DANI MAIZ

Cuando el CO2 se convirtió en el malo de la película.

El informe Charney predijo hace 43 años el desastre que hoy queremos evitar reduciendo emisiones. Pero... ¿cómo?

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

En 1979, el meteorólogo estadounidense Jule Gregory Charney dio a luz junto a un grupo de científicos el informe que lleva su apellido: 22 páginas escritas que estudiaban la relación entre el dióxido de carbono (CO2) y el clima. Uno de los primeros análisis científicos modernos sobre el calentamiento global en el que predijo con asombrosa precisión el desastre medioambiental que ahora vivimos. Con estas palabras concluía aquel estudio: «Si la concentración de CO2 se duplica y permanece lo suficiente como para que la atmósfera y las capas intermedias del océano alcancen un equilibrio térmico, nuestra mejor estimación es que la subida en la temperatura global será del orden de 3°C, y esto irá acompañado de cambios significativos en patrones climáticos regionales».

En 2016, mucho tiempo después de aquella sentencia, los países firmantes del Acuerdo de París se comprometieron a 'intentar' limitar el aumento de temperatura a 1,5 grados por encima de los niveles preindustriales (aproximadamente antes de 1750). Pero aunque cumpliesen sus promesas para reducir emisiones, hoy se espera un incremento en torno a 2,7 grados, que llegarán a ser 3, según creen dos tercios de los científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), encuestados por 'Nature' sobre este asunto. Lo mismo que dijo Charney hace 43 años en su premonición.

«No es que el CO2 sea 'malo' por sí mismo –explica el físico José Luis García, responsable del programa de Cambio Climático en Greenpeace España–. Es bueno en la concentración natural, pero cuando aumenta causa el efecto invernadero.Y el CO2 es el más abundante de los gases que lo provocan, casi las tres cuartas partes, junto al metano, el óxido nitroso y otros gases de uso industrial que hacen subir la temperatura de la atmósfera. Pues ahora las concentraciones están superando todos los límites».

«Si hubiésemos prestado a aquel informe la atención que merecía, la situación sería hoy diferente, mucho más satisfactoria»

fERNANDO VALLADARES

Experto del CSIC

Fernando Valladares, experto del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y una de las voces más autorizadas contra el cambio climático, considera «sorprendente la actualidad del informe Charney. Incluía estimaciones de calentamiento por incrementos de CO2 atmosférico muy correctas y hacía unas predicciones y un análisis de las consecuencias tremendamente actuales». Recuerda que se publicó 13 años antes de la Cumbre de Rio de Janeiro de 1992, «en la que realmente empezó todo. Hasta entonces estuvo casi olvidado y, aun en aquella cumbre, tuvo un impacto muy, muy modesto en las políticas y las actividades económicas. Si entonces se hubiese prestado la atención que ahora sabemos que merecía ese informe, estaríamos en una situación muy diferente, mucho más favorable. Quizá no hubiéramos llegado a ser los casi 8 mil millones de personas que somos ahora, pero viviríamos en un planeta bastante más equilibrado y nuestro bienestar estaría más asegurado».

Pero no es así, y hoy la cuestión –y el compromiso firmado– es reducir con urgencia las emisiones hasta llegar a cero cuanto antes, en el peor de los casos para 2050 (en 2030 deben ser la mitad). Pero ¿cómo se logra algo así? La ciudadanía lee y escucha esos porcentajes, fechas que parecen lejanas pero no lo son, y se pregunta realmente si no es solo teoría difícil de llevar a la práctica. «Lo ven así –admite Marta Torres, investigadora sénior sobre energía y clima en el Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), con sede en París–.Parece que da igual decir una cantidad que otra, porque ¿cómo se mide ese porcentaje, y sobre todo, cómo hacemos?».

Torres trabaja en formular sendas de actuación y desarrollo bajas en carbono y en modelos para entender las transformaciones necesarias para tener éxito en frenar la crisis climática: «Los países presentan una hoja de ruta cuando firman, y da igual si uno dice una cosa u otra, lo importante es alcanzar emisiones cero a mitad de siglo a nivel global». Pero, ¿es posible ese cero? «Sí, económica y tecnológicamente. Aunque lo que determina la viabilidad es que si nos comprometemos a ello, nos comprometemos también a cambiar la manera en que vivimos. Tiene que estar implicada toda la sociedad, cambiar cómo comemos, cómo nos movemos, cómo y cuánto compramos... ».

Energía

Lo primero, aclara la experta, es generar electricidad por medio del sol y el viento (solar y eólica) y apostar también por el mar. «Con las tecnologías que hay en la actualidad podemos alcanzar el 80% o 90% de la demanda. Y hasta que podamos llegar al 100%, cubrir el resto con biocombustibles, e incluso algunos países seguirán apoyándose en la nuclear, nosotros no entramos en ese debate. De todos modos, no debemos pensar en una hoja de ruta a largo plazo, pues todo es muy cambiante, las tecnologías avanzan. Hay que formular soluciones cada poco tiempo».

