¿Por qué nos parecen horribles palabras como almorrana, sobaco o diarrea?

La percepción sobre lo bonitas o feas que son depende de su significado, la cultura y la fonética

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

A ver; ¿por qué demontre la palabra 'diarrea' nos parece fea? ¿Por cómo suena o la pinta que tiene al verla escrita, o más bien porque se nos descompone el cuerpo al recordar su significado? Suele ser una de las fijas en esas listas de vocablos poco agraciados que de cuando en cuando salen a flote. No es raro que aparezcan también gonorrea, piorrea, verborrea y seborrea. Cuestiones todas ellas de las que es mejor mantenerse lejos si nos atenemos a su significado, determinado en todos esos casos por el sufijo -rrea, que etimológicamente viene del griego 'rhéo' (fluir), y que en medicina se emplea cuando hay descarga de fluidos. Pero férrea, correa y guerrea tienen la misma sonoridad por coincidir en la terminación –aunque no es sufijo– y nunca se incluirían en esa lista. Habrá que determinar que el significado influye mucho.

Esa es la explicación que aporta Francisco Manjón, profesor de Lingüística de la Universidad de Granada y coautor de 'El arte del insulto': «Es un debate superado el que las lenguas son arbitrarias, salvo las onomatopeyas. La idea de que nos parezcan más feas o bonitas es cultural y está supeditado al significado. Porque no hay relación entre este y la palabra en sí, sería muy complicado en ese caso formar las nuevas palabras que van surgiendo por diferentes necesidades, entonces lo que tenemos ahí son combinaciones de letras, de sonidos, que pueden ser innumerables con 19 consonantes y 5 vocales».

Se acuerda Manjón de un poema de Jorge Luis Borges, 'El Golem' –«Si (como afirma el griego en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de 'rosa' está la rosa / y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'»–: «Comienza haciendo referencia –exlica el experto– a un diálogo de Platón sobre si en el nombre de la rosa está contenida la rosa misma, es decir, si existe una relación intrínseca entre la palabra y el concepto para dar esa idea de no arbitrariedad, pero eso es cosa de la poesía».

«Hay palabras que suenan parecido a las 'feas', pero al no tener significado tabú no las vemos así»

Esas listas de palabras 'indeseables' suelen estar elaboradas por internautas, con votaciones que algún medio pone en marcha, sin validez científica de ningún tipo, pero todos nos vemos reflejados al coincidir con buena parte de las seleccionadas: boñiga, escorbuto, diarrea, seborrea, sobaco, prurito, almorrana, carroña, cascarria, colitis, escorbuto, escroto, esmegma, gargajo, gonorrea, hemorroide, inguinal, mierda, pedorreta, pendejo, putrefacción, retortijón, tubérculo, vomitona, zurullo... Echando un rápido vistazo, todas tienen en común un «significado tabú», como lo llama Manjón. «Boñiga no se diferencia tanto de bonica y mira qué distinto es al no tener ese componente». Afirma el experto que entonces no se sostiene hacer una regla sobre la fealdad de los vocablos. «Si lo piensas fríamente, hay muchas palabras neutras que pueden sonar muy parecido a las que llamamos feas, pero que como no van asociadas a ningún significado desagradable no nos parecen mal».

Pedorreta y metralleta

Reconoce que hay determinadas consonantes como la 'p', la 'r', la 't'... que pueden sonar más tensas, necesitan más esfuerzo para decirlas, «pero depende de cómo las digamos, es una percepción distorsionada. De hecho, la palabra petaca, que está llena de esas consonantes, no nos parece mal. En el caso de la 'r', muchas de esas palabras feas la contienen, es una consonante muy fuerte, pero está en la fea 'rata' y en las bonitas 'rosa' y 'amor'».

Sostiene el experto que en todo este asunto hay un componente cultural: «Yo tengo un alumno que preguntaba si la palabra biquini tenía que ver con bisexual porque pensaba que ese bi era un prefijo, al tener la prenda dos piezas, pero nada que ver, pues viene de unas islas del Pacífico, las Bikini». Señala también Manjón que de este debate habría que excluir las onomatopeyas como pedorreta, «ya que el sufijo 'eta' supone repetición de sonidos», en este caso ventosidades, o como en metralleta, de disparos.

