Sergio García

Madrugones para huir del fuego

La Meseta es el yunque sobre el que se templa la determinación del peregrino, condenado a vagar sin hallar sombra

SERGIO GARCÍA

De 31 kilómetros de travesía entre trigales que parecían no tener fin, salpicados por un tendido eléctrico aquí, un árbol raquítico allá y una pista de tierra que reverbera sembrada de piedras traicioneras. La Meseta no ha tardado en mostrarnos sus cartas; el yunque sobre el que se templa la determinación del peregrino, condenado a vagar leguas y más leguas sin hallar sombra ni más compañía que los propios pasos y el zumbido lejano de los aerogeneradores.

Hemos dejado Burgos antes de que rompiera el alba, al abrazo del fresco y siguiendo el curso chispeante del Arlanzón hasta dejar atrás el monasterio de Las Huelgas. Cuando digo 'hemos' se impone una aclaración. Las bajas en el grupo que formamos en Roncesvalles y las fechas que maneja cada uno me obligan a cambiar de compañeros de fatigas. Marie, Yué, Manuel, Mariano... Echaré también de menos a Carlos, el profesor de música enamorado a partes iguales de Machado y de la salsa cubana, arrancándose con la guitarra siempre al límite de la bocina, cuando en el albergue se ordena silencio y toca negociar una prórroga regada con morapio.

Una columna en Boadilla recuerda el lugar donde quemaban a los herejes. Ojo con irse sin pagar de este pueblo

Su lugar lo ocupan ahora Pilar (Ávila), María Jesús (Huesca) y Luis (Barcelona): la una, 'community manager', acaba de recibir una oferta de trabajo en plena ruta; la otra, profesora jubilada de Lengua y Música; él, técnico retirado de una fábrica de pistones de la multinacional Mahle. Tres perfiles distintos y un objetivo en común: hollar Santiago «cueste lo que cueste». Al cabo de dos horas de marcha, llegamos a Tardajos, donde la ruta se sacude la nociva influencia de la ciudad y recupera sus esencias. De allí salta a Rabé de las Calzadas y poco después ofrece un minúsculo solaz en la fuente de Praotorre, entre campos de cereal que sirven de refugio a las perdices.

He conocido a Julien, un joven de 28 años que merece un alto en el relato. Parece poquita cosa hasta que uno descubre que lleva 1.800 kilómetros a las espaldas. Sí, como lo oyen: 1.800. Duele de sólo pensarlo. Salió de Estrasburgo después de quedarse sin trabajo y consciente de que nada le ataba a aquel lugar: ni mujer, ni hijos, ni amigos. Lió el petate y echó a andar sin otro propósito que «crecer como persona». Eso fue el 6 de abril, hace más de tres meses. Dice que el cuerpo le dolió sólo la primera semana, que desde entonces andar se ha convertido para él en un acto reflejo, como lo es respirar o sacudir la pierna cuando te golpean la rodilla. Se dirige a Compostela, pero no contento con eso piensa ir después a Muxia y desandar la ruta, esta vez por la costa.

Los suecos Leif y Susan romperán la formación en Fromista (Palencia), en su caso para viajar en autobús a Santander y volver por el Camino del Norte. Él le ha prometido a ella un par de semanas en Capbreton. Nos lo cuentan en Hornillos, 44 kilómetros antes de llegar a destino, donde paramos para aprovisionarnos de agua y sellar las credenciales. El sol ya está en todo lo alto y el tramo pendiente hasta Hontanas es una auténtica 'autopista al infierno', erizado de cardos que nos sacan del sopor con sus arañazos en cuanto perdemos la verticalidad. Cuando llegamos al albergue, las prioridades están claras: hay hambre, pero hay más ganas aún de atrincherarse en la ducha, de defenderla con uñas y dientes, ajeno a quien venga detrás pidiendo turno mientras el chorro frío cae sobre los hombros como un bálsamo.

El campo empieza a borbotear de sonidos: gorriones, alondras, miriadas de golondrinas cuando pasamos bajo algún alero.

El día siguiente no nos va a tratar mejor: la previsión meteorológica nos advierte de que atravesamos una sartén. «Vamos a morir», desliza María Jesús, medio en broma, medio en serio. Volvemos a dejar la habitación al abrigo de la noche para no darle tiempo al sol de machacarnos. Marchamos los cuatro con frontales para no perder de vista las flechas que marcan el camino, mientras el cielo nos regala un manto de estrellas entre las que destaca Sirius, la más brillante, apuntando al Finisterre. El campo empieza a borbotear de sonidos: gorriones, alondras, miriadas de golondrinas cuando pasamos bajo algún alero. Hileras de álamos flanquean los campos de cereal desde el lado del río, y olmos y brotes de negrillos custodian las cunetas. Ya amanecido, llegamos al antiguo monasterio de San Antón, cuyas ruinas sobrevuelan la carretera como un arco de triunfo. Se ha hecho el silencio.

Castrojeriz merece una parada, no sólo para llenar la andorga –estamos en ayunas–, sino para ver su colegiata, recostada a los pies del castillo. Es este un pueblo cuidado con esmero, repleto de albergues y hostales, que las ha tenido que pasar canutas durante la pandemia, entre confinamientos y cierres perimetrales. Dicen de él que es el más largo del Camino, dos kilómetros de callejuelas a través de su casco urbano, que no debe haber cambiado en ocho siglos.

Llega entonces la principal dificultad de la jornada, el alto de Mostelares, que parece confabularse con el sol que para entonces ya cae a plomo. Después de media hora de ascensión descubrimos arriba un melocotonero y un ciruelo, este último con los frutos lo bastante maduros para darles un tiento. El espectáculo desde allí es impagable, con una de las mejores postales del Camino entre campos de un amarillo deslumbrante. Nuestros pasos nos conducen hasta el hospital de peregrinos junto al Ponte Fitero que franquea el Pisuerga, y desde allí a Boadilla del Camino, en cuya plaza se levanta el rollo gótico, una columna de piedra a la que ataban a los acusados herejía y donde les prendían fuego. Ojo con irse sin pagar de este pueblo.