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Maja Safstrom
Secretos de familia del reino animal

Secretos de familia del reino animal

Martes, 20 de octubre 2020

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Pocos dramas familiares tan intensos como el filmado en 2005 por Luc Jacquet, 'El viaje del emperador', sobre la difícil paternidad del pingüino más grande del mundo. Impresiona el delicado momento en que la madre, casi sin fuerzas, deposita con sumo cuidado el huevo gestado durante tres semanas sobre los pies de su pareja para que este le dé calor con su barriga hasta que ella regrese de su largo viaje al mar para alimentarse y traer comida para el bebé. El padre permanecerá incubando el huevo y cuando el pollo salga lo mantendrá caliente y lo alimentará con un líquido regurgitado, pese a llevar cuatro meses sin comer y a merced de la Antártida inclemente. Y sucede que si se le escurre el huevo y este toca el hielo, el pequeño muere casi al instante, al perder de forma irremediable todo el calor. También es posible que algún padre, cegado por la tragedia, intentará arrebatar el huevo a otro abnegado macho, para que la madre no se encuentre a su regreso con el desastre.

Historias similares, de madres y padres de la fauna mundial, se cuentan en el libro 'Compendio ilustrado de animales y sus crías' (ed. Geoplaneta), de la arquitecta de formación e ilustradora Maja Safstrom (Estocolmo, Suecia, 1987), una curiosa recopilación de cómo son las relaciones materno-paterno-filiales en el muy diverso reino animal. Y si ya de por sí resulta gracioso y sorprendente conocer algunas de las peculiaridades sobre los primeros pasos de las especies, más aún lo es realizar paralelismos con los humanos. A veces salimos perdiendo si nos ponemos a hablar de eso tan subjetivo como es lo que llamamos, a veces con mucha ligereza, un buen o mal progenitor.

Si buscamos comportamientos ejemplares, ahí tenemos a la hembra del pulpo gigante: «Pone huevos solo una vez en su vida, busca una cueva y los cuelga del techo. Permanece junto a ellos sin comer durante meses, a veces años. Y durante este tiempo mueve los tentáculos constantemente para asegurarse de que tienen agua fresca.Cuando los huevos eclosionan, la madre emplea sus últimas fuerzas para sacar a las crías de la cueva y llevarlas al océano. Y entonces muere», explica la artista, que ya había advertido al lector de que el final iba a ser triste.

Con la madre y la abuela

En materia de abnegación no le andan a la zaga las orcas: «En algunas familias, las crías permanecen junto a sus madres toda la vida, y con suerte al mismo tiempo estas viven con las suyas. Se sabe que las crías tiene más posibilidades de sobrevivir si su abuela está con ellas». Bastante diferente a la experiencia de las focas grises, cuyos hijos deben afrontar con tres semanas la vida independiente, pues la madre vuelve a aparearse y deja que se las apañen como puedan. En su descargo hay que decir que la leche que les dan de mamar tiene tanta grasa –es más espesa que la nata– que los pequeños engordan dos kilos cada día, con lo que no estarán muy maduros, pero al menos buen tamaño habrán cogido.

En cuanto a las osas pardas, se ven obligadas a aparearse con varios machos para que todos piensen que son los padres de las crías, pues intentan matar a las que no son suyas para que la hembra esté disponible de nuevo para ellos. «Es posible, además, que de una misma camada nazcan crías de padres diferentes», aclara la autora. A las hembras del insecto palo no les ocurrirá eso: «Pueden poner huevos y tener crías sin relacionarse con ningún macho –incluso los expulsarán si se les acercan–, aunque de esos huevos solo nacerán otras hembras».

En el reino animal también se da la homosexualidad, es el caso de los cisnes negros; casi una cuarta parte de las parejas están compuestas por dos machos. Eso sí, necesitan de una hembra para tener sus huevos, que luego cuidarán juntos y sin ayuda de la madre. Lo más curioso es que «los estudios demuestran que las crías que crecen junto a dos machos tiene más posibilidades de sobrevivir que el resto». Y si miramos a los caballitos de mar, son ellos los que se embarazan: tiene miles de crías de noche que deberán cuidar de sí mismas desde el momento en que salen de la tripa de su padre, que ya no volverá a ejercer como tal.

