Pajitas, el enemigo público número uno

¿Por qué algo tan pequeño se ha convertido en el símbolo de la lucha contra los plásticos contaminantes? «Todo lo absurdo de un residuo se junta en ellas»

CARLOS BENITO

Parecen inofensivas, ¿verdad? Ligeras, de colores vivos, tan vinculadas a la infancia (cuántas veces habremos soplado por una, en lugar de absorber, y cómo han odiado siempre los mayores ese juego inocente) y también a momentos relajados y memorables de la vida adulta. Y, a la vez, parecen intrascendentes: ¿qué importancia puede tener en el orden de las cosas algo tan insignificante como una pajita, cómo puede afectar al equilibrio del mundo ese medio gramo escaso de plástico? Y, sin embargo, la pajita (o pipeta, calimete, popote, pitillo, sorbito o carrizo, que pocos objetos tendrán más nombres en el ámbito hispánico) se ha convertido en los últimos años en algo así como el enemigo público número uno del medio ambiente, el símbolo por excelencia de todo lo malo que le estamos haciendo a nuestro planeta. Las pajitas de plástico han ido desapareciendo de nuestro entorno y, según establece el nuevo anteproyecto de ley de residuos, su venta en España quedará prohibida a partir del 3 de julio del año que viene.

Al inventor de la pajita para beber le asombraría tanto revuelo, por una sencilla razón: la suya estaba hecha de papel. En el siglo XIX, lo que se solía usar para sorber bebidas eran tallos huecos de hierba, pero al estadounidense Marvin C. Stone le disgustó el sabor que le daba el tubo vegetal al julepe de menta fresquito que se estaba pimplando. Stone se ganaba la vida dando forma a papeles, ya que había patentado una boquilla para cigarrillos fabricada con ese material, así que aplicó su 'know-how' al nuevo reto: enrolló una tira de papel alrededor de un lapicero, le aplicó pegamento e inventó así la «paja artificial». Su biografía, de hecho, demuestra que las pajitas ya no son tan irrelevantes cuando se contemplan en su conjunto: Marvin C. Stone se hizo muy rico gracias a su ocurrencia veraniega, tras mejorarla utilizando parafina, y eso le permitió convertirse en un admirable filántropo que construyó dos grandes edificios para inquilinos afroamericanos pobres y brindó soporte social y posibilidades de educación a prostitutas. La pajita de plástico llegó bastante más tarde, como uno de los ejemplos más exitosos del vertiginoso despliegue de este material tras la Segunda Guerra Mundial, y no consiguió liderar el mercado hasta los años 60. ¿Los motivos? Por un lado, eran más resistentes y, por ejemplo, se podían introducir a través del agujero de una tapa de plástico, como las de los refrescos de hamburguesería, sin resultar dañadas. Por otro, acabaron resultando más baratas, y un penique se vuelve importante cuando hablamos de los millones de pajitas de una cadena de restaurantes.

Del mismo modo, las pajitas quizá dejarían de parecernos tan amigables si pudiésemos verlas todas juntas, al estilo de esos programas de televisión que muestran de una tacada todo el azúcar que consumimos a lo largo de un año. «¡Te sorprenderías de las pajitas que usamos y tiramos! Al día se consumen en España 13 millones de pajitas. Somos 46 millones, así que casi un tercio de la poblacion usa una cada día», plantea Julio Barea, experto en plásticos de la organización ecologista Greenpeace. Si ampliamos el foco, las cifras empiezan a dar miedo: en Europa se utilizan 36.500 millones de pajitas al año, una cantidad casi inconcebible, con nuestro país colocado en cabeza de la tabla per cápita. Barea ha calculado que, si pusiésemos en fila las pajitas que reparten en un año los restaurantes de comida rápida de la UE, daría para ir y volver diez veces a la Luna. ¡Hay estudios que afirman que en las playas del mundo yacen 8.300 millones de pajitas!