«No se trata de volver a la cueva; podemos tener una vida digna, mejor incluso, con menos energía, menos materiales»

Marta torres

Investigadora del IDDRI

En cuanto al actual debate sobre el decrecimiento, señala Torres que los cambios energéticos dependerán de la situación de cada país, «porque India, África, China, Sudamérica tienen necesidades básicas no cubiertas y derecho a una vida digna. Hay más zonas en crecimiento que industrializadas, con lo que si hacemos la media habría cierto crecimiento, pero eso no significa que Europa tenga que crecer, aquí la demanda de energía, la cantidad de movilidad, el consumo de proteínas tiene que reducirse. Y es verdad que este debate crea polémica, pero puede ser incluso mejor cambiar nuestras aspiraciones. No se trata de volver a la cueva, podemos tener una vida digna y más satisfactoria con menos materiales y energía».

Transporte

Torres apunta a los aviones como una de las mayores fuentes de emisión de CO2 y gases de efecto invernadero, pero asegura que podremos volar con cero emisiones gracias al desarrollo de biocombustibles y otras tecnologías. «No se trata de dejar de volar al 100%, aunque sí de reducir muchísimo los vuelos, eliminando todos aquellos trayectos que pueden hacerse en tren. Solo con eso, la demanda bajaría tanto que casi se podría cubrir de forma sostenible».

«Los vuelos Madrid-Sevilla o Barcelona-Madrid no deberían existir ya. Hay que cambiar avión por tren»

José Luis García

Físico de Greenpeace

José Luis García, de Greenpeace, la apoya: «Claro que hay que coger menos aviones, pero para eso hacen falta servicios de tren competitivos en tiempo y dinero, y suprimir vuelos según vaya habiendo trenes. Los vuelos Madrid-Sevilla o Barcelona-Madrid no deberían existir. En Francia por debajo de 2,5 horas no se puede hacer vuelos si hay tren. Otra forma es gravando la aviación, que no paga impuestos. Un billete de avión no paga IVA, no paga por el CO2 que emite, no tiene impuesto sobre el combustuible».

Al margen de los aviones, coinciden ambos expertos en la necesidad de ser conscientes de que la movilidad en España debe reducirse, porque no hay tanta abundancia energética como para electrificar todos los trenes, coches y camiones «y seguir viajando como hasta ahora», advierte Torres. «Debe haber un cambio ético que apueste por el transporte público y por disminuir la movilidad. Y comprar cercano, porque no puede ser que nos traigan un yogur desde miles de kilómetros de distancia». Apunta a la necesidad de relocalizar las fábricas para ofrecer proximidad, en especial las grandes corporaciones. «Y huir del modelo Amazon, que no ayuda en nada. Pero para esto son necesarias medidas del gobierno, no podemos confiar solo en un cambio ético, los cambios que necesitamos son de tal magnitud que solo si están bien orquestados desde las autoridades funcionarán. No podemos esperar a que los cambios de comportamiento lleguen a toda la población ni confiar en unos pocos concienciados que vayan enseñando nuevas maneras de hacer». E insiste en que no habla de reducir la calidad de vida, «sino todo lo contrario».

Alimentación

Ingerir menos proteína sale en todos las quinielas, es algo aceptado globalmente. Pero, ¿cómo se convence a la población para que coma menos carne? Marta Torres dice no haber encontrado grandes ejemplos sobre cómo conseguir algo así, aparte de impulsar la agricultura ecológica y de que haya buena oferta de otro tipo de productos: «Es un tema complicado de abordar, dices menos carne y la gente salta. Hay que apostar también por favorecer un cambio en esa industria, para garantizar el empleo».

José Luis García apunta a la necesidad de ver el menor consumo de carne «no como una cuestión medioambiental, que lo es, sino como un tema de salud». Insiste en informar en el etiquetado y gravar la carne por las emisiones de CO2 que provoca, sobre todo si su producción es intensiva, sabiendo además que en su mayor parte es para exportar. «Miles y miles de cabezas de ganado cagando a la vez y emitiendo a la vez... No puede ser».

Industria

La fábrica con larga chimenea expulsando humo debe ser imagen ya del pasado. Marta Torres: «Debemos electrificar todo, que sea 100% renovable y construir infraestructuras. Que cada empresa tenga su propia hoja de ruta y que cuenten con su propia fuente de energía, con placas solares, por ejemplo, para llegar a cero emisiones en un futuro cercano. Electrificar tiene un coste, pero los beneficios incluso económicos para ellos están allí». Señala que a la industria le falta creatividad:«Hay que empezar a ver otras opciones, había empresas que se dedicaban al rollo de revelar fotos. Tuvieron que cambiar y lo hicieron».