29 pezones

En en el caso de los mamíferos, las hembras son especialmente necesarias. Es el caso de los tenrecs de Madagascar, que pueden tener hasta 32 crías en una misma camada. «Para alimentar a todas, las hembras tienen hasta 29 pezones». ¿Se imaginan al pobre padre intentando apaciguar él solo a su prole hambrienta? Los demonios de Tasmania también pueden llegar a parir entre 20 y 30 crías, pero no son tan afortunadas como las de los tenrecs; sus madres solo tiene cuatro pezones, así que los primeros en llegar se aferran a ellos y el resto morirá en minutos. Los flamencos, por el contrario, lo tienen más fácil, pues tanto los machos como las hembras pueden alimentar a sus crías, y lo hacen con una especie de leche roja que segregan por su pico, motivo de la coloración que adopta el plumaje de estos animales cuando van creciendo.

Entre todas las curiosidades recogidas en el libro de Maja Safstrom, también las hay un poco escatológicas, aunque en el reino animal esto es algo completamente natural. «Cuando llega la hora de hacer el nido, las parejas de toco piquigualdo sureño –un ave de las sabanas áridas del África austral con el pico curvo– buscan un agujero en un árbol y lo preparan juntos. Cuando todo está listo, la hembra se instala en él y cierra la entrada con sus heces. Entonces pone los huevos y pierde casi todas sus plumas. El macho tiene que alimentarla a través de una pequeña apertura en esa pared. Tres semanas más tarde, los polluelos han salido del cascarón, y la madre, a la que han crecido nuevas plumas, sale del nido; la pared será reconstruida por los pollos para quedarse dentro otras seis semanas». Claro que 'peor' lo tienen los koalas recién nacidos: antes de poder masticar las hojas de eucalipto, bastante indigestas y lo único que comen los adultos, «se ven obligados a ingerir la caca de su madre para tener las bacterias que necesitan».

No aparece en el libro, pero es llamativa la historia familiar de los orangutanes; el vínculo que se crea entre una madre y su cría, a la que lleva en el vientre nueve meses, se encuentra entre los más fuertes de la naturaleza. Los pequeños dependen absolutamente de ella durante los dos primeros años de su vida, tanto para alimentarse como para desplazarse. Pero además, la madre sigue con la cría hasta los siete años, y durante ese tiempo le enseñará qué comer y dónde encontrar los alimentos, además de cómo fabricar un refugio en los árboles para pasar la noche. En el caso de las hembras, a menudo siguen cerca de sus madres hasta los 15 años. Suena bastante cercano, ¿no?

Más curiosidades

  • Cocodrilo del Nilo Entierra sus huevos y tardan en eclosionar tres meses. La temperatura del entorno determinará el sexo de los nacidos. Con más calor, saldrán machos, y si el ambiente es más fresco, hembras. Las crías emiten sonidos desde el interior de los huevos para avisar a sus padres de que van a salir. Y a veces los adultos los aplastan levemente con su boca para ayudarles.

  • Ñadús Los machos de este ave pariente del avestruz son los que se encargan de incubar a las crías. Pero se da la circunstancia de que los huevos que está empollando pueden llegar a ser de hasta 12 hembras diferentes con las que ha tenido relaciones sexuales. Luego de esos huevos nacerán polluelos hermanos con un mismo padre y varias madres distintas.

  • Cardenales de Banggai Al aparearse, la hembra de este pez procedente de Indonesia, muy popular en los acuarios, coloca los huevos en la boca del padre, que los incubará con cuidado hasta que eclosionen, al cabo de un mes. El macho no come nada durante todo ese tiempo, pero la hembra se queda a su lado y cuida de él. Las crías permanecerán aún unas semanas en la boca del progenitor.

  • Nutrias Como la cría no pueden nadar al nacer, los primeros meses de vida se queda sobre la barriga de su madre, en el agua. Los pequeños tienen un pelaje grueso que la madre limpia con esmero para que esté esponjoso y puedan flotar unos minutos mientras ella bucea en busca de comida.

  • Loris perezosos Las madres protegen a sus crías de los depredadores frotándolas con un veneno que producen en unas glándulas situadas debajo de los brazos.

  • Tarántula Las madres tejen una bolsa de seda donde llevan los huevos a su espalda hasta que las crías salen. Aun así, continuarán llevándolas encima hasta que sean suficientemente grandes para saltar a tierra o propulsarse por los aires con un hilo de seda.

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