cabeza llena de pájaros

Hay apuntes que, escritos hace medio siglo, parecen hoy recién paridos: «Para el niño de pueblo, libre de la infinidad de estímulos —auténtico lavado de cerebro— que llegan hoy a los muchachos a través de la televisión, de los anuncios, de las revistas y de la turbamulta urbana, la naturaleza es la fuente inagotable que va nutriendo su curiosidad. Y en ella, las formas más atractivas, tanto por su belleza como por su movimiento y su sonido, son, precisamente, las aves. Quizá por ello nos dijeran a los niños de pueblo, distraídos, que teníamos la cabeza llena de pájaros».

La tercera imagen es un boceto de halcón realizado por el propio Félix, fechado en 1953. Es el único del naturalista que recoge el libro. El resto son de ilustradores que le acompañaron durante sus rodajes. La letra es suya. / Ilustraciones del libro 'Félix. Un hombre en la tierra'.

Entre las lecturas impagables que Félix parece susurrarnos, están las del niño Felisín. Destacando la que nos desvela lo ocurrido un buen día entre aquel crío y el animal que lo dejó deslumbrado de por vida: el lobo. Tan bella es la descripción de este punto de inflexión, un enamoramiento salvaje que se produjo a partir del miedo y el rechazo, que el par de páginas que ocupa entre las 384 del libro bastan para vertebrar por sí solas este artículo.

«El soldado perdido en el páramo, en una noche de nevada, y del que no se encontraron, días más tarde, más que las botas, sin duda había sido devorado por los lobos. Y cuando una pareja de esos temibles carniceros le salieron al paso en plenas tinieblas a un pastor que cruzaba un monte para llevar unas medicinas a su mujer enferma, el terror que pasó el buen hombre hasta que sus mastines, atraídos por sus silbidos, salieron a defenderle, fue tan grande que perdió el habla y se le encaneció el cabello».

'Cuentos' con los que asimiló que aquel bicho era «la encarnación del mal».Y encima feo, le decían. Pero con 12 años, su padre le regaló unos prismáticos de campaña y fueron a una batida de lobos... «Lo que vi jamás se borrará de mi memoria. La faz del lobo era de una belleza indescriptible; la amplia bóveda de su cráneo, coronada por dos pequeñas y triangulares orejas, reflejaba gran inteligencia; sus claros, serenos y profundos ojos, con el iris del color del ámbar, miraban hacia mí con aire interrogante (...) Aquella faz no podía ser mala. La nobleza, la serenidad y la gallardía emanaban de la manera más conquistadora del rostro del perseguido carnicero. Aquella tarde fría de diciembre decidí que todo cuanto me habían contado era falso».

«Niño, ¿te has vuelto loco?»

¿Imaginan lo que se desencadenó en ese momento dentro de aquel chaval pegado a unos binoculares? Sí, algo de lo que solo Rodríguez de la Fuente, atrapado ya en aquel cuerpo infantil el Félix que todos conocemos, sería capaz: «Y, entonces, en un segundo, decidí que aquel animal no podía ser malo y que yo no podía permitir que el cazador lo matara; dando un salto, corrí hacia el lobo gritando: '¡Márchate, vete, no entres en nuestro puesto que te van a matar!'. Creo que se quedó flotando en la tarde del páramo el grito del niño que corría hacia el lobo para salvarle la vida, y se quedaron también flotando los denuestos y las palabrotas del viejo cazador que cogía al loco arrapiezo por el chaquetón, y le decía: 'Niño, ¿te has vuelto loco? ¡Se lo voy a contar a tu padre, y te va a matar!'». Su padre entendió perfectamente su impulso de niño bueno.

Para el final, otra aventura infantil de las que todos querríamos haber vivido –y saber contar como él–. En aquella ocasión andaba con 11 años detrás de unos patos. Otra vez los pájaros: «Calado hasta los huesos por la fina lluvia, temblando de frío y ansiedad, entre los carrizos de una charca perdida en el páramo, a muchos kilómetros de mi casa, me sentía, sin embargo, el más feliz y triunfante de los mortales. Porque ellos estaban allí, a pocos metros de mi escondite, tan cerca que podía distinguir el verde metálico de sus cuellos y los anaranjados picos. Al fin, lo había conseguido. Tras media hora de arrastrarme por el suelo pedregoso, veía de cerca a mis admirados viajeros».

'Félix. Un hombre en la tierra'

Ed. Geoplaneta.

384 páginas

Autora: Odile Rodríguez de la Fuente, licenciada en Biológicas y Producción de Cine, está volcada en la lucha contra la crisis climática.