«Los sonidos contribuyen a sumar belleza o fealdad a una palabra compleja por lo que quiere decir»

También tenemos que aquellas palabras con abundancia de 'l' o 'm' o 'n' nos parecen más agradables, y de hecho suelen integrar las listas de vocablos bellos: libélula, lapislázuli, alba, mariposa, soledad, melancolía... Aunque precisamente están ligadas a significados nada problemáticos... El caso de la palabra mariposa es llamativo, pues resulta bonita en muchos idiomas, en gallego (bolboreta), euskera (tximeleta, pinpilinpauxa), inglés (butterfly), alemán (schmetterling), francés (papillon), italiano (farfalla)... Pero imaginemos que 'schmetterling' fuera un insulto y lo pronunciamos con fuerza, o pensemos que 'butterfly' es mosca de la mantequilla... Igual ya no nos gustaban tanto. «Y pongamos una palabra con dos 'l', como lelo – esgrime Manjón–, de la que no diríamos que es bonita por su significado».

Lourdes Oñederra es filóloga, especialista en fonología, escritora y miembro de Euskaltzaindia, la Real Academia de la Lengua Vasca. Reconoce que los sonidos pueden contribuir a sumar belleza o fealdad. «Domina el significado indudablemente, pero funciona más cuando va asociado a determinados sonidos. La 'p' y la 'k' suenan más fuertes que la 'l' o la 'n', que usamos para cantar, 'lalala' o 'nanana'. Y las empleamos en el lenguaje íntimo, entre amantes, como la 'x' en el euskera, así que determinados sonidos te llevan a un lado más tierno».

Por ejemplo, el euskera, también el ruso, explica Oñederra, tiene algo llamado «simbolismo fonético, que consiste en que con un cambio de sonido cambia la percepción de la palabra: si dices 'neska' (chica) y lo cambias por 'nexka', se convierte e niña pequeña. Y 'tonto', igual que en castellano, si pones 'ttontto' se transforma en tontito en plan cariñoso. O 'zezen' (toro), que se convierte en 'xexen' y es torete». Un ejemplo más de cómo el significado que adquieren las palabras cambia nuestra percepción de las mismas. Si pensamos en 'Juan Salvador Gaviota', escrita en 1970 por Richard Bach, nada tiene que ver con la idea que hoy tenemos de este pájaro.

Un vistazo al euskera, catalán, inglés, gallego...

Una prueba de que el significado pesa a la hora de valorar lo bonitas o feas que nos pueden parece las palabras es que en un idioma que no conocemos es difícil que un vocablo nos parezca horrendo, en buena parte porque no sabemos los significados. Aunque también es cierto que la sonoridad de las distintas lenguas condiciona esta percepción. Lourdes Oñederra, de Euskaltzaindia, recuerda lo duro que nos suena el alemán frente a lenguas como el italiano o el francés. «Sucede con los idiomas en los que en una misma palabra se nos acumulan las consonantes, como en el alemán, grupos con la 'p' y la 'k', y además depende del énfasis que le des. O cuando decimos qué bonito es el italiano ».

Con el gallego pasa algo similar; preguntando en la redacción de este periódico a dos personas que dominan esa lengua, dicen que 'cona', el equivalente a nuestro 'coño', por ejemplo, les suena muy bruto por lo que quiere decir, pero no feo, y no encuentran un vocablo al que aplicar ese adjetivo de forma contundente. En inglés, su 'cunt' aquí nos puede parecer inocuo y hasta agradable, nos suena como el filósofo Kant, pero allí lo encuentran tremebundo, casi impronunciable, debido a su significado y a que culturalmente está muy mal vista. «En euskera, algunos dicen que 'alua' (vulva) es bonita, pero cuando tu amama (abuela) te la ha estado prohibiendo desde pequeña no te lo parece tanto. Todo es subjetivo».

En catalán, también por su sonoridad, sucede lo mismo, al escucharse mucho más suave que el castellano. ¿Esgarrifança (escalofrío) nos parece fea? Pongamos una palabrota como 'cojones', que en castellano casi rasca el oído con esa jota, mientras que acaricia al traducirla al catalán: 'collons'.