Iñigo Royo

Cobrar en olas

En su playa, sobre la tabla, no se termina de creer que le paguen por enseñar a surfear. «No me vería encerrada en una oficina enterrada en papeles»

JORGE BARBÓ

Hay veces que hasta me parece increíble que me paguen por hacer esto». Tómese un momento para pensar. ¿Cuál fue la última vez que usted sintió algo parecido en su trabajo? ¿Logra recordarlo? ¿Ya? ¿O es que acaso jamás ha terminado la jornada con esa sensación?

Lo normal –suponemos, asumimos– es eso, que te suene el despertador y que sólo te entren ganas de hacerte un ovillo entre las sábanas. Lo normal es sentir unas 25 veces cada día que te pagan demasiado poco para que los clientes te toquen tantísimo los dídimos. Todo eso es lo normal y por eso le llamamos trabajo. Pero luego están esos otros, esos que se sienten tan afortunados que no terminan de creerse que les ingresen una nómina por hacer lo que les apasiona.

De este tipo personas, asquerosamente felices, es Andrea Larretxea. No se sienta demasiado culpable si en las próximas líneas termina pillándole algo de tirria a esta lozana joven de 22 años, profesora de surf en San Sebastián desde ¡los 16! Ella está convencida de que, sí, de que, si el suyo no es el mejor curro del mundo, desde luego se le parece muchísimo. Y puede que tenga razón.

«Ser monitora me permite compaginar mi afición por el surf, enseñar a gente de un montón de países y, además, disfrutar en el agua mientras doy clases. Aunque me pagan bien, este trabajo no me da para ser independiente. De momento, sí para mis gastos, para disfrutar y viajar para surfear. Creo que soy una privilegiada. Me parece increíble que mi lugar de trabajo sea este, el mar. Yo no me veo estando encerrada en una oficina entre papeles». Cualquiera diría que si la nómina se la pagaran en olas, en el fondo, a ella tampoco le importaría demasiado.

Sí, Andrea es entusiasta como ella sola. Y es de ese tipo de personas que consiguen contagiarte su pasión, por muy ajeno que te resulte el mundo del surf. El suyo es un trabajo de verano de manual. Durante el año estudia ingeniería náutica –el mar, siempre el mar– en Santa Cruz de Tenerife y pasa todos sus meses de descanso aquí, en San Sebastián, en la playa de la Zurriola, trabajando en la escuela de surf Pukas, una de las más prestigiosas de España.

Sale un día de esos de color añil, son poco más de las once de la mañana y Andrea ya está en el agua en una de sus primeras clases del día. Los críos, de unos diez años, embutidos en sus neoprenos pequeñitos, con esas tablas que les doblan en altura, tratan de ponerse en pie, la mayor parte del tiempo se caen y no hay momento, en toda la hora larga de clase, que no se estén riendo y retozando entre la espuma de las olas. A su lado, Andrea no les quita ojo. «El mar es impredecible y los niños también: no te puedes confiar ni un momento», explica.

La ves ahí, entre risas, jugando con sus pupilos y cualquiera diría que a la monitora le flipen los niños. «Me hacen volver a la niñez, disfruto con ellos, pero... no, no soy nada niñera», confiesa. Sí, a ratos los críos pueden tener una capacidad tremenda para sacarle a uno de quicio. Discretísima ella, se niega en redondo a dar nombres, pero reconoce que sus alumnos más «difíciles» –esto huele a eufemismo a la legua– son los vástagos de esos famosos refamosísimos que se dejan caer por Donostia en verano. Es habitual que esa actriz, ese cantante, aquel político se libre de la camada durante unas horas apuntándoles a clases de surf, que siempre queda como más enrollado y bastante menos demodé que las clases de hípica.

Basta con echar un vistazo al agua, a la media docena de clases que al mismo tiempo se imparten en la Zurriola, la mayoría a niños, para reparar en que Andrea es la única monitora. «Es verdad que, aunque las cosas han cambiando mucho, el del surf es un entorno todavía bastante masculino», reconoce. «Yo no tengo ningún problema, pero sí conozco a chicas que se han sentido más solas en este ambiente. Con 13 años, surfeábamos seis amigas y ahora soy la única que sigue», descubre.

«Aunque está cambiando, el del surf es todavía un mundo muy masculino. Hay chicas que se sienten muy solas y lo dejan»

Si con los críos tiene que emplear mano izquierda, con todos esos que, en plena crisis de los 40 (y los 50), de repente, se ven en una tabla, surfeando las procelosísimas aguas de la mediana edad, a Andrea le toca armarse de paciencia. «Alguna vez tienes que soportar algún comentario un poco... pero, al final, es muy fácil trabajar con ese perfil de alumno: es gente muy motivada, que llega con ganas de aprender, con la mente abierta y sin ningún tipo de complejo», asegura. «He llegado a tener alumnos de 60 que llegan y te dicen que jamás han surfeado y que les apetece muchísimo intentarlo, reconocen sus limitaciones y las ganas que tienen de intentarlo puede con todo: cuando lo consiguen, cuando se suben a la tabla, ¡buah!, es una satisfacción tremenda».

Como los agricultores, Andrea se ha acostumbrado a mirar el pronóstico meteorológico, el parte de olas, cada día a primera hora y también al acostarse. Conoce cada corriente de su playa, «que cambia cada hora del día». Y, al contrario que todos, que miramos hacia el horizonte, hacia esa línea perfecta en el agua, ella encuentra sus vistas favoritas encima de la tabla, desde el lado convexo de ese espejo de salitre que es la Zurriola, con el Kursaal a su derecha y Sagües a su siniestra.

Una birra al atardecer

Después de tirarte cinco o seis horas seguidas dando clase, mojada, con el dichoso neopreno puesto, puede parecer que lo último que te apetezca sea volver al mar. «Pero, incluso cuando estoy agotada, si veo una buena ola en la otra punta de la playa... voy como una loca directa a cogerla», asegura. Yal caer la tarde, cuando las últimas familias, las últimas señoras se marchan para casa con el bronceado 'al ast', «lo que más me puede apetecer en el mundo es sentarme enfrente del mar con una cerveza con el resto de mis compañeros». Y ahí está Andrea, ya con el sol poniéndose, con sus amigos, todos perfectos, todos monitores, todos guapos, todos con cuerpazo de piel bronceada y ese pelo enmarañado, ondulado por el efecto del salitre y la brisa del mar.

–¿Qué hay de cierto en eso de que los profesores de surf solo ligáis entre vosotros? ¿Pura leyenda urbana?

–Emm... (se sonroja). Llámalo X, pero es cierto que, como pasas tanto tiempo con esta gente, como a todos nos atraen las mismas aficiones, al final la mayoría de mis ligues, de mis novios, siempre han sido de este mundo.

Con el sol poniéndose en San Sebastián en una tarde de verano, nadie en la piel, en el neopreno, de Andrea se plantearía ni por un momento pedir el finiquito.