La droga de iniciación

Pero la pajita no solo debe su condición de símbolo a esta cuestión cuantitativa, que en el fondo constituye una mínima parte del gran monstruo de la contaminación con plásticos: se ha estimado que, de los ocho millones de toneladas de plástico que llegan a los océanos cada año, las pajitas solo suponen un 0,025%. ¿Por qué, entonces, nos hemos ido a fijar precisamente en ellas? «Porque todo lo absurdo de un residuo se junta en la pajita –responde Barea–. No son un envase, de manera que no van al cubo amarillo y no se reciclan. No son necesarias para el 99% de la población. De hecho, para casi todo el mundo resultan absolutamente prescindibles. Y, además, las hay de otros materiales o, aún mejor, lavables y reutilizables». Desde un punto de vista estratégico, se trata de un objeto idóneo para enrolar a la gente en este compromiso ecológico, ya que renunciar a ellas no supone un gran sacrificio, pero crea conciencia y fomenta el debate. Matt Prindiville, de la ONG estadounidense Upstream, se ha referido a las pajitas como «la 'droga de iniciación' para enganchar a la gente en la acción contra la polución por plásticos», ya que hacen posible un «sencillo acto de resistencia» que abre la puerta a una implicación mayor y más duradera.

El problema, claro está, sería quedarse en eso, pensar que la erradicación de las pajitas equivale a la victoria definitiva. «Se ha ganado una microbatalla, pero quedan millones de cosas por hacer. El 82% de estos residuos se recogen mezclados y el 60 y tantos por ciento termina en vertederos. Es un despropósito», recuerda el experto de Greenpeace. En el mismo sentido se ha pronunciado Jim Leape, codirector del Centro de Soluciones para el Océano de Stanford: «El riesgo es que la prohibición de las pajitas brinde una licencia moral, que las empresas y sus clientes sientan que ya han cumplido con su parte. El reto crucial es asegurarse de que estas prohibiciones son solo un primer paso, un punto de partida hacia la eliminación de los plásticos de un solo uso».

Bolsas, envoltorios, botellas, tapones, recipientes, cubiertos... Y, en algunas regiones del mundo, los 'saquitos' de plástico que contienen dosis individuales de champú, detergente o lavavajillas. Nuestra civilización ha apostado con decisión suicida por los objetos de usar y tirar, cuando, en realidad, de todo existen versiones reutilizables, que muchas veces se han usado a lo largo de décadas o de siglos. En el caso de las pajitas (siempre con la excepción de las personas que, por alguna discapacidad, las necesitan para alimentarse) existe incluso una opción más radical, más tajante: «La primera alternativa es no usarla –zanja Barea–. Pero, si se necesita imperiosamente una pajita, la mejor elección son las reutilizables». Que, como tantas otras cosas a las que estamos volviendo, tampoco son exactamente un invento revolucionario. Mucho antes del papel enrollado de Marvin C. Stone, ya había pajitas que duraban para toda la vida: la más antigua que se ha encontrado, hallada en una tumba sumeria de hace cuatro milenios, estaba hecha de lapislázuli y oro.

Un «paso atrás» con el coronavirus

Con la crisis del coronavirus, las mascarillas y los guantes se han sumado a los residuos habituales y, además, el miedo ha llevado a adoptar conductas contaminantes, como la de preferir los alimentos envasados en plástico: por ejemplo, la fruta del súper frente a la de los pequeños comercios. También el reparto de comida a domicilio, que en algunos países se ha disparado con el confinamiento, incrementa el volumen de desechos. Greenpeace alertó el lunes, Día Mundial de los Océanos, de que la pandemia «está dejando a su paso un aumento en los plásticos desechables, lo que supone un nuevo paso atrás».

Incluso se han producido movimientos interesados en favor de este material: en México, la Asociación de Industrias del Plástico reclamó a los gobiernos de varios estados que se revirtiese la prohibición de las bolsas, invocando su supuesta utilidad para contener la expansión del virus.